Una fecha para recordar en Cuba
El asalto al palacio presidencial, con Fulgencio Batista en su interior, la acción armada más audaz en los anales cubanos de los años republicanos, fue la culminación de los esfuerzos conspirativos y revolucionarios de José Antonio Echeverría Bianchi, estudiante de arquitectura y presidente de la Federación Estudiantil Universitaria. Había nacido en Cárdenas, pequeña ciudad al Este de La Habana. Educado en el seno de una familia católica, junto a tres hermanos. Cuando ingresaba en la Universidad, era deportista consumado, que iniciaba sus estudios con vocación y disciplina bien definidas hacia la arquitectura y, simultáneamente, ascendía en la dirigencia estudiantil.
El golpe militar de Batista, el 10 de marzo de 1952, y su carácter de tiranía sangrienta, significó un reto insoslayable para el estudiantado. Echeverría encabezó con osadía sorprendente aquel legado de la historia. Las obligaciones académicas que cumplió brillantemente, no impidieron su magnífico desdoblamiento revolucionario.
El calendario universitario se cumplía a plenitud en el máximo dirigente estudiantil, categoría alcanzada desde los primeros años. Su personalidad atractiva, impregnada de juventud y decisión inquebrantable, aunaba a su alrededor a todo el estudiantado del país, sumando a su lado, colaboradores fieles y desinteresados. Sus continuos y permanentes llamados públicos y privados para alcanzar la unidad revolucionaria, estaban respaldados por una conducta inigualable, sin señalamientos que no fueran inmaculados, exponiéndose en primera fila a la hora de los enfrentamientos con los cuerpos represivos.
Con modestia absoluta, naturalidad impresionante, entraba al recinto y las aulas, convocaba a la dirigencia estudiantil y acaudillaba las manifestaciones patrióticas que se iniciaban en la colina universitaria, y continuaban en cualquier otro lugar de la isla. La escalinata, donde se iniciaba la universidad habanera, se convertía en tribuna revolucionaria y popular, y emergía José Antonio, como genuino y único líder.
El Directorio Revolucionario fue su brazo armado que hizo posible el ataque al palacio presidencial. Estudiantes, dirigentes, revolucionarios de otros sectores, profesionales, hombres de distintas procedencias sociales, se inmolaron también sin un ápice de intereses personales.
La muerte en combate de José Antonio, al pie de los muros universitarios el 13 e marzo de 1957, cerró todos los accesos; la Colina quedó desolada, la consigna era combatir hasta vencer.
El golpe militar de Batista, el 10 de marzo de 1952, y su carácter de tiranía sangrienta, significó un reto insoslayable para el estudiantado. Echeverría encabezó con osadía sorprendente aquel legado de la historia. Las obligaciones académicas que cumplió brillantemente, no impidieron su magnífico desdoblamiento revolucionario.
El calendario universitario se cumplía a plenitud en el máximo dirigente estudiantil, categoría alcanzada desde los primeros años. Su personalidad atractiva, impregnada de juventud y decisión inquebrantable, aunaba a su alrededor a todo el estudiantado del país, sumando a su lado, colaboradores fieles y desinteresados. Sus continuos y permanentes llamados públicos y privados para alcanzar la unidad revolucionaria, estaban respaldados por una conducta inigualable, sin señalamientos que no fueran inmaculados, exponiéndose en primera fila a la hora de los enfrentamientos con los cuerpos represivos.
Con modestia absoluta, naturalidad impresionante, entraba al recinto y las aulas, convocaba a la dirigencia estudiantil y acaudillaba las manifestaciones patrióticas que se iniciaban en la colina universitaria, y continuaban en cualquier otro lugar de la isla. La escalinata, donde se iniciaba la universidad habanera, se convertía en tribuna revolucionaria y popular, y emergía José Antonio, como genuino y único líder.
El Directorio Revolucionario fue su brazo armado que hizo posible el ataque al palacio presidencial. Estudiantes, dirigentes, revolucionarios de otros sectores, profesionales, hombres de distintas procedencias sociales, se inmolaron también sin un ápice de intereses personales.
La muerte en combate de José Antonio, al pie de los muros universitarios el 13 e marzo de 1957, cerró todos los accesos; la Colina quedó desolada, la consigna era combatir hasta vencer.