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Una "cuestión de orden"


Días atrás, en sesión de la Asamblea Legislativa, uno de sus miembros alegó "cuestión de orden", para interrumpir a una colega suya que estaba en el uso de la palabra, y advertirle que no se dice "epiteto" (como ella había dicho), sino epíteto.
Si es o no procedente una moción incidental del tipo mencionado, en el Organo Legislativo panameño y en circunstancias como la anteriormente descrita, es algo que habría que aclararse a la luz de las reglas establecidas por esa entidad para la conducción de sus debates. En todo caso, ninguna de las autoridades reconocidas universalmente en materia de procedimiento parlamentario (Robert, Cushing, Demeter) señala el uso de la cuestión de orden para corregir gazapos. Según estas autoridades, cuyos manuales sirven de guía en todas partes, a toda suerte de agrupaciones deliberantes, sin excluir las asambleas legislativas, la cuestión de orden tiene estos dos únicos propósitos: 1. Reprimir las violaciones a las reglas del debate, y el desconocimiento de los otros puntos de orden establecidos para el normal desarrollo de las sesiones. 2. Objetar, en el acto, el empleo del lenguaje indecoroso; en especial las ofensas verbales en contra del honor de la institución y de sus miembros.
Hay una anécdota interesante sobre la cuestión de orden motivada por insulto. Ocurrió hace años en una de las asambleas departamentales de un país vecino. En medio de una acalorada discusión, uno de los diputados pidió la palabra y dijo: "Está visto, señor presidente, que la mitad de esta asamblea está integrada por ignorantes". El presidente lo conminó inmediatamente a retractarse. El aludido, quien resultó ser un maestro de la ambigüedad deliberada, volvió a hablar, pausadamente: "Lo complazco, señor presidente. La mitad de esta asamblea No está integrada por ignorantes".
Volvamos ahora a los gazapos de los legisladores. Ya hemos visto que en las reglas usuales del procedimiento parlamentario, no cabe cuestión de orden cuando los miembros de una asamblea incurren en vicios idiomáticos. Cuando, en las normas que llevan su nombre, Henry M. Robert habla de que la presidencia debe llamar al orden a quien usare "lenguaje impropio" en el debate, está claro en el contexto que no se refiere a la propiedad de la expresión ajustada a la gramática sino al respeto humano y la moral.
¡Se imaginan ustedes cuán largas y extenuantes serían todas las sesiones de la Asamblea Legislativa, si en ella se presentara una cuestión de orden cada vez que uno de sus miembros suelta un gazapo! Sería cosa de nunca acabar.
Ciertamente, algunos de los que hoy ocupan sillas curules en la cámara legislativa, no están muy lejos de la inopia gramatical de aquel diputado a la Asamblea Nacional que, a mediados del siglo que está por fenecer, solía decir: "A mí Mes lo dijeron." Y se ratificaba: "Mes, porque no fue Uno el que me lo dijo; fueron Varios".

101 años de Panamá América

 
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