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Una discutible jugada



Durante un partido de fútbol, el director técnico de uno de los equipos pide detener el partido para pedirle al árbitro que juegue como centro delantero de su onceno. El público queda estupefacto, algunos se echan a reír. ¿No se supone que el árbitro es independiente y, por lo tanto, no es un jugador a la disposición del director de uno de los equipos? No se trata de discutir ahora si el árbitro puede ser un buen centro delantero o no. De lo que se trata es que el valor de su trabajo como árbitro consistía precisamente en no estar sometido a las directrices del director de uno de los equipos. Ahora resulta que el que jugaba como centro delantero pasa a ser el árbitro del partido. La gente comienza a disgustarse, porque todo parece indicar que no se trata de una buena práctica.
El anterior relato no ha ocurrido en el fútbol, porque allí nadie lo habría aceptado. De rabia, los aficionados en las graderías se habrían lanzado a la cancha para impedir semejante burla. Pero lo narrado sí ha pasado en la política criolla, que nos proporcionó el escenario de un contralor, aún en funciones, que aceptaba ser Ministro de Estado, con el "sequel", o segunda parte, de un Ministro de Estado que por obra y gracia del cambio, adquirió independencia de criterio y se convirtió en Contralor; es decir, en controlador y fiscalizador del equipo del gobierno del que formó parte y defendió a capa y espada hasta el día antes de ser escogido para desempeñar su nueva función.
La "gente de las graderías" no se lanzará a la cancha para impedir que se lleve nuevamente a cabo esta práctica que aparenta no ser correlativa a las reglas del juego democrático. Eso sí, estará atenta para evaluar si el anterior centro delantero, ahora devenido en árbitro, pretende seguir metiendo goles, en lugar de evitar que se cumplan las reglas del juego, que es su nuevo rol.

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