Una evaluación integral
Consabido es el hecho que la evaluación es una aproximación a la realidad, sobre todo cuando sólo miramos producto final. Ahora, cada día más, señalamos que es muy importante ver el proceso, revisándolo desde un marco esperanzador e integral. Para hacer una inferencia de nuestra realidad, se podría decir que para ir hacia una evaluación integral por proceso, se requiera una serie de ajustes a nuestro sistema. Estos ajusten van de las ideas más simples, casi culturales con relación a la nota en su expresión sumativa (numérica), hasta un nivel superior que incluye los valores, la filosofía y las leyes que sustentan el sistema de evaluación en la evaluación nacional.
Si queremos avanzar con paso firme sobre un concepto de evaluación, debemos ponernos de acuerdo los principales estamentos de la educación, para primero encontrar los puntos en común que existen, y sobre ellos estructurar un proceso de evaluación que permita no sólo revisar en qué etapa de desarrollo cognitivo se encuentra el alumno, sino que propicie el aprendizaje de los conocimientos y promueva la transmisión de valores culturales y morales, que toda sociedad requiere para erguirse con fortaleza.
No obstante, los esquemas de ensayo y error de cada administración y el método que responde a estímulo respuesta; recompensa o castigo, debe superarse. Más crítico aún, y de urgente necesidad, es la eliminación de la práctica de insertar de manera forzada, los esquemas cognitivos, constructivista o de aprendizaje significativo, en formatos de evaluación conductistas.
El cambio en educación se verificará cuando empecemos a ver al ser humano como independiente, diferenciado, único, pero también conformado por un aparato bio-psico-social con una dinámica integral y que evoluciona, precisamente, conservando su esencia. Una evaluación que intente acercarse a su ser, tiene que mirar su esencia. Así, la evaluación no será un resultado, más será parte del proceso de formación y estrategia eficaz para la promoción de aprendizajes. Tendrá como punto de partida, de realización y meta, al que aprende.
Sabemos que la evaluación que se ha efectuado hasta ahora en Panamá registra, por excelencia, la memoria inmediata del sujeto, que poco efecto tiene en la vida futura. En esta circunstancia, el estudiante casi como catarsis, libera sus conocimientos en las diferentes pruebas a través de su vida escolar, y con ellas también se va el conocimiento .Esto es realmente injusto, tanta inversión en un sistema que no genera a su paso el saber.
Debemos buscar alternativas, así nuestra evaluación debe escudriñar en las necesidades, los propósitos, el nivel de relación, y luego claro está, el significado de la misma. Si el alumno ser percata que se le indaga en esta dirección, comenzará a producir en este sentido. El maestro no está en este momento preparado para propiciar estos saberes, y mucho menos para reconocerlos en una evaluación.
Pero esto se supera con la capacitación comprometida y una nueva actitud para evaluar. Esta actitud, se basa en que la evaluación debe estar presente en todos los momentos del proceso para poderlo así orientar y reorientar. Para ello, debe ser lo suficientemente flexible y personalizado como para sufrir ajustes. Más en todo caso, la evaluación no es el final del camino, es el puente que enlaza al alumno con estructuras cognitivas superiores. En esto el profesor o maestro no está solo, ni tampoco es el único responsable, el padre de familia debe poder dar referencia de los logros de su hijo, comprometiéndolo más con el proceso. El alumno también debe evaluar su aprendizaje, ya que es él quien vive los cambios que producen en su conducta los nuevos saberes.
Evaluar es algo cuantitativo y cualitativo, para dirigirnos hacia una evaluación integral, que responda a esta nuestra realidad, debemos empezar todos a capacitarnos y cambiar.
Si queremos avanzar con paso firme sobre un concepto de evaluación, debemos ponernos de acuerdo los principales estamentos de la educación, para primero encontrar los puntos en común que existen, y sobre ellos estructurar un proceso de evaluación que permita no sólo revisar en qué etapa de desarrollo cognitivo se encuentra el alumno, sino que propicie el aprendizaje de los conocimientos y promueva la transmisión de valores culturales y morales, que toda sociedad requiere para erguirse con fortaleza.
No obstante, los esquemas de ensayo y error de cada administración y el método que responde a estímulo respuesta; recompensa o castigo, debe superarse. Más crítico aún, y de urgente necesidad, es la eliminación de la práctica de insertar de manera forzada, los esquemas cognitivos, constructivista o de aprendizaje significativo, en formatos de evaluación conductistas.
El cambio en educación se verificará cuando empecemos a ver al ser humano como independiente, diferenciado, único, pero también conformado por un aparato bio-psico-social con una dinámica integral y que evoluciona, precisamente, conservando su esencia. Una evaluación que intente acercarse a su ser, tiene que mirar su esencia. Así, la evaluación no será un resultado, más será parte del proceso de formación y estrategia eficaz para la promoción de aprendizajes. Tendrá como punto de partida, de realización y meta, al que aprende.
Sabemos que la evaluación que se ha efectuado hasta ahora en Panamá registra, por excelencia, la memoria inmediata del sujeto, que poco efecto tiene en la vida futura. En esta circunstancia, el estudiante casi como catarsis, libera sus conocimientos en las diferentes pruebas a través de su vida escolar, y con ellas también se va el conocimiento .Esto es realmente injusto, tanta inversión en un sistema que no genera a su paso el saber.
Debemos buscar alternativas, así nuestra evaluación debe escudriñar en las necesidades, los propósitos, el nivel de relación, y luego claro está, el significado de la misma. Si el alumno ser percata que se le indaga en esta dirección, comenzará a producir en este sentido. El maestro no está en este momento preparado para propiciar estos saberes, y mucho menos para reconocerlos en una evaluación.
Pero esto se supera con la capacitación comprometida y una nueva actitud para evaluar. Esta actitud, se basa en que la evaluación debe estar presente en todos los momentos del proceso para poderlo así orientar y reorientar. Para ello, debe ser lo suficientemente flexible y personalizado como para sufrir ajustes. Más en todo caso, la evaluación no es el final del camino, es el puente que enlaza al alumno con estructuras cognitivas superiores. En esto el profesor o maestro no está solo, ni tampoco es el único responsable, el padre de familia debe poder dar referencia de los logros de su hijo, comprometiéndolo más con el proceso. El alumno también debe evaluar su aprendizaje, ya que es él quien vive los cambios que producen en su conducta los nuevos saberes.
Evaluar es algo cuantitativo y cualitativo, para dirigirnos hacia una evaluación integral, que responda a esta nuestra realidad, debemos empezar todos a capacitarnos y cambiar.