Vallarino y los clubes cerrados
Lo que he escuchado sobre Alberto Vallarino podría resumirlo en una información de carácter dual: en lo intelectual y académico, una persona brillante, con índices sobresalientes desde la escuela secundaria, el cual logra, posteriormente, un diploma profesional universitario con altas calificaciones en uno de los centros superiores más elitistas de los Estados Unidos, por lo costosa de su matrícula. De allí surge su carrera de industrial, banquero de enorme potencia en nuestro país, situación a la cual ayuda, naturalmente, su status y conexiones con el entorno más opulento de Panamá. Nada cuestionable, para los que creemos que ser ricos o ser pobres no son motivos de delitos, sólo circunstancias.
Hay otro Alberto que proyectan algunos de los que lo conocen más que yo, y ese también tiene dos vertientes: antes de lanzarse al ruedo político, me dicen que proyectaba un aire vanidoso, creído, tanto que prohibía que cuando tomaba el ascensor en el banco, su banco, nadie más se metiera con él, al subir o bajar a su despacho. ¿Será cierto ello?... Por lo menos, eso sí lo sé por cuenta propia, era un hombre de saludar muy poco, y a pocos. Luego, con su ingreso a la carrera política, cambió radicalmente, empezó a saludar y sonreír, y ya en campaña todo el país lo miró abrazando mujeres y niños humildes, sudados. Pero el aprendizaje de ese guión no es sólo de Vallarino, es la demagogia crónica que heredamos durante todo el siglo veinte del bipartidismo familiar colombiano, tan lleno de las doble morales, una de las causas que enguerrillaron a aquél país. Lo que hoy ha sido noticia, y con razón, es que uno de los miembros de los clubes sociales y económicos más cerrados de Panamá se yerga indignado reclamando lo que todos conocíamos: "que los partidos políticos nacionales son clubes cerrados".
Eso, sociológica y políticamente es una gran noticia. Creo que uno de los pocos déficits que tienen los que nos llegan graduados de Estados Unidos, llenos de tecnologías, es la parte académico-cultural que tiene que ver con nuestro país y su historia, ignorantes de la enorme brecha colocada entre nuestro pueblo y los que decidían la suerte política, social y económica de Panamá, los encumbrados que elegían precisamente a los candidatos y presidentes desde un club cerrado. El que no contaba con el respaldo de ese club, donde se fabricaban los partidos, recibía bola negra, que además se la disparan a los que intentan ingresar a ese club sin tener suficientes monedas o contactos.
Un ejemplo de esos clubes cerrados y su peso específico, y no creemos que Alberto recuerde esas cosas, fue el rechazo que en esos clubes cerrados hicieron a fin de que no fuesen candidatos en 1968 ni el licenciado Alfredo Ramírez ni el extinto licenciado Jorge Velásquez, a los que quiso catapultar el expresidente Marco Robles. Los dos recibieron raya cerrada. No son los únicos casos: mucho antes, un hombre ilustre, que luego murió olvidado en un hospital público, Don Demetrio Porras, mente erudita, verbo fogoso, linaje distinguido, jamás pudo ser presidente porque tenía ideas socialistas traídas de Europa. ¿Por qué, otros panameños distinguidos en lo nacional en sus épocas, como los doctores Jorge Illueca o Carlos Iván Zúñiga, no pudieron ser presidentes antes de 1968?... Por los mismos clubes cerrados que ahora descubre Alberto Vallarino. Al menos el distinguido aspirante cuenta hoy con por lo menos dos ofrecimientos de partidos políticos que nunca se hubieran inscrito sin la ayuda del billete que abre puertas, y que proviene de empresas comerciales; empresas que con mucha facilidad inscriben partidos. Uno de esos partidos lo manda el prestigioso suegro de Alberto, Don Sammy Lewis; el otro partido, que acaba de ponerle a la orden, "su amigo, su hermano, su compadre", Don Ricardo Martinelli, lleva el curioso ingrediente de que, en un momento en que Vallarino cruza espadas con la Presidenta de la República, un ministro de estado de la misma, le ofrezca su respaldo, pleno de ambiciones y de dólares (que antes ha donado hasta a 3 candidatos simultáneos) para que sea candidato "por su partido", y vaya si es su partido.
Esos sí que son partidos de dueños, de clubes cerrados. Al menos, con todos sus arañazos, sus lesiones, sus muertos y heridos, el partido que lleva a Martín como buque insignia forma sus trepaquesube interno, se agarra a trompadas en campañas y campañas, y tiene demasiados jefes, intelectuales y egos, como para dejarse imponer nada en estos tiempos, ya liberados del anclaje militar que los formó y amamantó años atrás. Vale la pena meditar sobre estos clubes cerrados. Vale la pena analizar las reacciones de las gentes, ya no tan apendejados como décadas atrás, y sus decisiones políticas de estos tiempos. ¿Creemos sólo lo que nos dicen los políticos?... ¿Sabemos irnos más al fondo de las cosas?... ¿Somos todavía fáciles de engatusar con frases y discursos?
