Una retórica ruinosa
La crisis entre Washington y Pyongyang, y la subsecuente paralización de las reformas en Corea del Norte, son efectos de las reacciones que la administración Bush desató tras el fatídico 11 de Septiembre. Poco antes, Kim Jong Il -hijo y sucesor de Kim Il Sung- había reiterado la intención norcoreana de emprender reformas similares a las realizadas por China. En ese contexto, se reanudó promisoriamente el diálogo entre las dos Corea, anticipándose la rehabilitación del ferrocarril que antes las unió, para vincular ambas economías. Esa perspectiva entusiasmaba a las empresas surcoreanas y japonesas, que veían abrirse un horizonte adicional de negocios.
Las reacciones norteamericanas dispararon la histeria que, entre otras cosas, ha permitido justificar la devastadora guerra de Afganistán -que aún prosigue- y la segunda guerra de Irak, que está por iniciarse. Para instrumentar esa política se ideó el supuesto de que ciertas naciones extranjeras constituyen un “eje del mal” que respalda el terrorismo antiamericano.
Ya que el terrorismo es un fantasma difícil de ubicar, fue más cómodo poner bajo la mira a naciones y gobiernos más fáciles de golpear.
Concebido inicialmente para excusar la nueva guerra irakí -la que en realidad se debe a otros motivos-, a ese guión pronto le agregaron a Irán y luego a Corea del Norte, sin importar que los regímenes de Bagdad y Teherán son enemigos entre sí y que Pyongyang poco tiene que ver con ellos.
Desde el gobierno de Bill Clinton, la estabilización de las relaciones entre Estados Unidos y Corea del Norte, y la normalización de las relaciones ínter coreanas, se canalizaron a través de los acuerdos de 1994. Por ese medio, Pyongyang se comprometió a clausurar su planta nuclear a cambio de que un consorcio integrado por Estados Unidos, Corea del Sur y Japón le suministrase petróleo y equipo para construir plantas electronucleares de agua ligera, no convertibles para utilización militar.
Pero, encabalgado en la retórica de dicho “eje del mal”, en poco tiempo el presidente Bush declaró “detestar” a Kim Jong Il, criticó la política de acercamientos ínter coreanos del presidente surcoreano Kim Dae Jung -Premio Nóbel de la Paz-, detuvo el diálogo con Norcorea, y descartó tanto enviarle petróleo como entregar los reactores nucleares. Por añadidura, el Secretario de Defensa, Donald Runsfeld, enumeró a ese país entre aquellos que pudieran ser blanco de un “ataque nuclear preventivo”.
Pero la criada salió respondona. Mientras Teherán aguarda en tensa espera y Bagdad abrió sus puertas a la inspección internacional, Pyongyang eligió el camino opuesto. Anunció la reapertura de la planta electronuclear, retiró los inspectores y equipos que la vigilaban, y se movilizó para el enfrentamiento bélico, denunciando amenazas militares norteamericanas -hay unos 37 mil soldados estadounidenses en Corea del Sur-, exigiendo un diálogo directo con Estados Unidos con el objetivo de suscribir un compromiso de seguridad. Mientras desarrolla conversaciones con China, Rusia y Japón, y mantiene el diálogo con Surcorea, insiste en que esta crisis es un problema bilateral con Washington, que no se resolverá mediante terceros, ni negociándolo en grupo.
Pyongyang pareciera cifrar la oportunidad de su conducta en dos perspectivas. Una, el interés que los gobiernos de Corea del Sur y Japón tienen en la apertura norcoreana, en la cual sus empresas tendrían una participación muy relevante. Sobre todo luego de los éxitos obtenidos en China, una potencia vecina que, por su parte, ve con complacencia esa posibilidad (la que, sin embargo, requiere un entorno de paz y seguridad). Otra, que Washington se ha encasillado en un esfuerzo político, militar, financiero y diplomático que ansía justificar la segunda guerra de Irak, lo que le resta flexibilidad de maniobra. Aunque sí tiene potencial bélico para comprometerse en dos guerras a la vez, no tiene capacidad para ganar la debida aceptación pública ni para una siquiera.
