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Una mentirilla política


La verdad y la política no nacieron para acompañarse mutuamente, dicen. La verdad, por su propia naturaleza, tiene efectos desestabilizadores para el mundo de la política: es como si el acto mismo de decir la verdad fuese ya un gesto de rebeldía o rechazo contra toda complicidad con los que detentan el poder. Los políticos, por su parte, se comportan como si su papel en la sociedad los eximiese de la pesada carga de decir la verdad. Por eso es más fácil representarse a la verdad como un solitario impotente, o un alma en pena que vive fuera de los muros de la ciudad, que como un pilar de la actuación política. Quizás la política sea como una luciérnaga que necesita de la oscuridad para brillar, pues el resplandor de la verdad la hace sentir incómoda.

Así parece que ha ocurrido con nuestros diputados al descubrirse que los diplomas académicos que algunos anunciaban en su hoja de vida oficial eran inexistentes. No se trata de un caso de fraude, porque ninguno fue elegido sobre la base de los títulos que decía ostentar, y no sería arriesgado afirmar que su grado de escolaridad no jugó un papel determinante en el respaldo que le concedieron los ciudadanos en las urnas. Se trata, pues, de una pequeña mentira, proferida como tantas otras, al calor de las lides electorales, sin ninguna trascendencia para el cargo que desempeñan.

Cuando se presenten a las próximas elecciones reclamando ser servidores honestos y sinceros, alguien podría pensar que se trata de otra mentirilla más.

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