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Un viaje surrealista en transporte urbano


El trayecto fue breve: apenas de la Universidad a El Dorado. Las peripecias e insólitas experiencias son dignas de contarse por absurdas y porque -a nivel de transporte público- no parece que estuviésemos en una urbe donde llegan las últimas novedades de la tecnología.
Para subir al bus hay que hacer una pirueta y tener habilidad de escalador y saltar rápido los peldaños metálicos para tener acceso a la nave que va "en raudo vuelo" con el perdón de Miró.
Previamente se escucha el vocero del bus, comúnmente llamado "pavo" quien con voz estentórea va anunciando la ruta y que el vehículo está vacío lo cual no siempre es cierto.
Ya en el interior, aquello es una discoteca o toldo ambulante. Hay que soportar las estridencias que son del agrado del "chof" y a los decibeles que les da la gana. Si te atreves a protestar te gritan que te bajes. En una ocasión que tuve la osadía de hacer semejante observación, un mozalbete me espetó que a los viejos no le gusta la música moderna.. como si el escándalo de las troneras mereciera el sublime nombre de música.
Los asientos son dignos de un párrafo especial. Algunos "van en esqueleto", sin cojines ni espaldares. La mayoría de las butacas están grotescamente tapizadas o pegadas con "tape", en un intento desesperado por darles una apariencia lejanamente estética, palabra muy fina para lo que me refiero.
El calor es agobiante y cuando llueve es necesario cerrar las ventanas. Automáticamente, el bus se transforma en un baño turco rodante.
En casos frecuentes, el célebre transporte se detiene fuera de las paradas a dejar o recoger pasajeros. Y si va repleto, la parada es ignorada por el piloto.
No han faltado situaciones en que nos refugiamos en una gasolinera debido a fallas mecánicas o porque el motor sufre de recalentamiento global y requiere de primeros auxilios. El conductor ni siquiera presenta una excusa a sus clientes. Muchos comienzan a descender y desaparecer con la esperanza de un rápido trasbordo.
Los asientos para tres personas es mejor que no existieran. Si te toca al lado una persona voluminosa quedas estrujado y como "sándwich" entre los compañeros de odisea.
Para entretenerte, puedes leer los "graffitis" que están por doquier, desde jocosos y obscenos hasta nombres de parejitas estudiantiles y otras lindeces que sería largo describir.
Así, entre ruidos de salsas, bocinas y el estruendo de la máquina, zarandeando y medio molido, llegas a tu destino. Al bajar debes asirte a las barras metálicas niqueladas u oxidadas porque la sacudida es feroz.
Con tristeza y callada protesta tienes que entregar el "cuara". Cosas de nuestro Panamá. ¿Cuándo se respetará a los usuarios?
El secreto de los buses articulados pareciera guardarse en el Pentágono. Y cuando llegue el nuevo sistema debiera recibir el sonoro apodo de Trans Milenio del Silencio.
El surrealismo del transporte masivo metropolitano es una realidad ridícula que estoicamente padecemos en espera de mejores tiempos.
Y al que me diga "zapatero a tu zapato" porque este no es un tema histórico ni cultural, le respondo que por el transporte colectivo se puede medir la cultura de nuestra comunidad capitalina.

Por el transporte colectivo se puede medir la cultura de nuestra comunidad capitalina.

101 años de Panamá América

 
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