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Una larga campaña


Desde hace casi un año, el país está inmerso en una campaña política que pareciera interminable, sobre todo porque faltan todavía otros nueve meses para las elecciones. Lo prolongado de este proceso comienza a producir un hastío poco saludable, que conduce a que la mayoría de la gente se desconecte de los temas políticos y se fomente una peligrosa indiferencia ciudadana sobre los grandes temas nacionales que deben debatirse.

En parte, este fenómeno ha sido el resultado de la simultaneidad de varios procesos que han hecho coincidir las elecciones internas para elegir las autoridades de los partidos políticos con las primarias de los mismos, ambas teniendo como telón de fondo la campaña presidencial del próximo año.

La absoluta desmesura en el uso de la publicidad ha contribuido en buena medida a la confusión ciudadana, a tal punto que es difícil identificar quiénes son precandidatos y quiénes candidatos ya confirmados; o quién pide el voto para una postulación a través de unas primarias dentro de su partido y quién lo hace para un puesto de elección popular.

En estos momentos, Juan Carlos Varela y Ricardo Martinelli son los dos candidatos a la presidencia oficialmente postulados, mientras que Balbina Herrera, Juan Carlos Navarro y Laurentino Cortizo aún compiten por la postulación dentro de su partido. Esta asimetría en los tiempos de campañas se ha traducido un incremento en el tono y en la agresividad de la publicidad electoral de algunos candidatos, sobre todo en las cuñas de Ricardo Martinelli y las de Juan Carlos Navarro.

En ambos casos, la propaganda electoral se dirige por un lado a la descalificación del contrincante -Martinelli vs Varela, Navarro vs Herrera- y por la otra a hacer propuestas a todas luces demagógicas que en nada contribuyen al debate serio de temas trascendentales que nos afectan a todos, como son el incremento del costo de la vida, la ola de violencia criminal o la situación de pobreza extrema en la que viven cientos de miles de panameños.

Quienes recordamos campañas políticas del pasado sabemos que las actitudes de intolerancia y la aceptación de que cualquier cosa vale para llegar al poder - desde la descalificación del adversario, pasando por el insulto, las mentiras y hasta el fraude- desembocan de manera indefectible en la violencia con sus secuelas de dolor y sangre.

En esta coyuntura debemos dar la bienvenida a los llamados a la sensatez y a las medidas, como la recién tomada por el Tribunal Electoral de suspender dos cuñas cuyo contenido incita a la escalada de ataques descalificadores y ofensivos, si no queremos regresar a enfrentamientos penosos del pasado.

Todos tenemos el deber, de manera particular los medios de comunicación, los analistas y los políticos, de contribuir a la docencia cívica, evitando la tentación de provocar enfrentamientos y más bien invitando a la reflexión que promueve la discusión que, por apasionada que pueda tornarse, es siempre generadora de propuestas y consensos.

101 años de Panamá América

 
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