Valores vs. Praxis
Hace poco, cuando le contaba sobre mi infancia a mi hijo, éste me decía que porqué no había yo reclamado los derechos del niño, y le expliqué que en mis tiempos éstos no existían. El maltrato infantil, la violencia doméstica eran "casos domésticos". Si se iba a reclamar a alguna autoridad sobre esto, la respuesta era que eran asuntos domésticos en los cuales ellos no intervenían. ¡Upps! Cuánto progreso hemos hecho desde ese entonces con la firma de la Convención de los Derechos del Niño en 1990 y la Convención sobre la eliminación de todas las formas de discriminación contra la mujer en 1981. Claro que todavía subsisten atropellos y vejaciones, pero tenemos instrumentos legales que le brindan mayor protección a las ciudadanas y los ciudadanos. Todas estas diferentes convenciones sobre los derechos humanos reflejan el cambio de nuestros valores sociales. Los valores son espacio-temporales, aunque hayamos, en el siglo XX, decidido decretarlos universales por cuestiones de sobrevivencia de la especie y cohesión social. En la realidad hace sólo 55 años que los derechos humanos son universales. Antes de la Declaración Universal de los Derechos Humanos el 10 de diciembre de 1948, éste no era el caso. Hagamos un poco de historia.
En la antigüedad, para Aristóteles o Platón, la esclavitud era algo aceptable y normal, porque era lo que se practicaba en ese entonces. Esa condición, que para nosotros es hoy en día inadmisible y ultrajante, para los grandes pensadores de la historia era algo que ni siquiera debía ser cuestionado. Así mismo, el control de la natalidad practicado por los romanos, que era el dejar a los neonatos en la puerta de los templos y allí muchos morían de hambre o de frío, no causaba ningún resquemor en la gente de la época. En la gran cultura china, se ahogaban a las niñas, y podríamos continuar con otros ejemplos que nos demuestran que los valores son espacio-temporales, o sea que son establecidos y respetados en un tiempo y un lugar específicos; se practican en una región o país, en determinadas épocas. Como buena occidental, creo en el desarrollo linear y estamos progresando.
Los diferentes acuerdos en pro de los derechos humanos son, sin duda, un gran progreso en la larga historia de la humanidad. En cuanto a la práctica de estos valores en nuestro pequeño y maravilloso país por parte de quienes son los "modelos" de nuestra sociedad: los hombres políticos, de negocio, intelectuales, deja mucho que desear, porque la excepción se ha tornado en la regla. Se firman "Pactos Éticos" que muchas veces no se cumplen, ya que la raíz del problema es más profunda. Esta radica en la doble moral que se tolera y se practica.
En efecto, podemos ser hombres y mujeres intachables al exterior, enfrente de la sociedad, pero en nuestro mundo privado, mentir, engañar, criticar, descalificar y, en breve, contradecir todo lo que predicamos. Ir a misa todos los domingos y pensar que se está actuando como buen cristiano, judío o musulmán (ya que las grandes religiones monoteístas tienen en general los mismos preceptos de solidaridad humana).
Hombres y mujeres se han acostumbrado a tener una doble vida, en donde mienten y engañan en privado (muchas veces a quienes se comprometieron a respetar toda una vida), y van a la Iglesia todos los domingos a darse golpes de pecho, pero saliendo de allí, siguen criticando, descalificando y mintiéndole a su "prójimo". Hombres y mujeres políticos, por ejemplo, no ven contradictorio el asistir a misa, el decirse creyentes, con el destituir a una persona por razones políticas, haciéndo muestra de inequidad, o el utilizar los bienes del Estado para su propio beneficio incumpliendo uno de los mandamientos (No robarás). ¿No es más importante la "praxis" que el verbo? ¿Será que vivimos fragmentados como seres incoherentes en una realidad que nos aliena? ¿Será que la negación interna que hemos vivido por muchos años, ya se hace parte de nosotros mismos, que ni nos percatamos de quiénes somos y de lo que hacemos?
El gran Mahatma Gandhi decía que "uno tiene que ser el cambio que quiere ver en el mundo". Cuán ciertas son estas palabras. Muchos hablan de valores y dan lecciones de ética y moral a los otros, acusándose recíprocamente de no respetar "los valores". La verdad es que lo más difícil para nosotros es la coherencia consigo mismo. Ser coherente con uno mismo, creo, es responsabilidad de todos y nuestra principal misión en la vida. Hablar o discutir de valores es importante, pero no es lo que cambiará los comportamientos de la gente. El servir de modelo o de ejemplo para las nuevas generaciones sí tiene un impacto contundente en el comportamiento de muchos.
