Un silencio culpable
Ni una palabra de protesta. Ni un acto de contrición. Ni un propósito de enmienda. Sólo silencio. Silencio que dice mucho porque es evasión de responsabilidad moral, complicidad tácita ante la barbarie, muda aceptación de los horrores perpetrados contra panameños, mujeres, hombres, civiles, militares, sacerdotes y laicos, por oponerse a las depredaciones de la dictadura militar que lanzó Omar Torrijos al escenario de la historia.
No sólo son culpables los que dieron la orden del asesinato del padre Gallegos y los ejecutores materiales sino los que saben lo que ocurrió y todavía callan. Pero más aún, también tienen responsabilidad moral los dirigentes y los militantes del PRD que, ante la evidencia del hallazgo de los probables restos del martirizado religioso o de otras personas en terrenos de un cuartel, ahora pretenden "pasar agachados" y ni siquiera han intentado balbucear una opinión ante la afrenta a la dignidad que representan los actos abominables cometidos por los militares que fueron sus mentores políticos, dieron nacimiento político al Partido Revolucionario Democrático y de los que fueron ministros, funcionarios, y fervientes apologistas de los engalonados octubrinos.
Como políticos, como cristianos, como panameños, están frente a un ineludible cuestionamiento ante la colectividad nacional. No deben ignorar este deber moral elemental. Ya no pueden seguir creyendo que, echándole todas las culpas a Noriega, podían tranquilizar su conciencia. Omar Torrijos estaba en la cúspide del poder cuando asesinaron a un sacerdote por el delito de organizar cooperativas campesinas en las zonas donde los propietarios de tierras eran parientes del líder del golpe.
¿Así es que entienden el torrijismo? ¿Como licencia para matar? ¿Como un cheque en blanco para exterminar a más de un centenar de adversarios indefensos, enterrados cobardemente en los predios de un cuartel? A pocos días de otro aniversario del cuartelazo que en 1968 derrocó a un gobierno constitucional, los miembros y allegados de la cofradía deben reflexionar sinceramente sobre los crímenes cometidos por y para el régimen. Hablen ahora o callen para siempre. Y en esa opción fatal, el silencio más que complicidad, es confesión de culpa y aprobación del crimen.
No sólo son culpables los que dieron la orden del asesinato del padre Gallegos y los ejecutores materiales sino los que saben lo que ocurrió y todavía callan. Pero más aún, también tienen responsabilidad moral los dirigentes y los militantes del PRD que, ante la evidencia del hallazgo de los probables restos del martirizado religioso o de otras personas en terrenos de un cuartel, ahora pretenden "pasar agachados" y ni siquiera han intentado balbucear una opinión ante la afrenta a la dignidad que representan los actos abominables cometidos por los militares que fueron sus mentores políticos, dieron nacimiento político al Partido Revolucionario Democrático y de los que fueron ministros, funcionarios, y fervientes apologistas de los engalonados octubrinos.
Como políticos, como cristianos, como panameños, están frente a un ineludible cuestionamiento ante la colectividad nacional. No deben ignorar este deber moral elemental. Ya no pueden seguir creyendo que, echándole todas las culpas a Noriega, podían tranquilizar su conciencia. Omar Torrijos estaba en la cúspide del poder cuando asesinaron a un sacerdote por el delito de organizar cooperativas campesinas en las zonas donde los propietarios de tierras eran parientes del líder del golpe.
¿Así es que entienden el torrijismo? ¿Como licencia para matar? ¿Como un cheque en blanco para exterminar a más de un centenar de adversarios indefensos, enterrados cobardemente en los predios de un cuartel? A pocos días de otro aniversario del cuartelazo que en 1968 derrocó a un gobierno constitucional, los miembros y allegados de la cofradía deben reflexionar sinceramente sobre los crímenes cometidos por y para el régimen. Hablen ahora o callen para siempre. Y en esa opción fatal, el silencio más que complicidad, es confesión de culpa y aprobación del crimen.