Un pequeño caos africano
La actual situación de violencia política en que vive Costa de Marfil, hunde sus raíces en una lucha por el poder entre varias facciones que se enfrentan desde el golpe de Estado de 1999. Sorprende leer, en buena parte de los medios occidentales, las noticias sobre la revuelta marfileña en las que se afirma que Costa de Marfil es uno de los Estados más estables de África. Precisamente, cuando las maquinaciones políticas que sacuden el país están alcanzando sus cotas más elevadas.
En Costa de Marfil la esperanza de vida es de 47 años, la mortalidad infantil es de un 90% y el servicio de la deuda externa significa el 27% de las exportaciones. Parece obvio que este clima político no permite pronosticar un futuro muy alentador. Sobre todo, cuando los políticos parecen estar más preocupados por detentar el mando que en solucionar los problemas de sus ciudadanos.
Costa de Marfil, el primer productor mundial de cacao, ha visto cómo en los últimos años tres partidos políticos y cuatro dirigentes se han enzarzado en su intento por prevalecer sobre los demás. Por un lado el Frente Popular Marfileño (FPI) del presidente Gbagbo; por otro, el Partido Democrático de Costa de Marfil (PDCI) del presidente derrocado, Henri K. Bédié; los militares del general Guéi; y por último, la Agrupación Republicana (AR) de Ouattara.
El actual presidente, Laurent Gbagbo, formó en los años ochenta el FPI, cuya línea socialista y democrática le situaba en oposición frontal con el régimen autoritario y paternalista del PDCI que lideró el país desde la independencia de Francia en 1960 hasta la caída del presidente Henri K. Bédié.
La situación política dio un cambio radical con el golpe de Estado de 1999 que derrocó a Bedié, y que fue dirigido por el general Guéi. El antiguo jefe del Estado Mayor prometió una profunda reforma política y la celebración de elecciones plenamente democráticas. Pero muy pronto se revelaron las verdaderas intenciones de Guéi: su intención de ser presidente y su prolongación en el poder con unas elecciones hechas a medida. Por otro lado, el líder del AR, Ouattara, que había ganado gran popularidad tras su regreso desde Francia, fue vetado por el Tribunal Supremo de la carrera presidencial por no haber nacido en Costa de Marfil. Por ello, Outtara y la Agrupación Republicana (AR) acordaron boicotear los comicios.
En octubre de 2000 tuvieron lugar las elecciones. A su fin, Guéi disolvió la Comisión Nacional Electoral que estaba revisando el escrutinio y se declaró vencedor con el 52% de los votos. El estallido popular se produjo espontáneamente en cuanto Guéi hizo su anuncio. En un ambiente de preguerra civil, Guéi huyó del país y se reconoció la victoria del FPI de Gbagbo.
En escasa horas, los choques con los militares de Guéi dieron paso a sangrientos enfrentamientos entre los partidarios de Gbagbo y los de Ouattara, que acusaban al FPI de traicionar la democracia por no haberse unido a su boicot en las elecciones. De nuevo el elemento étnico saltaba a la palestra. De hecho, los observadores destacaron que el FPI tenía sus bases en las regiones cristianas y animistas del oeste y del sur, mientras que la AR tenía arraigo en el norte musulmán.
Así, llegamos a las elecciones de enero de 2001. La candidatura de Ouattara fue nuevamente vetada, la participación fue sólo de un 33% y la polarización política se acrecentó: el FPI obtuvo 96 parlamentarios y el PDCI, 94. Finalmente, el año pasado, Gbagbo denunció que el general Guéi estaba reclutando mercenarios en Liberia con propósitos dudosos. La advertencia de Gbagbo se hacía evidente hace dos semanas, cuando el miedo a una revuelta encabezada por Guéi llevó a Gbagbo a ordenar la desmilitarización. Aquello fue el detonante del levantamiento de cerca de 800 soldados que se oponen a la desmovilización por razones económicas obvias, y que se acogieron al mando de Guéi, muerto en los recientes combates según el Gobierno.
Costa de Marfil está lejos de ser el "oasis de tranquilidad" que algunos se empeñan en vender, aunque haya recibido grandes ayudas por parte de Occidente y su Gobierno cuente con el apoyo de París. Todo lo contrario, Costa de Marfil es un torbellino siempre a punto de estallar. La reciente sublevación es sólo una muestra, un ensayo, de lo que puede llegar a ocurrir mientras no se suavice la desigualdad política y económica que se encuentra en la base de este pequeño caos africano.
