Una opción extravagante y peligrosa
Los brutales acontecimientos recién ocurridos en Darién hacen recordar que la agresión a los pobladores de Púcaro y Paya fue la cuarta de su tipo que las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC) han cometido, en poco más de dos años. Que en este período la impunidad de los paramilitares colombianos se incrementó luego de que las guarniciones de la policía panameña abandonaron el área, dejándola convertirse en tierra de nadie. Y, además, que esos sáhilas y sus auxiliares fueron asesinados porque se negaron a que sus comunidades tuvieran que abandonar la zona, que los kunas consideran su lugar sagrado de origen.
Incursiones de irregulares colombianos también suceden en las regiones limítrofes con Ecuador, Perú, Venezuela y Brasil. Sin embargo, estos países disponen de ejércitos nacionales para custodiar sus respectivas fronteras y proteger a sus pobladores.
Así, pues, la región darienita no sólo está abierta a esos merodeadores, sino también al tráfico de armas, cocaína y migrantes. Al noreste de la frontera darienita queda, precisamente, la zona de Urabá -cuna del paramilitarismo colombiano-, reputada como uno de los corredores por donde la cocaína sale al Caribe. Al sureste, la región de Juradó, de donde viene la mayor parte de la pobre gente que huye de las zonas de combate aledañas, sobre la costa del Pacífico.
A lo largo de la frontera hay poca actividad guerrillera, pues la región es intrincada y escasamente poblada, y en ella no hay objetivos de importancia. Pequeños grupos de las FARC ocasionalmente cruzan en busca de descanso temporal o de algún alimento que comprarle a los indígenas. En esos parajes, a veces ellos son el único mercado al que los lugareños le puedan vender unos plátanos. A su vez, las AUC incursionan para aterrorizar a la población y aislar a la guerrilla, desalojando el territorio. Por su parte, el gobierno panameño ha evadido ocuparse de proteger a sus habitantes, probablemente porque esa provincia tiene escasa importancia electoral.
Los efectos transfronterizos de la violencia colombiana son cada día mayores, lo que la política contrainsurgente del actual gobierno colombiano tiende a agravar. Aparte de que Bogotá ha perdido el control de extensas porciones de su país, las autoridades colombianas tradicionalmente han procurado envolver en su conflicto a las fuerzas armadas de sus vecinos. Como señaló un observador de las pasadas negociaciones de paz, Bogotá procura llevar a cabo su guerra con los ejércitos de los demás. El Plan Colombia refleja esa concepción y la llamada Iniciativa Andina la amplía a todo el vecindario.
Por eso los reclamos panameños de que las autoridades colombianas pongan orden en su lado de la frontera han sido inútiles. Bogotá piensa que si Panamá no tiene ejército, bien puede pedir el retorno de las tropas norteamericanas. Esto es, convertirse en una plataforma auxiliar del Plan Colombia y de su ampliación Andina. Sin embargo, involucrar al vecino no es una forma de terminar la guerra, sino de extenderla.
Así las cosas, si esta vez el gobierno colombiano hace efectiva la promesa de instalar 15 puntos de vigilancia militar de su lado de la frontera, ello será un progreso, luego de sus anteriores incumplimientos. No obstante, si esto viene acompañado de cualquier forma de patrullaje "conjunto" con la policía panameña, sólo tendremos una peligrosa muestra de torpeza e insensibilidad de nuestras autoridades. ¿De qué lado de la frontera quieren hacerlo, con soldados extranjeros en suelo istmeño, o con humildes policías panameños en territorio colombiano? ¿Por qué poner a nuestros policías junto a soldados colombianos que están bajo el fuego de sus enemigos?
Debe quedar claro que el objetivo de nuestra Fuerza Pública no es combatir a los irregulares colombianos, sino proteger la vida, honra y bienes de las poblaciones panameñas. En ese contexto, Panamá debe cerrar el corredor de tráficos ilícitos que por aquí pasa de ida y vuelta a Colombia, pero no asumir tareas que competen exclusivamente a las autoridades de ese país, puesto que no somos ni queremos ser parte de ese conflicto.
Reclamar que la parte colombiana cumpla su deber es correcto, pero eso no tiene por qué enredarse con imprudencias panameñas. En últimas fechas, el presidente Álvaro Uribe ha ido bastante más allá de la pretensión de involucrar a las fuerzas armadas de sus vecinos.
En el discurso que leyó en Davos, demandó que su país reciba un tratamiento similar al de Irak, solicitando que enseguida de esa próxima guerra las fuerzas atacantes se trasladen a Colombia.
Así, mientras gran parte del mundo procura evitar la hecatombe, Uribe pide que se la lleven a domicilio. No en balde el ex canciller colombiano Augusto Ramírez Ocampo -quien participó en el Grupo de Contadora, fue mediador en El Salvador y aboga por la solución negociada del conflicto colombiano- tildó esa peligrosa ocurrencia de "desafortunada" y "extravagante".
