Una cumbre mundial contra el racismo
Entre fines del mes de agosto y el 7 de septiembre próximo, la opinión pública internacional volverá a poner su atención en Sudáfrica. Como en épocas pasadas, ello será a causa del racismo. Sin embargo, y a diferencia de lo sucedido durante la vigencia del apartheid (1948-1994), cuando imperaba una rígida separación racial, Sudáfrica estará del lado de quienes luchan contra la discriminación. Durban, una ciudad ubicada sobre la costa del Océano Indico, será sede de la Cumbre Mundial contra el Racismo, la xenofobia y otras manifestaciones de intolerancia. Allí convergirán los representantes de los estados miembros de Naciones Unidas con el fin de analizar la problemática y coordinar una estrategia global para combatirla.
La Oficina del Alto Comisionado Para los Derechos Humanos de la ONU, actualmente bajo la responsabilidad de la ex presidente de Irlanda, Mary Robinson, está al frente de la organización del encuentro. Para asegurar un debate participativo fueron invitadas, además de las delegaciones oficiales, numerosas organizaciones no gubernamentales (ONG"s) dedicadas a la protección de los derechos humanos. Serán seguramente estas organizaciones las que darán a la Cumbre su mayor dosis de energía, instando a reconocer las situaciones de discriminación existentes y asumir los compromisos necesarios para erradicarlas.
Faltan todavía seis meses para la conferencia; sin embargo, la amplitud y volatilidad de la agenda promete un intercambio donde no faltarán los desacuerdos y las posiciones encontradas. Entre los múltiples temas a discutirse se encuentran: la proliferación del antisemitismo violento y el incremento del neonazismo en Europa Central; la marginación de las comunidades Roma (gitanos) en la República Checa, Hungría y otros países del este europeo; la xenofobia experimentada por los trabajadores migrantes, victimizados desde España a Alemania; el tráfico de mujeres y niños desde países en desarrollo hacia el "Norte" industrializado; y el sistema de castas de la India (vigente en la práctica), responsable de la marginación de 100 millones de personas. De esta breve lista resulta evidente la universalidad del problema. El racismo "cambia de ropajes" según el país o la región de que se trate; no obstante, el resultado concreto es el mismo. Impide o coarta el acceso de las personas a la educación, al empleo, la salubridad y la participación política; desconoce derechos humanos básicos, como la vida y la integridad física. Todo ello por pertenecer a un determinado grupo étnico, cultural, religioso, nacional, de orientación sexual u otro tipo. No menos evidente resulta la urgencia por diseñar políticas institucionales que prevengan las causas de la intolerancia racial y ataquen sus efectos.
En lo que respecta a las Américas, dos temas centrales han sido identificados como prioritarios para la región: la situación de los pueblos indígenas del continente (históricamente empujados a los límites de las sociedades), y las comunidades afroamericanas. Estas últimas han sido "postergadas" indefinidamente en los terrenos social, económico, jurídico y político. El fenómeno es visible (aunque en distintos grados) tanto en América del Norte como en la cuenca del Caribe, en América Central y del Sur. Como ha sostenido Gay MacGougall (miembro de la Comisión Para la Eliminación de la Discriminación de la ONU y directora ejecutiva de la organización International Human Rights Law Group): "los descendientes de africanos en las Américas continúan siendo los más pobres entre los más pobres del continente". Por otra parte, no escapará a la atención de la Cumbre la situación de las minorías en los Estados Unidos. Según un informe emitido en 1999 por el Consejo Nacional de La Raza (NCLR), la principal organización hispana del país, cada hora se comete un crimen racial en perjuicio de un miembro de una minoría. Las víctimas resultan ser (además de los latinos) los afroamericanos, judíos, homosexuales y asiaticoamericanos.
La proliferación de encuentros gubernamentales de carácter internacional es vista con frecuencia por la opinión pública con cierto escepticismo. Es innegable que en algunos casos dichas conferencias no han tenido un impacto tangible o concreto en la vida diaria de las personas. Sus "logros" han quedado pues dentro del exclusivo plano de la diplomacia. La Cumbre de Durban debe ser distinta, ya que responde a una tendencia evidenciada durante los últimos años. Ya no es posible subestimar el incremento desmesurado y las graves consecuencias sociales de las prácticas racistas. Esto ocurre tanto en las naciones más desarrolladas como en los países en vías de desarrollo. La comunidad internacional debe, pues, enfrentar sin demoras la actualidad del racismo. Para ello, Durban servirá como "disparador" de lo que será una larga empresa. Corresponderá luego que en Washington, Río, Berlín o Nueva Delhi adoptemos y continuemos el compromiso.
