Uruguay: Tiempos cruciales
Montevideo (AIPE) - A partir de los comicios del 28 de noviembre se abrió una secuencia de tiempos trascendentales, cuyo manejo se cuenta entre las principales responsabilidades del presidente electo. "Todo tiene su tiempo", dice el Eclesiastés, "y todo cuanto se hace bajo el sol tiene su hora. Hay tiempo de nacer y tiempo de morir; tiempo de sembrar y tiempo de cosechar; tiempo de herir y tiempo de curar; tiempo de destruir y tiempo de edificar; tiempo de llorar y tiempo de reír..." En política hay tiempo de votar y tiempo de celebrar; tiempo de reconocer la común raíz con el rival y tiempo de marcar diferencias; tiempo de hablar y tiempo de actuar; tiempo de imitar y tiempo de innovar. Lo que no hay, en política, es tiempo que perder. Máxime en nuestra política, con su acuciante actualidad. Sobre todo en el quinquenio que se abre ante nosotros, pleno de posibilidades y rebosante de amenazas. A cuyo fin el drama que acabamos de vivir va a repetirse con potenciada intensidad. Y tras cuyo desenlace habremos emergido con nuestra vieja vitalidad restaurada, y una vocación de libertad y prosperidad que sólo reclame nuestro esfuerzo lúcido y tenaz, o nos habremos internado por el camino de servidumbre y de miseria que a tantos hemos visto recorrer trágicamente en la centuria que se cierra.
Lo que hay que destacar es la singularidad del tiempo en que vivimos. Se están completando tres lustros de régimen constitucional, tras el paréntesis dictatorial. En el curso de los tres períodos presidenciales que ello abarca, hemos asestado un golpe decisivo a la inflación, y hemos introducido un cambio bienvenido, aunque parcial ("a la uruguaya"), en el sistema previsional; pero sorprendentemente poco más. La economía se ha reinstalado en una senda de crecimiento razonable, incapaz, sin embargo, de disipar la atmósfera deprimente que suscitó un estancamiento como el que padecimos entre mediados de las décadas de los 1950 y 1970. Presuntamente, una de las parálisis económicas más crueles y prolongadas que conozca la historia del mundo. Plasmada, a todas luces, por un estatismo desmelenado, movido por un voluntarismo pueril. Entramos en esa fase de frustración colosal siendo un país que probablemente se sobreestimaba ("como el Uruguay no hay") y salimos convertidos en un país que seguramente se subestima ("estamos cada vez peor"). Un país que ha dejado de creer en sí mismo, que se siente encadenado a un destino de mediocridad. Un país del que se vuelve atractivo escapar. La ruta de huida elegida por los más apunta hacia Utopía.
En su libro sobre el origen del totalitarismo, Hannah Arendt escribe sobre la vanidad del intento de escapar de la gris opresión del presente hacia la nostalgia de un pasado supuestamente intacto o hacia la ilusión de un futuro ideal. Pues bien, he ahí la bífida gestación de nuestra izquierda, mitad nostalgia, mitad utopismo. Agréguese la interpretación dominante que se transmite a los jóvenes, que es la vieja teoría conspirativa de la historia -tanto más fácil de enseñar que la dialéctica marxista, y tanto más complicada de refutar- y se alcanza la visión total de la marea radical que acaba de darnos un remojón mayúsculo y que en cinco años arriesga sumergirnos por completo.
En esto radica la singularidad del momento por el que atravesamos. No es cuestión, simplemente, de afianzar la estabilidad monetaria y reanudar un crecimiento de 3,5% cuando superemos la contracción regional. Se trata de proyectar en la imaginación de los uruguayos una nueva imagen de país, en la cual el quietismo sea suplantado por un dinamismo creíble. El gran desafío del nuevo período presidencial consiste en cambiar la imagen que los uruguayos tenemos de nuestro país. Por favor, no se me entienda mal. No se trata de implantar "un nuevo modelo de país". Siempre un concepto totalitario, ése es precisamente lo opuesto del que precisamos ahora. Se trata, por contraste, de que cada individuo, mejor, cada familia, pueda trazarse su propio plan de vida, que se vea a sí misma parte de un país en que ello es posible, un país abierto a la iniciativa de sus hijos, a su esfuerzo, a su voluntad de trabajo y de ahorro. Un país en que la vieja dependencia, ahora casi universal, del Estado, quede reservada a quienes no puedan valerse por sí mismos.