En ese contexto y en contraste con Runsfeld, el canciller Collin Powell aún repite que, a diferencia del caso irakí, la controversia con Corea del Norte puede tener solución diplomática. Sin embargo, para ello debe comprenderse que una reforma como las realizadas por China y Vietnam es deseable para todos los coreanos y todos sus vecinos, pero que quien lo obstruye ya no es el régimen de Pyongyang -que la necesita- , sino la ruinosa retórica de la Casa Blanca.
Las reacciones norteamericanas dispararon la histeria que, entre otras cosas, ha permitido justificar la devastadora guerra de Afganistán -que aún prosigue- y la segunda guerra de Irak, que está por iniciarse. Para instrumentar esa política se ideó el supuesto de que ciertas naciones extranjeras constituyen un “eje del mal” que respalda el terrorismo antiamericano.
Ya que el terrorismo es un fantasma difícil de ubicar, fue más cómodo poner bajo la mira a naciones y gobiernos más fáciles de golpear.
Concebido inicialmente para excusar la nueva guerra irakí -la que en realidad se debe a otros motivos-, a ese guión pronto le agregaron a Irán y luego a Corea del Norte, sin importar que los regímenes de Bagdad y Teherán son enemigos entre sí y que Pyongyang poco tiene que ver con ellos.
Desde el gobierno de Bill Clinton, la estabilización de las relaciones entre Estados Unidos y Corea del Norte, y la normalización de las relaciones ínter coreanas, se canalizaron a través de los acuerdos de 1994. Por ese medio, Pyongyang se comprometió a clausurar su planta nuclear a cambio de que un consorcio integrado por Estados Unidos, Corea del Sur y Japón le suministrase petróleo y equipo para construir plantas electronucleares de agua ligera, no convertibles para utilización militar.
Pero, encabalgado en la retórica de dicho “eje del mal”, en poco tiempo el presidente Bush declaró “detestar” a Kim Jong Il, criticó la política de acercamientos ínter coreanos del presidente surcoreano Kim Dae Jung -Premio Nóbel de la Paz-, detuvo el diálogo con Norcorea, y descartó tanto enviarle petróleo como entregar los reactores nucleares. Por añadidura, el Secretario de Defensa, Donald Runsfeld, enumeró a ese país entre aquellos que pudieran ser blanco de un “ataque nuclear preventivo”.
Pero la criada salió respondona. Mientras Teherán aguarda en tensa espera y Bagdad abrió sus puertas a la inspección internacional, Pyongyang eligió el camino opuesto. Anunció la reapertura de la planta electronuclear, retiró los inspectores y equipos que la vigilaban, y se movilizó para el enfrentamiento bélico, denunciando amenazas militares norteamericanas -hay unos 37 mil soldados estadounidenses en Corea del Sur-, exigiendo un diálogo directo con Estados Unidos con el objetivo de suscribir un compromiso de seguridad. Mientras desarrolla conversaciones con China, Rusia y Japón, y mantiene el diálogo con Surcorea, insiste en que esta crisis es un problema bilateral con Washington, que no se resolverá mediante terceros, ni negociándolo en grupo.
Pyongyang pareciera cifrar la oportunidad de su conducta en dos perspectivas. Una, el interés que los gobiernos de Corea del Sur y Japón tienen en la apertura norcoreana, en la cual sus empresas tendrían una participación muy relevante. Sobre todo luego de los éxitos obtenidos en China, una potencia vecina que, por su parte, ve con complacencia esa posibilidad (la que, sin embargo, requiere un entorno de paz y seguridad). Otra, que Washington se ha encasillado en un esfuerzo político, militar, financiero y diplomático que ansía justificar la segunda guerra de Irak, lo que le resta flexibilidad de maniobra. Aunque sí tiene potencial bélico para comprometerse en dos guerras a la vez, no tiene capacidad para ganar la debida aceptación pública ni para una siquiera.
En ese contexto y en contraste con Runsfeld, el canciller Collin Powell aún repite que, a diferencia del caso irakí, la controversia con Corea del Norte puede tener solución diplomática. Sin embargo, para ello debe comprenderse que una reforma como las realizadas por China y Vietnam es deseable para todos los coreanos y todos sus vecinos, pero que quien lo obstruye ya no es el régimen de Pyongyang -que la necesita- , sino la ruinosa retórica de la Casa Blanca.