Una gran educadora
El 18 de octubre del presente año falleció en la ciudad de Washington la señorita Berta Arango. Por su calidad profesional y gracias a su vertical ejecutoria, ella merece una nota especial entre los grandes educadores que tuvo este país.
Mujer sencilla, egresada de la Escuela Normal de Institutoras, trabajó en sus inicios como maestra en la comunidad rural de Arraiján; se recibió como Licenciada en Educación en la Universidad de Panamá y, posteriormente, obtuvo una maestría en la prestigiosa Universidad de Chicago, Estado Unidos de Norteamérica. Su trayectoria comprende una línea ascendente que va desde la humilde posición de maestra rural hasta una posición de alta jerarquía en el ramo: Viceministra.
Dueña de sí misma la entereza de su carácter y la absoluta claridad de su criterio hizo de ella, para algunos, una personalidad controversial. Como ferviente devota del juego limpio, del cumplimiento estricto del deber y al mismo tiempo insobornable, dio prestigio a los diversos cargos que desempeñó: Maestra, Directora de la Escuela Normal Juan Demóstenes Arosemena, Directora General de Educación, Viceministra de Educación, entre otros.
Bajo estos principios rectores dirigió la Escuela Normal Juan Demóstenes Arosemena durante los años 1952- 1958. Años difíciles por el conflicto de intereses de la época, pero que pudo superar gracias a su inteligencia y a su valentía sin aspavientos. Como el diestro capitán que no se deja sorprender en medio de la tempestad formó varias generaciones de maestros que dieron lo mejor de sí al país. Promovió, acompañada de un cuerpo de profesores capaces y entusiastas, el trabajo social como parte de la formación de los futuros maestros. La corriente pragmática en que se formó le dio una visión muy amplia de la escuela y sus proyecciones; debía existir una viva y permanente interacción entre la escuela y la comunidad y en este proceso el papel del maestro era determinante.
Bajo esta visión se nos formó como maestros y ya desde las aulas de la Normal sentíamos el peso de la responsabilidad que asumíamos. El campo de aplicación de sus principios se daba en la práctica docente, sumamente rigurosa, donde no había cabida para el cansancio, la falta de tiempo, ni para nada que nos apartara del deber. Con esa mentalidad fuimos a trabajar con fe y entusiasmo a las más remotas regiones del país.
Parte de sus vigorosas y fértiles ideas educativas se hayan expresadas en un trabajo intitulado: "¿Puede la Escuela ser sujeto de la transformación del medio o sólo objeto de la acción determinante de éste?"; uno de los temas de discusión de la Mesa redonda sobre Problemas de la Educación Panameña, convocada por la Escuela de Temporada de la Universidad de Panamá hace algunas décadas.
En aquella ocasión, con implacable franqueza, denunció las malas prácticas que se venían dando en el sistema y casi con nombres propios a los autores de las mismas. Fueron sus palabras: "La escuela no puede convertirse en una agencia inocua, ni aceptar el principio de obediencia ciega a los individuos y sus caprichos por estar estos investidos de autoridad, porque eso sería convertirla en vehículo de la corrupción organizada".
Su fe en la educación era de carácter humanista y su ética de naturaleza muy democrática.
La señorita Berta Arango vivió plenamente en armonía con sus principios y demostró que aun dentro de las circunstancias adversas se puede trabajar con honradez en bien de los que quieren educarse, todo lo cual hace de ella una presencia ética en el tiempo que las generaciones presentes deben imitar.