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Una rosa roja


Un 14 de febrero, hace muchos años, recibí por manos de mi hija Pitu, una radiante rosa roja, por encargo de Chito, mi esposo, quien en esa fecha se encontraba en Caracas, Venezuela. El mensaje fue: "te amaré hasta el más allá". Chito, durante más de medio siglo festejaba el amor, lo transmitía, lo practicaba y hasta lo contagiaba. Jamás se acordó que el14 de febrero cumplía años, y se sorprendía cuando empezaban a llegarle regalos, tarjetas y llamadas telefónicas.
En fecha parecida quiero compartir mis reflexiones con mis lectores. Dejaré a un lado la basura que nos ahoga y el eco desesperado de los que han perdido su trabajo. Hablaré sobre el amor, ese que conozco de cerca, que he vivido y disfruto. Produce una felicidad interior que se proyecta fácilmente, porque es paciente y tolerante. Cuando se ejercita a plenitud, no sólo se desarrolla con la persona amada sino con el resto de sus semejantes. Erich Fromm decía: "Te amo, debo poder decir: Amo a todos en ti, a través de ti, amo al mundo". Lo bello del caso es que este pensamiento llegó a mí por Chito. De él lo aprendí y por él lo practiqué. El nunca leyó el "Arte de Amar". Sencillamente su corazón refinado y enaltecido por circunstancias familiares lo dotaron de ese don preciado.
Nuestra relación se extiende por más de medio siglo y, afortunadamente, mi memoria en un retroceso permanente percibe y goza de innumerables detalles tan preciosos como una rosa roja con pocas espinas y mucha fragancia. Recuerdo que jamás nos acostamos disgustados uno con el otro. Siempre hacíamos las paces antes de dormir; el besaba mi anillo de matrimonio y yo el suyo. Recuerdo cómo aprendí a compartir sus gustos como el boxeo, y él los míos como la música instrumental. Yo grababa, y aunque fuera las dos de la mañana cuando yo hacía la reproducción, bailábamos abrazaditos uno del otro. Los almuerzos fuera de casa con nuestros hijos eran frecuentes, lo mismo los paseos a la playa y las reuniones familiares para tomar decisiones. Cualquier día era bueno para que Chito me regalara una prenda. No necesitábamos ocasión especial, para tomar una copa de un buen vino; y como trabajábamos en la misma rama, nos sobraba tema de conversación, además de asuntos de la política que siempre fue su delirio.
Dimos charlas sobre el amor y la espiritualidad conyugal por más de diez años y esa experiencia robusteció nuestro amor. Por cosas del destino trabajamos juntos en la misma empresa hasta jubilarnos. ¿Destino? No, queridos lectores, si fue ahí donde lo conocí, nuestro camino estuvo trazado por algo superior.
Que si lo quiero...No...¡lo amo! A través del tiempo ha ido creciendo y mucho más ahora que él me necesita tanto. Conoce mi voz; sus ojos hablan por él; me sonríe y hasta puede besarme. Me he acostumbrado a sus crisis, pero también a la idea de que ambos nos querremos hasta el más allá. Tengo el recuerdo, el dulce recuerdo de una rosa roja que jamás se ha marchitado en mi corazón.

101 años de Panamá América

 
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