¿Una mejor ciudad?
Hemos leído la noticia de que a fin de transmitir a las autoridades la necesidad de replantear todo lo que se ha realizado hasta el momento, en materia de planificación urbana, se efectuó una reunión de arquitectos por una Panamá mejor, refiriéndose a nuestra ciudad capital.
Aplaudimos las buenas intenciones, pero consideramos que eso es asaz difícil. Abrigamos el temor de que esté ella entrando en un trance de languidez. Hoy en día nuestra ciudad es un bosque con altísimos árboles de concreto y acero aptos para residencias y oficinas con capacidad para recibir gran cantidad de personas, y muchísimas de entre ellas, propietarias de autos.
Ya en la actualidad, desplazarse y regresar constituye verse en medio de tranques y pasar por el suplicio del ensordecedor toque de bocinas de desesperados conductores quienes se sienten prisioneros en nuestra vías públicas. Nuestra tragedia consiste en que no tenemos calles ni avenidas lo suficientemente anchas para que el tráfico sea fluido. Y lo más triste es que cada día circula un mayor número de colosos casi como vagones de ferrocarril, grandes autobuses, cisternas y largos camiones hasta de diez llantas.
Allá por los años de 1937 o 1938 el Presidente de la República, Demóstenes Arosemena, hizo ensanchar un tramo de la Avenida B. Expropió y pagó a los propietarios de casas, casi todas de madera y de no más de dos pisos, en su justo valor de entonces. Eso no puede hacerse hoy en día para ensanchar nuestras estrechas calles que a todo lo largo se nos presentan con hileras de condominios que cuestan millones de balboas. Ningún gobierno puede afrontar el pago necesario para indemnizar a los propietarios de esos edificios para derrumbarlos y ensanchar. En consecuencia, desengañémosnos. Nuestra ciudad actual irá languideciendo paulatinamente. Ciudad moderna que no tenga calles y avenidas super anchas, serán comercios muertos y sus habitantes se desplazarán hacia otras latitudes.