Un poco de historia
Allá por el hoy lejano año de 1956, la ciudad de Panamá también atravesaba por una crisis de agua, pero en aquella ocasión, el problema lo constituía el agua servida, o sea las llamadas aguas negras.
La ciudad de Panamá se había extendido mucho más allá de Bella Vista y Calidonia, corregimientos éstos, donde terminaba el sistema original del alcantarillado sanitario. Las nuevas barriadas que incluían Obarrio, El Cangrejo, El Carmen, Las Sabanas, Pueblo Nuevo, San Francisco y Río Abajo, al no disponer de un sistema recolector de aguas negras, funcionaban en base a tanques sépticos que son adecuados para áreas rurales, pero no para zonas urbanas.
La proliferación de estos miles de dispositivos sanitarios, algunos comunales como en el caso de El Cangrejo, pero en su gran mayoría, individuales y mal mantenidos, habían saturado nuestro subsuelo arcilloso a tal extremo que por toda la periferia de la ciudad, incluyendo sectores que hoy en día forman parte del centro comercial urbano, se percibían desagradables olores incompatibles con una ciudad que aspiraba a la modernidad y que ya empezaba a lucir edificaciones de la talla del Hotel El Panamá. Dicho sea de paso y haciendo un paréntesis, esta magnífica obra, hoy estropeada por el mal gusto, marcó un hito en Panamá, dándole a nuestra capital una nueva dimensión de gran centro cosmopolita y turístico. Es de justicia reconocer que la misma se la debimos a la visionaria iniciativa de Guillermo (Bill) Arango, ex embajador en Washington y del presidente Enrique Jiménez.
Regresando a nuestro tema, el tiempo pasaba, gobiernos entraban y salían pero ninguno se interesaba en este grave problema sanitario; la razón era muy sencilla: el alcantarillado, además de costoso, era una obra soterrada, dispersa e invisible y por consiguiente, poco apta para lucirse en los tradicionales cortes de cintas y demás arandelas que tanto gustan a los políticos.
Cuando llegó a la presidencia de la república en las elecciones de 1956 Ernesto de la Guardia Jr., durante las múltiples reuniones de trabajo que celebró como presidente electo, el tema del alcantarillado empezó a plantearse con cierta insistencia por personas serias preocupadas por la salud pública. Finalmente convencido, ya sea por intuición o buen juicio, de la necesidad de desactivar la bomba bacteriológica que nos amenazaba, el presidente De la Guardia decidió poner en marcha el gran proyecto que ningún político había querido tocar. Para tales fines, reunió a varios eminentes ingenieros sanitarios, algunos ya desaparecidos, entre los cuales figuraban William Ross, Guillermo Rodríguez y Bey Mario Arosemena, con el propósito de seleccionar la persona capaz de liderar esta importante obra; y fue allí donde surgió, por unanimidad, el nombre del ingeniero Reyna.
Roberto Reyna había dejado un récord académico brillante en su paso por la Universidad Nacional, y luego había obtenido una maestría en ingeniería sanitaria en la prestigiosa Universidad de California, pero por su temperamento sencillo y modesto su nombre no había alcanzado la notoriedad que bien se merecía, y lo cierto es que el Presidente De La Guardia no lo conocía. Cuando se le hizo el ofrecimiento de jefaturar la nueva Comisión de Acueductos y Alcantarillados de Panamá (CAAP), el sorprendido ingeniero Reyna, con esa clásica honestidad que siempre adornó su vida, manifestó que debía, antes que nada, prevenir al presidente De La Guardia que él (Reyna) no le había dado su voto en las recién pasadas elecciones.
El resto es historia. La obra del alcantarillado se acometió con el vigor y el entusiasmo que sólo se logra en las organizaciones bien dirigidas, donde los puestos de trabajo los ocupan las personas por sus méritos y no por su filiación política. A pesar de la estrechez económica -el presupuesto nacional apenas superaba los 50 millones de balboas- la obra se terminó eventualmente sin mayores contratiempos y lo que es aún más extraordinario, es que la pagaron los usuarios y beneficiarios del nuevo alcantarillado, por medio de un ingenioso sistema de valorización que bien harían en estudiar los presentes y futuros gobiernos para poder acometer proyectos mayores como el saneamiento de la Bahía.