*Miembro de la Agencia de Información Solidaria (AIS)
En Costa de Marfil la esperanza de vida es de 47 años, la mortalidad infantil es de un 90% y el servicio de la deuda externa significa el 27% de las exportaciones. Parece obvio que este clima político no permite pronosticar un futuro muy alentador. Sobre todo, cuando los políticos parecen estar más preocupados por detentar el mando que en solucionar los problemas de sus ciudadanos.
Costa de Marfil, el primer productor mundial de cacao, ha visto cómo en los últimos años tres partidos políticos y cuatro dirigentes se han enzarzado en su intento por prevalecer sobre los demás. Por un lado el Frente Popular Marfileño (FPI) del presidente Gbagbo; por otro, el Partido Democrático de Costa de Marfil (PDCI) del presidente derrocado, Henri K. Bédié; los militares del general Guéi; y por último, la Agrupación Republicana (AR) de Ouattara.
El actual presidente, Laurent Gbagbo, formó en los años ochenta el FPI, cuya línea socialista y democrática le situaba en oposición frontal con el régimen autoritario y paternalista del PDCI que lideró el país desde la independencia de Francia en 1960 hasta la caída del presidente Henri K. Bédié.
La situación política dio un cambio radical con el golpe de Estado de 1999 que derrocó a Bedié, y que fue dirigido por el general Guéi. El antiguo jefe del Estado Mayor prometió una profunda reforma política y la celebración de elecciones plenamente democráticas. Pero muy pronto se revelaron las verdaderas intenciones de Guéi: su intención de ser presidente y su prolongación en el poder con unas elecciones hechas a medida. Por otro lado, el líder del AR, Ouattara, que había ganado gran popularidad tras su regreso desde Francia, fue vetado por el Tribunal Supremo de la carrera presidencial por no haber nacido en Costa de Marfil. Por ello, Outtara y la Agrupación Republicana (AR) acordaron boicotear los comicios.
En octubre de 2000 tuvieron lugar las elecciones. A su fin, Guéi disolvió la Comisión Nacional Electoral que estaba revisando el escrutinio y se declaró vencedor con el 52% de los votos. El estallido popular se produjo espontáneamente en cuanto Guéi hizo su anuncio. En un ambiente de preguerra civil, Guéi huyó del país y se reconoció la victoria del FPI de Gbagbo.
En escasa horas, los choques con los militares de Guéi dieron paso a sangrientos enfrentamientos entre los partidarios de Gbagbo y los de Ouattara, que acusaban al FPI de traicionar la democracia por no haberse unido a su boicot en las elecciones. De nuevo el elemento étnico saltaba a la palestra. De hecho, los observadores destacaron que el FPI tenía sus bases en las regiones cristianas y animistas del oeste y del sur, mientras que la AR tenía arraigo en el norte musulmán.
Así, llegamos a las elecciones de enero de 2001. La candidatura de Ouattara fue nuevamente vetada, la participación fue sólo de un 33% y la polarización política se acrecentó: el FPI obtuvo 96 parlamentarios y el PDCI, 94. Finalmente, el año pasado, Gbagbo denunció que el general Guéi estaba reclutando mercenarios en Liberia con propósitos dudosos. La advertencia de Gbagbo se hacía evidente hace dos semanas, cuando el miedo a una revuelta encabezada por Guéi llevó a Gbagbo a ordenar la desmilitarización. Aquello fue el detonante del levantamiento de cerca de 800 soldados que se oponen a la desmovilización por razones económicas obvias, y que se acogieron al mando de Guéi, muerto en los recientes combates según el Gobierno.
Costa de Marfil está lejos de ser el "oasis de tranquilidad" que algunos se empeñan en vender, aunque haya recibido grandes ayudas por parte de Occidente y su Gobierno cuente con el apoyo de París. Todo lo contrario, Costa de Marfil es un torbellino siempre a punto de estallar. La reciente sublevación es sólo una muestra, un ensayo, de lo que puede llegar a ocurrir mientras no se suavice la desigualdad política y económica que se encuentra en la base de este pequeño caos africano.
*Miembro de la Agencia de Información Solidaria (AIS)