Esas cosas son las que decidirán las elecciones del 2004. A pesar de que todavía no se pueda, en efecto, elegir a los mejores panameños y panameñas para presidentes, legisladores, alcaldes o concejales, sino únicamente los que nos endosan los partidos políticos con sus matraqueos internos. Pero, al menos, dentro de esas limitaciones, debemos aprender a seleccionar los mejores, o como dicen algunos, los menos peores.
Hay otro Alberto que proyectan algunos de los que lo conocen más que yo, y ese también tiene dos vertientes: antes de lanzarse al ruedo político, me dicen que proyectaba un aire vanidoso, creído, tanto que prohibía que cuando tomaba el ascensor en el banco, su banco, nadie más se metiera con él, al subir o bajar a su despacho. ¿Será cierto ello?... Por lo menos, eso sí lo sé por cuenta propia, era un hombre de saludar muy poco, y a pocos. Luego, con su ingreso a la carrera política, cambió radicalmente, empezó a saludar y sonreír, y ya en campaña todo el país lo miró abrazando mujeres y niños humildes, sudados. Pero el aprendizaje de ese guión no es sólo de Vallarino, es la demagogia crónica que heredamos durante todo el siglo veinte del bipartidismo familiar colombiano, tan lleno de las doble morales, una de las causas que enguerrillaron a aquél país. Lo que hoy ha sido noticia, y con razón, es que uno de los miembros de los clubes sociales y económicos más cerrados de Panamá se yerga indignado reclamando lo que todos conocíamos: "que los partidos políticos nacionales son clubes cerrados".
Eso, sociológica y políticamente es una gran noticia. Creo que uno de los pocos déficits que tienen los que nos llegan graduados de Estados Unidos, llenos de tecnologías, es la parte académico-cultural que tiene que ver con nuestro país y su historia, ignorantes de la enorme brecha colocada entre nuestro pueblo y los que decidían la suerte política, social y económica de Panamá, los encumbrados que elegían precisamente a los candidatos y presidentes desde un club cerrado. El que no contaba con el respaldo de ese club, donde se fabricaban los partidos, recibía bola negra, que además se la disparan a los que intentan ingresar a ese club sin tener suficientes monedas o contactos.
Un ejemplo de esos clubes cerrados y su peso específico, y no creemos que Alberto recuerde esas cosas, fue el rechazo que en esos clubes cerrados hicieron a fin de que no fuesen candidatos en 1968 ni el licenciado Alfredo Ramírez ni el extinto licenciado Jorge Velásquez, a los que quiso catapultar el expresidente Marco Robles. Los dos recibieron raya cerrada. No son los únicos casos: mucho antes, un hombre ilustre, que luego murió olvidado en un hospital público, Don Demetrio Porras, mente erudita, verbo fogoso, linaje distinguido, jamás pudo ser presidente porque tenía ideas socialistas traídas de Europa. ¿Por qué, otros panameños distinguidos en lo nacional en sus épocas, como los doctores Jorge Illueca o Carlos Iván Zúñiga, no pudieron ser presidentes antes de 1968?... Por los mismos clubes cerrados que ahora descubre Alberto Vallarino. Al menos el distinguido aspirante cuenta hoy con por lo menos dos ofrecimientos de partidos políticos que nunca se hubieran inscrito sin la ayuda del billete que abre puertas, y que proviene de empresas comerciales; empresas que con mucha facilidad inscriben partidos. Uno de esos partidos lo manda el prestigioso suegro de Alberto, Don Sammy Lewis; el otro partido, que acaba de ponerle a la orden, "su amigo, su hermano, su compadre", Don Ricardo Martinelli, lleva el curioso ingrediente de que, en un momento en que Vallarino cruza espadas con la Presidenta de la República, un ministro de estado de la misma, le ofrezca su respaldo, pleno de ambiciones y de dólares (que antes ha donado hasta a 3 candidatos simultáneos) para que sea candidato "por su partido", y vaya si es su partido.
Esos sí que son partidos de dueños, de clubes cerrados. Al menos, con todos sus arañazos, sus lesiones, sus muertos y heridos, el partido que lleva a Martín como buque insignia forma sus trepaquesube interno, se agarra a trompadas en campañas y campañas, y tiene demasiados jefes, intelectuales y egos, como para dejarse imponer nada en estos tiempos, ya liberados del anclaje militar que los formó y amamantó años atrás. Vale la pena meditar sobre estos clubes cerrados. Vale la pena analizar las reacciones de las gentes, ya no tan apendejados como décadas atrás, y sus decisiones políticas de estos tiempos. ¿Creemos sólo lo que nos dicen los políticos?... ¿Sabemos irnos más al fondo de las cosas?... ¿Somos todavía fáciles de engatusar con frases y discursos?
Esas cosas son las que decidirán las elecciones del 2004. A pesar de que todavía no se pueda, en efecto, elegir a los mejores panameños y panameñas para presidentes, legisladores, alcaldes o concejales, sino únicamente los que nos endosan los partidos políticos con sus matraqueos internos. Pero, al menos, dentro de esas limitaciones, debemos aprender a seleccionar los mejores, o como dicen algunos, los menos peores.