La Oficina del Alto Comisionado Para los Derechos Humanos de la ONU, actualmente bajo la responsabilidad de la ex presidente de Irlanda, Mary Robinson, está al frente de la organización del encuentro. Para asegurar un debate participativo fueron invitadas, además de las delegaciones oficiales, numerosas organizaciones no gubernamentales (ONG"s) dedicadas a la protección de los derechos humanos. Serán seguramente estas organizaciones las que darán a la Cumbre su mayor dosis de energía, instando a reconocer las situaciones de discriminación existentes y asumir los compromisos necesarios para erradicarlas.
Faltan todavía seis meses para la conferencia; sin embargo, la amplitud y volatilidad de la agenda promete un intercambio donde no faltarán los desacuerdos y las posiciones encontradas. Entre los múltiples temas a discutirse se encuentran: la proliferación del antisemitismo violento y el incremento del neonazismo en Europa Central; la marginación de las comunidades Roma (gitanos) en la República Checa, Hungría y otros países del este europeo; la xenofobia experimentada por los trabajadores migrantes, victimizados desde España a Alemania; el tráfico de mujeres y niños desde países en desarrollo hacia el "Norte" industrializado; y el sistema de castas de la India (vigente en la práctica), responsable de la marginación de 100 millones de personas. De esta breve lista resulta evidente la universalidad del problema. El racismo "cambia de ropajes" según el país o la región de que se trate; no obstante, el resultado concreto es el mismo. Impide o coarta el acceso de las personas a la educación, al empleo, la salubridad y la participación política; desconoce derechos humanos básicos, como la vida y la integridad física. Todo ello por pertenecer a un determinado grupo étnico, cultural, religioso, nacional, de orientación sexual u otro tipo. No menos evidente resulta la urgencia por diseñar políticas institucionales que prevengan las causas de la intolerancia racial y ataquen sus efectos.
En lo que respecta a las Américas, dos temas centrales han sido identificados como prioritarios para la región: la situación de los pueblos indígenas del continente (históricamente empujados a los límites de las sociedades), y las comunidades afroamericanas. Estas últimas han sido "postergadas" indefinidamente en los terrenos social, económico, jurídico y político. El fenómeno es visible (aunque en distintos grados) tanto en América del Norte como en la cuenca del Caribe, en América Central y del Sur. Como ha sostenido Gay MacGougall (miembro de la Comisión Para la Eliminación de la Discriminación de la ONU y directora ejecutiva de la organización International Human Rights Law Group): "los descendientes de africanos en las Américas continúan siendo los más pobres entre los más pobres del continente". Por otra parte, no escapará a la atención de la Cumbre la situación de las minorías en los Estados Unidos. Según un informe emitido en 1999 por el Consejo Nacional de La Raza (NCLR), la principal organización hispana del país, cada hora se comete un crimen racial en perjuicio de un miembro de una minoría. Las víctimas resultan ser (además de los latinos) los afroamericanos, judíos, homosexuales y asiaticoamericanos.
La proliferación de encuentros gubernamentales de carácter internacional es vista con frecuencia por la opinión pública con cierto escepticismo. Es innegable que en algunos casos dichas conferencias no han tenido un impacto tangible o concreto en la vida diaria de las personas. Sus "logros" han quedado pues dentro del exclusivo plano de la diplomacia. La Cumbre de Durban debe ser distinta, ya que responde a una tendencia evidenciada durante los últimos años. Ya no es posible subestimar el incremento desmesurado y las graves consecuencias sociales de las prácticas racistas. Esto ocurre tanto en las naciones más desarrolladas como en los países en vías de desarrollo. La comunidad internacional debe, pues, enfrentar sin demoras la actualidad del racismo. Para ello, Durban servirá como "disparador" de lo que será una larga empresa. Corresponderá luego que en Washington, Río, Berlín o Nueva Delhi adoptemos y continuemos el compromiso.