Un símbolo de la época
La muerte repentina y tempranera de Michael Jackson ha cubierto el espacio mediático hasta el limite de la compulsión obsesiva. Su vida se ha escudriñado sin dejar rendijas. El fastuoso funeral fue el ritual de un nuevo siglo, prólogo de una ficción al mejor estilo Asimov. Un show tan fantasmagórico como la mutante figura transracial de este híbrido personaje contemporáneo que nunca dejó de ser un niño atrapado en las redes de una realidad compleja.
Ha sido un evento demasiado suntuoso para mis ojos fatigados de asombro. Asombro que sirvió de reflexión para tratar de comprender el comportamiento de una sociedad que aún en medio del dolor festeja la muerte de su ídolo, transformándolo en el signo y símbolo de una época acostumbrada a convertir la ficción ocasional en una realidad permanente, invocando para ello una extraña letanía donde lo banal galopa sobre una fe carente de virtudes trascendentes.
Tal vez a fuerza de creer en nada o en todo estemos construyendo un olimpo con dioses de neón, o de cualquier excentricidad que satisfaga los escapistas sueños psicodélicos de este mundo ajeno, perdido entre los cielos atroces de un inconsciente colectivo cuya mitología todavía no logramos descifrar.
Sabemos que los cambios culturales comienzan a tener vigencia cuando el lenguaje crea nuevas palabras, o cuando las viejas adquieren nuevos significados, dando nombres distintos a las mismas cosas, hasta que el pequeño ser significante que somos, termine por invertir su valor trastrocando el sentido mismo de la idea. Porque cuando se termina por desvirtuar el consenso de lo asumido como verdadero, lo que hacemos es recrear otra verdad distinta a partir de aquello que en el pasado fue admitido como falso. Así, la cultura va cambiando de valores y realidades como una crisálida que el tiempo vuelve mariposa.
Tal vez mi asombro se deba a la velocidad de ese cambio, tan vertiginoso que a mi generación le cuesta adaptarse. Pero por allí se ven cerebros de entelequias tatuados con el Cisne Negro que Nassim Taleb diseca en su famoso libro sobre el impacto de lo altamente improbable.
No trato de calificar con mis valores los valores de la juventud. Simplemente siento pena, mucha pena de esta muchachada bulliciosa y bella que sobrevive en un mundo donde el dinero y no el amor es el único medio para obtener lo que se quiere. A ellos también les cuesta comprender que en aquellos cielos extraños hacia donde vuelan, tampoco les está permitido hacer negocios. Existe, o coexiste, una falsa juventud vieja que bajo la tiranía de una ciencia médica basada en la oferta y la demanda, pretende asimilarse a la corriente híbrida de la época remodelando su apariencia sin cambiar de fondo.
Por mi parte, nada me impide disfrutar del tiempo lerdo. Ver crecer las flores de mi jardín. Leer, desnudo de reloj, a la sombra de un árbol. Ver volar mis mariposas. A las hijas de mis hijos, que en un tiempo tan lejano como ayer fueron crisálidas de un sueño feliz.