¿Una nueva Teología de la Liberación?
La vieja izquierda está renaciendo con muchos bríos en América Latina, pero casi nadie se preocupa. En Brasil gobierna el socialista y anticapitalista Luiz "Lula" da Silva, quien inició su mandato con una fiesta donde sus principales invitados fueron Fidel Castro y Hugo Chávez.
En Venezuela, el presidente Chávez utiliza sus frecuentes e interminables discursos en cadena de radio y televisión para amenazar a "terroristas" y "traidores", términos que utiliza para referirse a la oposición. La violencia es constante en las calles de Caracas y la confrontación política le ha dado un severo golpe a la economía, a la vez que el gobierno desmantela a PDVSA, la empresa estatal petrolera, con el despido de más de la mitad de sus técnicos, gerente e ingenieros. En Ecuador, el presidente Lucio Gutiérrez, coronel golpista igual que Chávez, promete utilizar el poder estatal para redistribuir la riqueza, mientras los robos y el crimen van en aumento en un país tradicionalmente pacífico.
América Latina parece estar regresando a los años 80, cuando una deformada versión del Evangelio se utilizaba en la agenda política redistribucionista y violenta, utilizando el antiamericanismo para alcanzar y consolidar el poder. En los "80, durante la popularidad de la Teología de la Liberación, ese movimiento religioso y los intelectuales recibían apoyo de la Unión Soviética en su llamado a la revolución contra el capitalismo y la expropiación de los expropiadores. Entonces el Papa Juan Pablo II inició una campaña contra esa desviación teológica y confrontó a quienes trataban de utilizar la religión con fines políticos y para lograr el poder. Hoy notamos ciertas diferencias. La consigna es redistribución más que revolución y el resentimiento está siendo dirigido contra el comercio internacional -la globalización- más que contra los empresarios locales. Esta nueva teología es más populista y nacionalista que comunista y apunta al control de las industrias y del bienestar más que concentrarse en el saqueo y la expropiación. Y como tienden a ser conflictos locales, el resto del mundo no le presta mucha atención a América Latina.
El peligro es ahora mayor porque afectará aún más el nivel de vida de los latinoamericanos. Está claro que la redistribución de la riqueza, la centralización del poder y la expropiación no aumenta el nivel de vida de la gente. Eso sólo se consigue bajo una economía abierta de mercado, respeto a la propiedad privada que promueve el ahorro y la inversión, a la vez que monedas duras y confiables. Los nuevos gobiernos de izquierda en América Latina sólo están logrando empobrecer más a la población, fomentando la emigración y la dependencia. Ninguna economía ha logrado jamás crecer con estatismo sino con libertad individual. El desastre argentino es otra muestra del fracaso de la politiquería estatista que promueve el colectivismo y la centralización de las decisiones en manos de políticos y gobernantes.
Es importante que Washington se dé cuenta del alcance de este nuevo resurgimiento de la izquierda latinoamericana. La mejor prescripción no es la intervención sino fomentar la apertura y el libre comercio. Pero primero, la clase política de EU debe comprender las amenazas a la democracia y a la libertad que esta nueva ola izquierdista significa para todo el hemisferio.
* Sacerdote, presidente del Instituto Acton para el Estudio de la Religión y la Libertad. (c)
www.aipenet.com
En Venezuela, el presidente Chávez utiliza sus frecuentes e interminables discursos en cadena de radio y televisión para amenazar a "terroristas" y "traidores", términos que utiliza para referirse a la oposición. La violencia es constante en las calles de Caracas y la confrontación política le ha dado un severo golpe a la economía, a la vez que el gobierno desmantela a PDVSA, la empresa estatal petrolera, con el despido de más de la mitad de sus técnicos, gerente e ingenieros. En Ecuador, el presidente Lucio Gutiérrez, coronel golpista igual que Chávez, promete utilizar el poder estatal para redistribuir la riqueza, mientras los robos y el crimen van en aumento en un país tradicionalmente pacífico.
América Latina parece estar regresando a los años 80, cuando una deformada versión del Evangelio se utilizaba en la agenda política redistribucionista y violenta, utilizando el antiamericanismo para alcanzar y consolidar el poder. En los "80, durante la popularidad de la Teología de la Liberación, ese movimiento religioso y los intelectuales recibían apoyo de la Unión Soviética en su llamado a la revolución contra el capitalismo y la expropiación de los expropiadores. Entonces el Papa Juan Pablo II inició una campaña contra esa desviación teológica y confrontó a quienes trataban de utilizar la religión con fines políticos y para lograr el poder. Hoy notamos ciertas diferencias. La consigna es redistribución más que revolución y el resentimiento está siendo dirigido contra el comercio internacional -la globalización- más que contra los empresarios locales. Esta nueva teología es más populista y nacionalista que comunista y apunta al control de las industrias y del bienestar más que concentrarse en el saqueo y la expropiación. Y como tienden a ser conflictos locales, el resto del mundo no le presta mucha atención a América Latina.
El peligro es ahora mayor porque afectará aún más el nivel de vida de los latinoamericanos. Está claro que la redistribución de la riqueza, la centralización del poder y la expropiación no aumenta el nivel de vida de la gente. Eso sólo se consigue bajo una economía abierta de mercado, respeto a la propiedad privada que promueve el ahorro y la inversión, a la vez que monedas duras y confiables. Los nuevos gobiernos de izquierda en América Latina sólo están logrando empobrecer más a la población, fomentando la emigración y la dependencia. Ninguna economía ha logrado jamás crecer con estatismo sino con libertad individual. El desastre argentino es otra muestra del fracaso de la politiquería estatista que promueve el colectivismo y la centralización de las decisiones en manos de políticos y gobernantes.
Es importante que Washington se dé cuenta del alcance de este nuevo resurgimiento de la izquierda latinoamericana. La mejor prescripción no es la intervención sino fomentar la apertura y el libre comercio. Pero primero, la clase política de EU debe comprender las amenazas a la democracia y a la libertad que esta nueva ola izquierdista significa para todo el hemisferio.
* Sacerdote, presidente del Instituto Acton para el Estudio de la Religión y la Libertad. (c)
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