Igualmente lo sería comprometer a policías y territorio panameños en cualquier género de aventuras "conjuntas".
Hace cien años uno de los propósitos de nuestros próceres fue alejar a Panamá de las guerras civiles colombianas. Espero que las frivolidades de nuestro actual gobierno no lo lleven a celebrar el Centenario volviéndonos a involucrar en ellas.
Juvencio es de esos educadores que tienen en sus venas las ganas de enseñar, prueba de ello es que si se le ofreciera volver a trabajar en lugares apartados donde ya ha estado, lo haría con toda satisfacción.
Su trabajo no se limita a simplemente enseñarle a sus alumnos, Juvencio trabaja junto a la comunidad y si es necesaria su ayuda para arreglar un camino, él está allí para tender una mano. De echo esto fue lo que lo ayudó a ser seleccionado para asistir al seminario, el reconocimiento de los padres de familia por la labor que realiza.
De la comunidad donde trabaja a donde es originario le toman cinco horas, en las que se transporta una parte en carro, cruza un río y camina hora y media, por lo que solo viaja a su casa cada quince días.
Felicita Smith
Escuela Cochigró
Corregimiento de Changuinola
Provincia de Bocas del Toro
"Mi carrera es algo que aprecio mucho", destacó Felicita quien heredó de su difunta madre la vocación de maestra. Para ella, con el seminario se les permitió actualizar sus conocimientos, pero sumado a ello se les tomó muy en cuenta aspectos de sus propias vidas, ayudándolos a encontrarse a sí mismos con los módulos de ética y relaciones humanas.
Felicita tiene 25 años y desde los 20 años labora como maestra en el mismo sector, es originaria de Bocas del Toro y posee mucha personalidad. Una joven que proyecta mucha madurez. La comunidad donde trabaja es indígena, no tiene agua potable ni luz eléctrica, solo el ambiente natural que los rodea.
Para estar diariamente en la escuela tiene que permanecer en la comunidad, por lo que sólo viaja los viernes. Su recorrido inicia en taxi, luego toma en bus, al llegar al Puerto de Changuinola toma una lancha, en total son tres horas en el camino.
Aunque no es mucho la distancia que recorre, el problema más grande es que no todo el tiempo hay transporte para el lugar y que le facilite el viaje más continuamente. Cuando el río crece durante la época de lluvias, es intransitable por lo que no se puede salir de la comunidad.
A pesar que ya ha puesto su vida en peligro en los recorridos hasta su lugar de trabajo, para ella la experiencia es muy bonita, pues comparte con niños y eso le llena de mucha satisfacción.
Aunque se crió en un hogar humilde, esta joven maestra sabe que con su trabajo puede ayudar a muchos niños que no tienen nada. Felicita le da clases a unos 28 niños de segundo y sexto grado.
Incursiones de irregulares colombianos también suceden en las regiones limítrofes con Ecuador, Perú, Venezuela y Brasil. Sin embargo, estos países disponen de ejércitos nacionales para custodiar sus respectivas fronteras y proteger a sus pobladores.
Así, pues, la región darienita no sólo está abierta a esos merodeadores, sino también al tráfico de armas, cocaína y migrantes. Al noreste de la frontera darienita queda, precisamente, la zona de Urabá -cuna del paramilitarismo colombiano-, reputada como uno de los corredores por donde la cocaína sale al Caribe. Al sureste, la región de Juradó, de donde viene la mayor parte de la pobre gente que huye de las zonas de combate aledañas, sobre la costa del Pacífico.
A lo largo de la frontera hay poca actividad guerrillera, pues la región es intrincada y escasamente poblada, y en ella no hay objetivos de importancia. Pequeños grupos de las FARC ocasionalmente cruzan en busca de descanso temporal o de algún alimento que comprarle a los indígenas. En esos parajes, a veces ellos son el único mercado al que los lugareños le puedan vender unos plátanos. A su vez, las AUC incursionan para aterrorizar a la población y aislar a la guerrilla, desalojando el territorio. Por su parte, el gobierno panameño ha evadido ocuparse de proteger a sus habitantes, probablemente porque esa provincia tiene escasa importancia electoral.
Los efectos transfronterizos de la violencia colombiana son cada día mayores, lo que la política contrainsurgente del actual gobierno colombiano tiende a agravar. Aparte de que Bogotá ha perdido el control de extensas porciones de su país, las autoridades colombianas tradicionalmente han procurado envolver en su conflicto a las fuerzas armadas de sus vecinos. Como señaló un observador de las pasadas negociaciones de paz, Bogotá procura llevar a cabo su guerra con los ejércitos de los demás. El Plan Colombia refleja esa concepción y la llamada Iniciativa Andina la amplía a todo el vecindario.
Por eso los reclamos panameños de que las autoridades colombianas pongan orden en su lado de la frontera han sido inútiles. Bogotá piensa que si Panamá no tiene ejército, bien puede pedir el retorno de las tropas norteamericanas. Esto es, convertirse en una plataforma auxiliar del Plan Colombia y de su ampliación Andina. Sin embargo, involucrar al vecino no es una forma de terminar la guerra, sino de extenderla.