Un país, he dicho, caracterizado por un dinamismo creíble. Donde la pobreza sea, como regla general, un estado que quienes lo padezcan sientan como transitorio. Donde nadie piense que la estrechez del mercado vuelve inútil el redoblar esfuerzos, porque todos se sepan capaces de competir en el mundo entero. Un país dinámico. El Uruguay fue esa clase de país. El presidente Tajes, para explicar el notable crecimiento en medio de las luchas intestinas, en 1879 se refería a "la vitalidad prodigiosa de este país..., más poderosa que todos los desaciertos y extravíos de sus hijos". Y, casi 30 años antes, un preclaro argentino, Juan Bautista Alberdi, el autor de la Constitución de su país de 1853, señalaba que el nuestro, "con su Constitución expansiva y abierta hacia el extranjero, ha salvado su independencia por medio de su población extranjera, y camina a ser la California del Sud." De esa potencia, entre una variedad de indicadores posibles, tengo apenas espacio para citar uno: Eduardo Acevedo muestra cómo, en 1879, en materia de flujos comerciales por cabeza (exportaciones más importaciones), Uruguay supera a Argentina y a Chile por más del doble.
No se trata de volvernos más nostálgicos aún, por cierto, sino de inquirir qué hicimos mal, y cómo podemos reconquistar lo que fue nuestro. Sin duda toda investigación al respecto tendrá que arribar a la misma conclusión: el Uruguay trastabilla, y no puede avanzar de acuerdo con sus posibilidades, bajo el peso abrumador del Estado, y la carga insoportable de la burocracia. En un momento de su historia, el Uruguay hizo del Estado un mito, vio en él a un salvador, que sería tanto más eficaz cuanto más creciese. Y ese momento fue el principio del fin.
La dificultad está en ese mito, que nos esclaviza, y oculta de nuestra mirada lo obvio. El tiempo en que entramos es el tiempo de advertirlo, y de obrar. El mito se multiplica bajo la forma de un inmenso rebaño de vacas sagradas. Hay dos países en que las vacas sagradas entorpecen el movimiento de la población. Uno es la India, donde traban el tránsito vehicular; el otro es el Uruguay, donde lo que las vacas sagradas atascan es el tránsito de las ideas, y paralizan todo avance hacia la sensatez. Hemos vivido un tiempo en que los buenos gobiernos, como básicamente lo han sido los de los tres últimos quinquenios, se han creído en el deber de dejar a ese ganado pacer a sus anchas en todo el territorio nacional. ¿Habrá habido un tiempo en que ello realmente procediese? Si para todo bajo el sol hay un tiempo, como recordábamos que nos enseña el Eclesiastés, así tal vez haya sido. Pero si de algo estoy seguro, es de que ese tiempo ha terminado. Debe, después de todo, haber una hora para molestarlas, y ésa es sin duda la que hoy marcan nuestros relojes.
Lo que hay que destacar es la singularidad del tiempo en que vivimos. Se están completando tres lustros de régimen constitucional, tras el paréntesis dictatorial. En el curso de los tres períodos presidenciales que ello abarca, hemos asestado un golpe decisivo a la inflación, y hemos introducido un cambio bienvenido, aunque parcial ("a la uruguaya"), en el sistema previsional; pero sorprendentemente poco más. La economía se ha reinstalado en una senda de crecimiento razonable, incapaz, sin embargo, de disipar la atmósfera deprimente que suscitó un estancamiento como el que padecimos entre mediados de las décadas de los 1950 y 1970. Presuntamente, una de las parálisis económicas más crueles y prolongadas que conozca la historia del mundo. Plasmada, a todas luces, por un estatismo desmelenado, movido por un voluntarismo pueril. Entramos en esa fase de frustración colosal siendo un país que probablemente se sobreestimaba ("como el Uruguay no hay") y salimos convertidos en un país que seguramente se subestima ("estamos cada vez peor"). Un país que ha dejado de creer en sí mismo, que se siente encadenado a un destino de mediocridad. Un país del que se vuelve atractivo escapar. La ruta de huida elegida por los más apunta hacia Utopía.