Pienso que el remedio de todo esto es la coherencia, no creo en predicar la moral a los otros y decirles lo que deben o no deben hacer. Considero que tengo que ser coherente conmigo misma, que ya bastante trabajo tengo con esto. Si todos los seres humanos fuésemos coherentes con nuestro discurso y con nuestros principios y valores, haríamos mucho por la humanidad. Para llegar a ser más coherentes es necesario practicar la introspección, el análisis y la autocrítica, porque éstas son las herramientas que nos llevarán a estar menos fragmentados, a no vivir dobles vidas y, por lo tanto, a no tener una doble moral. Lo más importante antes de culpar a los otros es examinarse uno mismo. Es practicar el autoconocimiento, estar en contacto con quienes somos realmente, aceptar nuestras debilidades, carencias y defectos, para poder aceptar los de los otros y trabajar en ello. Esta es la única manera de promover los valores: practicándolos. Si no unimos el discurso a la praxis no estamos contribuyendo a la construcción de las generaciones futuras. Esa es para mí la única salida para llegar a ser mejores seres humanos, mejores profesionales y mejores ciudadanos. Así es como interpreto la máxima cristiana: "amarás a tu projimo como a ti mismo".
En la antigüedad, para Aristóteles o Platón, la esclavitud era algo aceptable y normal, porque era lo que se practicaba en ese entonces. Esa condición, que para nosotros es hoy en día inadmisible y ultrajante, para los grandes pensadores de la historia era algo que ni siquiera debía ser cuestionado. Así mismo, el control de la natalidad practicado por los romanos, que era el dejar a los neonatos en la puerta de los templos y allí muchos morían de hambre o de frío, no causaba ningún resquemor en la gente de la época. En la gran cultura china, se ahogaban a las niñas, y podríamos continuar con otros ejemplos que nos demuestran que los valores son espacio-temporales, o sea que son establecidos y respetados en un tiempo y un lugar específicos; se practican en una región o país, en determinadas épocas. Como buena occidental, creo en el desarrollo linear y estamos progresando.
Los diferentes acuerdos en pro de los derechos humanos son, sin duda, un gran progreso en la larga historia de la humanidad. En cuanto a la práctica de estos valores en nuestro pequeño y maravilloso país por parte de quienes son los "modelos" de nuestra sociedad: los hombres políticos, de negocio, intelectuales, deja mucho que desear, porque la excepción se ha tornado en la regla. Se firman "Pactos Éticos" que muchas veces no se cumplen, ya que la raíz del problema es más profunda. Esta radica en la doble moral que se tolera y se practica.
En efecto, podemos ser hombres y mujeres intachables al exterior, enfrente de la sociedad, pero en nuestro mundo privado, mentir, engañar, criticar, descalificar y, en breve, contradecir todo lo que predicamos. Ir a misa todos los domingos y pensar que se está actuando como buen cristiano, judío o musulmán (ya que las grandes religiones monoteístas tienen en general los mismos preceptos de solidaridad humana).
Hombres y mujeres se han acostumbrado a tener una doble vida, en donde mienten y engañan en privado (muchas veces a quienes se comprometieron a respetar toda una vida), y van a la Iglesia todos los domingos a darse golpes de pecho, pero saliendo de allí, siguen criticando, descalificando y mintiéndole a su "prójimo". Hombres y mujeres políticos, por ejemplo, no ven contradictorio el asistir a misa, el decirse creyentes, con el destituir a una persona por razones políticas, haciéndo muestra de inequidad, o el utilizar los bienes del Estado para su propio beneficio incumpliendo uno de los mandamientos (No robarás). ¿No es más importante la "praxis" que el verbo? ¿Será que vivimos fragmentados como seres incoherentes en una realidad que nos aliena? ¿Será que la negación interna que hemos vivido por muchos años, ya se hace parte de nosotros mismos, que ni nos percatamos de quiénes somos y de lo que hacemos?
El gran Mahatma Gandhi decía que "uno tiene que ser el cambio que quiere ver en el mundo". Cuán ciertas son estas palabras. Muchos hablan de valores y dan lecciones de ética y moral a los otros, acusándose recíprocamente de no respetar "los valores". La verdad es que lo más difícil para nosotros es la coherencia consigo mismo. Ser coherente con uno mismo, creo, es responsabilidad de todos y nuestra principal misión en la vida. Hablar o discutir de valores es importante, pero no es lo que cambiará los comportamientos de la gente. El servir de modelo o de ejemplo para las nuevas generaciones sí tiene un impacto contundente en el comportamiento de muchos.
Pienso que el remedio de todo esto es la coherencia, no creo en predicar la moral a los otros y decirles lo que deben o no deben hacer. Considero que tengo que ser coherente conmigo misma, que ya bastante trabajo tengo con esto. Si todos los seres humanos fuésemos coherentes con nuestro discurso y con nuestros principios y valores, haríamos mucho por la humanidad. Para llegar a ser más coherentes es necesario practicar la introspección, el análisis y la autocrítica, porque éstas son las herramientas que nos llevarán a estar menos fragmentados, a no vivir dobles vidas y, por lo tanto, a no tener una doble moral. Lo más importante antes de culpar a los otros es examinarse uno mismo. Es practicar el autoconocimiento, estar en contacto con quienes somos realmente, aceptar nuestras debilidades, carencias y defectos, para poder aceptar los de los otros y trabajar en ello. Esta es la única manera de promover los valores: practicándolos. Si no unimos el discurso a la praxis no estamos contribuyendo a la construcción de las generaciones futuras. Esa es para mí la única salida para llegar a ser mejores seres humanos, mejores profesionales y mejores ciudadanos. Así es como interpreto la máxima cristiana: "amarás a tu projimo como a ti mismo".