Así las cosas, si esta vez el gobierno colombiano hace efectiva la promesa de instalar 15 puntos de vigilancia militar de su lado de la frontera, ello será un progreso, luego de sus anteriores incumplimientos. No obstante, si esto viene acompañado de cualquier forma de patrullaje "conjunto" con la policía panameña, sólo tendremos una peligrosa muestra de torpeza e insensibilidad de nuestras autoridades. ¿De qué lado de la frontera quieren hacerlo, con soldados extranjeros en suelo istmeño, o con humildes policías panameños en territorio colombiano? ¿Por qué poner a nuestros policías junto a soldados colombianos que están bajo el fuego de sus enemigos?
Debe quedar claro que el objetivo de nuestra Fuerza Pública no es combatir a los irregulares colombianos, sino proteger la vida, honra y bienes de las poblaciones panameñas. En ese contexto, Panamá debe cerrar el corredor de tráficos ilícitos que por aquí pasa de ida y vuelta a Colombia, pero no asumir tareas que competen exclusivamente a las autoridades de ese país, puesto que no somos ni queremos ser parte de ese conflicto.
Reclamar que la parte colombiana cumpla su deber es correcto, pero eso no tiene por qué enredarse con imprudencias panameñas. En últimas fechas, el presidente Álvaro Uribe ha ido bastante más allá de la pretensión de involucrar a las fuerzas armadas de sus vecinos.
En el discurso que leyó en Davos, demandó que su país reciba un tratamiento similar al de Irak, solicitando que enseguida de esa próxima guerra las fuerzas atacantes se trasladen a Colombia.
Así, mientras gran parte del mundo procura evitar la hecatombe, Uribe pide que se la lleven a domicilio. No en balde el ex canciller colombiano Augusto Ramírez Ocampo -quien participó en el Grupo de Contadora, fue mediador en El Salvador y aboga por la solución negociada del conflicto colombiano- tildó esa peligrosa ocurrencia de "desafortunada" y "extravagante".
Igualmente lo sería comprometer a policías y territorio panameños en cualquier género de aventuras "conjuntas".
Hace cien años uno de los propósitos de nuestros próceres fue alejar a Panamá de las guerras civiles colombianas. Espero que las frivolidades de nuestro actual gobierno no lo lleven a celebrar el Centenario volviéndonos a involucrar en ellas.
Juvencio es de esos educadores que tienen en sus venas las ganas de enseñar, prueba de ello es que si se le ofreciera volver a trabajar en lugares apartados donde ya ha estado, lo haría con toda satisfacción.
Su trabajo no se limita a simplemente enseñarle a sus alumnos, Juvencio trabaja junto a la comunidad y si es necesaria su ayuda para arreglar un camino, él está allí para tender una mano. De echo esto fue lo que lo ayudó a ser seleccionado para asistir al seminario, el reconocimiento de los padres de familia por la labor que realiza.
De la comunidad donde trabaja a donde es originario le toman cinco horas, en las que se transporta una parte en carro, cruza un río y camina hora y media, por lo que solo viaja a su casa cada quince días.
Felicita Smith
Escuela Cochigró
Corregimiento de Changuinola
Provincia de Bocas del Toro
"Mi carrera es algo que aprecio mucho", destacó Felicita quien heredó de su difunta madre la vocación de maestra. Para ella, con el seminario se les permitió actualizar sus conocimientos, pero sumado a ello se les tomó muy en cuenta aspectos de sus propias vidas, ayudándolos a encontrarse a sí mismos con los módulos de ética y relaciones humanas.
Felicita tiene 25 años y desde los 20 años labora como maestra en el mismo sector, es originaria de Bocas del Toro y posee mucha personalidad. Una joven que proyecta mucha madurez. La comunidad donde trabaja es indígena, no tiene agua potable ni luz eléctrica, solo el ambiente natural que los rodea.
Para estar diariamente en la escuela tiene que permanecer en la comunidad, por lo que sólo viaja los viernes. Su recorrido inicia en taxi, luego toma en bus, al llegar al Puerto de Changuinola toma una lancha, en total son tres horas en el camino.
Aunque no es mucho la distancia que recorre, el problema más grande es que no todo el tiempo hay transporte para el lugar y que le facilite el viaje más continuamente. Cuando el río crece durante la época de lluvias, es intransitable por lo que no se puede salir de la comunidad.
A pesar que ya ha puesto su vida en peligro en los recorridos hasta su lugar de trabajo, para ella la experiencia es muy bonita, pues comparte con niños y eso le llena de mucha satisfacción.
Aunque se crió en un hogar humilde, esta joven maestra sabe que con su trabajo puede ayudar a muchos niños que no tienen nada. Felicita le da clases a unos 28 niños de segundo y sexto grado.