La ciudad de Panamá se había extendido mucho más allá de Bella Vista y Calidonia, corregimientos éstos, donde terminaba el sistema original del alcantarillado sanitario. Las nuevas barriadas que incluían Obarrio, El Cangrejo, El Carmen, Las Sabanas, Pueblo Nuevo, San Francisco y Río Abajo, al no disponer de un sistema recolector de aguas negras, funcionaban en base a tanques sépticos que son adecuados para áreas rurales, pero no para zonas urbanas.
La proliferación de estos miles de dispositivos sanitarios, algunos comunales como en el caso de El Cangrejo, pero en su gran mayoría, individuales y mal mantenidos, habían saturado nuestro subsuelo arcilloso a tal extremo que por toda la periferia de la ciudad, incluyendo sectores que hoy en día forman parte del centro comercial urbano, se percibían desagradables olores incompatibles con una ciudad que aspiraba a la modernidad y que ya empezaba a lucir edificaciones de la talla del Hotel El Panamá. Dicho sea de paso y haciendo un paréntesis, esta magnífica obra, hoy estropeada por el mal gusto, marcó un hito en Panamá, dándole a nuestra capital una nueva dimensión de gran centro cosmopolita y turístico. Es de justicia reconocer que la misma se la debimos a la visionaria iniciativa de Guillermo (Bill) Arango, ex embajador en Washington y del presidente Enrique Jiménez.
Regresando a nuestro tema, el tiempo pasaba, gobiernos entraban y salían pero ninguno se interesaba en este grave problema sanitario; la razón era muy sencilla: el alcantarillado, además de costoso, era una obra soterrada, dispersa e invisible y por consiguiente, poco apta para lucirse en los tradicionales cortes de cintas y demás arandelas que tanto gustan a los políticos.
Cuando llegó a la presidencia de la república en las elecciones de 1956 Ernesto de la Guardia Jr., durante las múltiples reuniones de trabajo que celebró como presidente electo, el tema del alcantarillado empezó a plantearse con cierta insistencia por personas serias preocupadas por la salud pública. Finalmente convencido, ya sea por intuición o buen juicio, de la necesidad de desactivar la bomba bacteriológica que nos amenazaba, el presidente De la Guardia decidió poner en marcha el gran proyecto que ningún político había querido tocar. Para tales fines, reunió a varios eminentes ingenieros sanitarios, algunos ya desaparecidos, entre los cuales figuraban William Ross, Guillermo Rodríguez y Bey Mario Arosemena, con el propósito de seleccionar la persona capaz de liderar esta importante obra; y fue allí donde surgió, por unanimidad, el nombre del ingeniero Reyna.
Roberto Reyna había dejado un récord académico brillante en su paso por la Universidad Nacional, y luego había obtenido una maestría en ingeniería sanitaria en la prestigiosa Universidad de California, pero por su temperamento sencillo y modesto su nombre no había alcanzado la notoriedad que bien se merecía, y lo cierto es que el Presidente De La Guardia no lo conocía. Cuando se le hizo el ofrecimiento de jefaturar la nueva Comisión de Acueductos y Alcantarillados de Panamá (CAAP), el sorprendido ingeniero Reyna, con esa clásica honestidad que siempre adornó su vida, manifestó que debía, antes que nada, prevenir al presidente De La Guardia que él (Reyna) no le había dado su voto en las recién pasadas elecciones.
El resto es historia. La obra del alcantarillado se acometió con el vigor y el entusiasmo que sólo se logra en las organizaciones bien dirigidas, donde los puestos de trabajo los ocupan las personas por sus méritos y no por su filiación política. A pesar de la estrechez económica -el presupuesto nacional apenas superaba los 50 millones de balboas- la obra se terminó eventualmente sin mayores contratiempos y lo que es aún más extraordinario, es que la pagaron los usuarios y beneficiarios del nuevo alcantarillado, por medio de un ingenioso sistema de valorización que bien harían en estudiar los presentes y futuros gobiernos para poder acometer proyectos mayores como el saneamiento de la Bahía.