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Una nueva era de libertad y prosperidad


Ciudad de Guatemala / AIPE - El mensaje liberal es sencillo: el individuo debe ser capaz de encontrar su propio bienestar, a su manera, sin que restricciones impuestas por otros limiten su energía creadora. Lamentablemente, tanto el hombre de la calle como de la academia y de la política partidista están muy lejos de comprender y aplicar los principios fundamentales del pensamiento liberal. Inclusive, muchos de los intelectuales liberales de América Latina tampoco tienen una visión clara respecto al camino a seguir.
Como liberales tendemos a ser escépticos de que los cambios de fondo puedan ser realizados a través del sector estatal y, sin embargo, siempre estamos a la expectativa de que algún político "convertido" y con sentido común entienda los principios de la economía de mercado y los haga realidad. La verdad es que, a final de cuentas, tanto los liberales como los no liberales cometemos el mismo error: ponemos nuestra confianza en los políticos y en la política. Aún reconociendo que sí es posible realizar cambios de fondo desde el gobierno, estos en su mayoría se limitan al período de la administración que los realiza y el gobierno siguiente hará todo lo posible por actuar de forma contraria
La realidad es que los cambios serios vienen a largo plazo. En el fondo, el cambio real y duradero viene a través de la educación. Pero no se trata sólo de enseñar al niño a leer, escribir, a memorizar el himno nacional e inculcarle que Estados Unidos es el demonio. La educación requerida es la formación de una mentalidad liberal para que los jóvenes comprendan la naturaleza de la acción humana y de la vida del hombre en sociedad, de una manera realista y sin prejuicios.
Necesitamos educar a las nuevas generaciones para que vean la urgencia de quitar la política estatista del pedestal en que se ha colocado y dejar de concentrar en ella todas las esperanzas de bienestar, libertad y justicia. Entender que la política partidista nada tiene que ver con producir bienes, alimentos, vestido, automóviles, medicina, vivienda, etc. Comprender que cuanto producto o servicio está disponible en el mercado, haciendo nuestra vida más cómoda, agradable y productiva, es el resultado de la laboriosidad e industria de otros individuos que trabajan, invierten, producen y comercian. Sólo así se entenderá que necesitamos más de esos y menos de aquellos, de los que sólo producen promesas y esperanzas fallidas.
La gente comprenderá que es gracias al afán de lucro de los empresarios y de los inversionistas privados del mundo entero que -en un ambiente de libertad- hoy es posible que un humilde trabajador disfrute de comodidades que un emperador romano no hubiera podido ni siquiera soñar para sí.
El cambio real vendrá cuando los nuevos latinoamericanos dejen de idealizar a políticos ineptos, quienes con la anunciada intención de elevar el nivel de vida del pueblo y en aras de la "justicia social" violan constantemente nuestros derechos de propiedad, condenando así a la pobreza a los habitantes de todo un continente, potencialmente muy rico.
También hay que reconocer que vender la noción del "mercado" es una tarea difícil. Los políticos lo han convertido en una mala palabra y la gente no entiende que el mercado es sólo lo que ellos, sus vecinos y el resto de sus conciudadanos quieren o demandan para sí y sus familias. La tarea es tanto más difícil por cuanto la educación pública tiende a glorificar la política y a denigrar de quienes invierten, producen y dan empleos. Es necesario, entonces, que las futuras generaciones comprendan los beneficios de una sociedad libre y abierta, a la vez que el peligro de la orientación estatista. Sólo así se podrá aspirar a libertad y prosperidad para los latinoamericanos del siglo XXI.

101 años de Panamá América

 
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