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Una tragedia llamada Valero


Sus puños al hacer en el cuerpo del contrario, según decían los expertos, eran como mazo que rompe la roca. Eran golpes demoledores. Todas sus peleas las ganó por la vía rápida. No tuvo contendor, en toda su carrera, que le hubiere ganado. Se hizo campeón del mundo en su peso o categoría. Ganó al conocido “Loco Mosquera” a quien también noqueó. Pero hubo una pelea que no pudo ganar: con sus propias pasiones, sus propias emociones, con sus luchas internas. Al parecer, a éstas, sus poderosos puños para nada sirvieron. Los propios enemigos del alma: celos, contiendas espirituales, envidias, amarguras de espíritu, odios, frustraciones adquiridas desde la infancia, traumas, decepciones, en fin. Todas ellas fueron aniquilando su alma, atosigando su espíritu. El mundo lo admiraba y se decía que era el hombre que podía pelear e inclusive quitarle el apodo de “súper many”” al boxeador filipino.

Emilio Mira y López escribió sobre esos gigantes del alma. Son poderosos, doblegan a los que se llaman fuertes; atosigan el alma de los que se creen invencibles en sus convicciones e ideas; demonizan los espíritus y terminan dando cuentas fatales de ellos. Todo esto pudo haber acontecido con Edwin Valero, el famoso campeón de boxeo venezolano. Ultrajó con fuertes golpes a su madre, su progenitora; atentó, primeramente, contra la vida de su esposa, la madre de sus hijitos; luego, a pocos días de estos acontecimientos lamentables, mata brutalmente a su esposa y no pudiendo ya con la carga de la maldad en su alma, en sus espíritu, se vuelca y rebela en contra de su propia mala existencia: se quitó la vida.

La noticia corrió, inmediatamente, por doquier. Se enteró el mundo entero. Causó rubor, pánico, tristeza. Dos infantes que quedan sin padre ni madre. La fortuna no pudo auxiliar a Valero; sus asesores legales tampoco, menos la psiquiatría pudo hacer nada por el campeón.

La lección está clara: tenemos que controlar la cabeza, sus pensamientos e ideas. No podemos permitir que aniden en ella los malos pensamientos, las bajas pasiones, las ideas criminosas. Permitirlo es dar calidez a las cosas malas. Nadie, por cuenta propia tiene poder para enfrentar el mal. Solamente cuando la mente es ocupada por ideas sanas, buenas, propósitos nobles y altruistas, y hay un corazón quieto ante la presencia de Dios, llegando a Cristo, es que podemos entonces, con toda fortaleza, luchar en contra del mal, del pecado, de las tentaciones. Creo, firmemente, en lo que dicen las Sagradas Escrituras: “Todo lo puedo en Cristo que me fortalece” (Filipenses 4:13). En medio de un mundo abatido por el poco importa hacia sí mismo y hacia los demás, la fe es la alternativa a la salvación de la humanidad. No la fe en el dinero, no la fe en la fuerza, sino la que se fija en Dios. Dios salve a la Patria.

101 años de Panamá América

 
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