En su libro sobre el origen del totalitarismo, Hannah Arendt escribe sobre la vanidad del intento de escapar de la gris opresión del presente hacia la nostalgia de un pasado supuestamente intacto o hacia la ilusión de un futuro ideal. Pues bien, he ahí la bífida gestación de nuestra izquierda, mitad nostalgia, mitad utopismo. Agréguese la interpretación dominante que se transmite a los jóvenes, que es la vieja teoría conspirativa de la historia -tanto más fácil de enseñar que la dialéctica marxista, y tanto más complicada de refutar- y se alcanza la visión total de la marea radical que acaba de darnos un remojón mayúsculo y que en cinco años arriesga sumergirnos por completo.
En esto radica la singularidad del momento por el que atravesamos. No es cuestión, simplemente, de afianzar la estabilidad monetaria y reanudar un crecimiento de 3,5% cuando superemos la contracción regional. Se trata de proyectar en la imaginación de los uruguayos una nueva imagen de país, en la cual el quietismo sea suplantado por un dinamismo creíble. El gran desafío del nuevo período presidencial consiste en cambiar la imagen que los uruguayos tenemos de nuestro país. Por favor, no se me entienda mal. No se trata de implantar "un nuevo modelo de país". Siempre un concepto totalitario, ése es precisamente lo opuesto del que precisamos ahora. Se trata, por contraste, de que cada individuo, mejor, cada familia, pueda trazarse su propio plan de vida, que se vea a sí misma parte de un país en que ello es posible, un país abierto a la iniciativa de sus hijos, a su esfuerzo, a su voluntad de trabajo y de ahorro. Un país en que la vieja dependencia, ahora casi universal, del Estado, quede reservada a quienes no puedan valerse por sí mismos.
Un país, he dicho, caracterizado por un dinamismo creíble. Donde la pobreza sea, como regla general, un estado que quienes lo padezcan sientan como transitorio. Donde nadie piense que la estrechez del mercado vuelve inútil el redoblar esfuerzos, porque todos se sepan capaces de competir en el mundo entero. Un país dinámico. El Uruguay fue esa clase de país. El presidente Tajes, para explicar el notable crecimiento en medio de las luchas intestinas, en 1879 se refería a "la vitalidad prodigiosa de este país..., más poderosa que todos los desaciertos y extravíos de sus hijos". Y, casi 30 años antes, un preclaro argentino, Juan Bautista Alberdi, el autor de la Constitución de su país de 1853, señalaba que el nuestro, "con su Constitución expansiva y abierta hacia el extranjero, ha salvado su independencia por medio de su población extranjera, y camina a ser la California del Sud." De esa potencia, entre una variedad de indicadores posibles, tengo apenas espacio para citar uno: Eduardo Acevedo muestra cómo, en 1879, en materia de flujos comerciales por cabeza (exportaciones más importaciones), Uruguay supera a Argentina y a Chile por más del doble.
No se trata de volvernos más nostálgicos aún, por cierto, sino de inquirir qué hicimos mal, y cómo podemos reconquistar lo que fue nuestro. Sin duda toda investigación al respecto tendrá que arribar a la misma conclusión: el Uruguay trastabilla, y no puede avanzar de acuerdo con sus posibilidades, bajo el peso abrumador del Estado, y la carga insoportable de la burocracia. En un momento de su historia, el Uruguay hizo del Estado un mito, vio en él a un salvador, que sería tanto más eficaz cuanto más creciese. Y ese momento fue el principio del fin.
La dificultad está en ese mito, que nos esclaviza, y oculta de nuestra mirada lo obvio. El tiempo en que entramos es el tiempo de advertirlo, y de obrar. El mito se multiplica bajo la forma de un inmenso rebaño de vacas sagradas. Hay dos países en que las vacas sagradas entorpecen el movimiento de la población. Uno es la India, donde traban el tránsito vehicular; el otro es el Uruguay, donde lo que las vacas sagradas atascan es el tránsito de las ideas, y paralizan todo avance hacia la sensatez. Hemos vivido un tiempo en que los buenos gobiernos, como básicamente lo han sido los de los tres últimos quinquenios, se han creído en el deber de dejar a ese ganado pacer a sus anchas en todo el territorio nacional. ¿Habrá habido un tiempo en que ello realmente procediese? Si para todo bajo el sol hay un tiempo, como recordábamos que nos enseña el Eclesiastés, así tal vez haya sido. Pero si de algo estoy seguro, es de que ese tiempo ha terminado. Debe, después de todo, haber una hora para molestarlas, y ésa es sin duda la que hoy marcan nuestros relojes.