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Valores cívicos y cultura de violencia



Desde los tiempos de la dictadura, cuando ejemplares empresas y clubes cívicos iniciaron la campaña de los Valores Cívicos, la sociedad respiró con la esperanza de que por fin estos, los valores cívicos y morales, pasarían a ocupar en nuestro medio el papel que les correspondía.
Varios años después, y desaparecida la dictadura, la cuestión de los valores cívicos y morales siguen siendo una cuestión de primer orden, no solo para la nueva generación que crece, sino también para la sociedad misma, sometida -como aparece- a una serie de mensajes y costumbres que en nada riñen con las peores expresiones de violencia verbal y material.
Solo basta ver anuncios de televisión y vallas publicitarias, en los que fotografías cuasi-pornográficas incitan y anuncian un estilo de vida que no solo contradice las buenas costumbres, sino que las ofertan como los ejemplos a imitar. Y de nada vale aquella excusa de que eso es lo que la gente quiere ver u oír; es en realidad lo que se le ofrece y que al final algún sector termina por imitar.
Lo lamentable es que después sobrevienen las quejas contra una cultura de violencia que algunos medios no solo no combaten, sino que estimulan. Un análisis de programas violentos dejarían no en centenares, sino en miles la cantidad de crímenes de toda clase, a los que tienen acceso los menores de edad cada semana, en una guerra abierta con la escuálida calidad de educación que recibe la mayoría de los jóvenes panameños.
¿En qué quedamos? ¿Queremos o no una cultura de paz? Bueno sería saber cómo aquellos que estimulan esos estereotipos de violencia pretenden una convivencia pacífica o unos valores cívicos, si al tiempo que un reducido sector de la sociedad los estimula, otros los festinan, los ofertan y llaman a imitarlos. Criticar a los responsables la falta de seguridad y hacer llamados a la moral, no basta; hay que ayudar a que los valores cívicos y morales se materialicen.

101 años de Panamá América

 
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