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Un verdadero hijo meritorio


"No guardes sellados en caja de alabastro tu cariño y ternura para cuando tus amigos hayan muerto... bríndales frases de admiración sincera ahora que sus ojos pueden verte... ahora que sus oídos pueden regocijarse con ella..".
Un verdadero hijo meritorio de la República de Panamá fue Néstor Jaén (RIP), sacerdote jesuita que murió a los 70 años, después de una penosa enfermedad. Supo conjugar sus tareas religiosas con prácticas cívicas y patrióticas de la más alta calificación, tales como la recolección de firmas para la conformación de la constituyente; la Presidencia del Comité Ecuménico y la Fundación de los Talleres de Jesús en los Pobres.
Nacido en Penonomé, fue ordenado sacerdote en 1969. Con un perfil de educador nato, dedicó a la docencia el ejemplo de su vida y de sus actos. Poseedor de una pluma fértil y atinada nos lega los enjundiosos artículos de opinión registrados en los archivos de los principales diarios del país, especialmente el Panamá América, cuya consulta será una asignatura obligada para todos aquellos que deseen atisbar o revivir su pensamiento. Valiente luchador por los principios democráticos supo oponerse a los desmanes de la dictadura con el decoro que le impusieran sus atribuciones religiosas, su caballerosidad, don de gente y hombría de bien.
Como testimonio de ese hecho, queda para la posteridad e ilustración de quienes le sobreviven, la singular obra: E.P.M. de polémico contenido espiritual, acerca del más allá o la otra vida como solemos llamarla; sucesos que según el autor acaecen en el marco de la postrimería de la dictadura y, con mucha fidelidad, retrata -para que no se olviden-, aquél viernes negro cuyo recuerdo no deja de ser una pesadilla espeluznante para todos aquellos que tuvimos el horror de vivenciarlo.
Esta obra, de singular valor histórico, excelente escenografía y actuaciones de calidad, amerita una nueva puesta en escena. Pero no para un público reducido de un teatro en particular, cuyo costo a veces nos es popularmente accesible, sino extensible a toda la población de diferentes niveles económicos, etáreos y culturales. Que pueda ser vista por jóvenes, adultos, hombres y mujeres de diferentes clases sociales y así se recupere un poco la memoria histórica que con tanta facilidad amañamos.
Hoy que Néstor Jaén ha partido hacia la posteridad, creemos que aunque tarde merece el reconocimiento que en vida se le regateó. Por ejemplo digno y más digno que ninguno, es de declarársele hijo meritorio no sólo del Municipio Capitalino, sino de la República de Panamá. Las medallas de honor que tan graciosamente se conceden, en este nuestro país, muy bien pueden atribuírsele post morten y su nombre, verdadero icono de honestidad y patriotismo, debe figurar en una de las principales avenidas de nuestra ciudad, como un homenaje póstumo a la grandeza de este humilde hijo de la patria..
No obstante, y pese a nuestra mezquindad en torno al reconocimiento de la obra del padre Néstor Jaén, él forma parte de la zaga de los inmortales, aquellos que viven para siempre, aunque físicamente ya no nos acompañe en este peregrinar terreno, aunque se le despida en un cortejo fúnebre, pues queda su esencia.... su presencia espiritual y magnífica. Hasta siempre padre Jaén. ¡Dios te Bendiga y te acoja! Que los ángeles te acompañen; que los querubines entonen el himno de la perpetuidad y el lienzo de la patria encuadre tus pasos: ¡Descansa en Paz!
Y es que es difícil imaginar como alguien, mientras espera turno para dar vuelta a la isleta en aquella aburrida fila, no se sorprenda cuando vea a Henríquez avanzar a paso lento, mientras saca chicles de su bolsa plástica, con la gorra de béisbol calada hasta las orejas y la colorida camiseta a rayas, llamando la atención.
Quizás sea, este septuagenario señor, de los últimos que aún quedan, de otras, más nobles épocas, cuando el trabajo duro honraba a las personas.
Los fines de semana se le puede ver pedaleando hacia su otro punto de venta en los predios de la calle 50, donde dice contar también con buenos clientes.
Las tormentas las pasa sentado debajo de la caseta de buses situada frente a la isleta. La vieja bicicleta, que protege cual fiel compañera, la amarra con candado y cadena a un poste de luz cercano y no le quita un ojo de encima.

101 años de Panamá América

 
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