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Vamos a sonreír


Con un muy buen ejemplo he tropezado hace poco. Sí, en mi diario andar tuve la oportunidad de ver que dos hombres, dos desconocidos, se tropezaban en una calle de nuestra ciudad. Por una de esas razones que no conocemos en su interioridad, el encuentro involuntario de esos dos cuerpos fue tan rápido que ambos se sintieron momentáneamente cegados y heridos en el rostro.
Conociendo el estado de ánimo que prevalece en la mayoría de nosotros y en donde se vive al acecho del daño que el otro ha de causarnos, me dispuse a ver cómo se darían de sopapos aquellas dos personas. Por lo menos supuse que se cruzarían palabras duras, porque un “imbécil” no podría faltar. Yo, viejo pecador por la cólera durante mi juventud, seguramente las habría lanzado.
Pero en esta oportunidad lo que pude presenciar fue el espectáculo admirable de que uno y otro de los que se habían tropezado, antes de ver, antes de palpar sus propias lastimaduras, preguntaban: “¿Se hizo usted daño?”Y los dos se vieron con simpatía, se sobaron sus propios rostros, y se alejaron contentos. Yo me quedé confuso y avergonzado. Y pensé, después de todos los panameños no somos malos, aunque sí noté que todavía nos falta el auxilio de la sonrisa.
Es necesario que aprendamos a sonreír, porque ella es una fuerza incomparable que a nosotros nos está vedada por el mal hábito y, quizás, por la preocupación interior.
Y es que para poder sonreír de verdad, hay que hacerse según reza en el Evangelio, como los niños. Lo que tienen de admirable esas pequeñas criaturas no es su ignorancia, sino su ausencia de malicia. Ellos ven las cosas como son y no se imaginan que los hombres seamos tan necios que pretendamos deformarlas, logrando sólo engañarnos.
Para sonreír delante de nuestros semejantes es necesario que la presencia de cada uno de nuestros prójimos nos cause alegría, y ella jamás debe ser una sonrisa por compromiso, una sonrisa forzada que no logra ser sino el reflejo de una alegría interior.
Para poder sonreír efectivamente hay que poner primero la alegría en el corazón, y también una disposición generosa con respecto a la vida y con respecto al prójimo.
Que sea una alegría por encontrarse con otra alma que buena o mala, equivocada o clara, de todas maneras soporta el mismo peso misterioso que el resto soportamos. Lo natural es que el hombre tienda la mano al hombre; lo natural es que un rayo de luz nazca del ojo a la vista del prójimo y que ese rayo de luz enseguida se difunda por todo el semblante para llegar a iluminar la sonrisa.
Junto a tantas otras urgencias que tenemos los panameños, urge también entre nosotros una cruzada de la sonrisa.
No la sonrisa desconfiada ni la sonrisa malévola, porque sólo los miedosos están siempre en guardia. El hombre valiente anda solo y no teme entregarse, porque sabe que a la hora del apuro su fuerza interior no le ha de fallar.
Por ello, vamos a sonreír con bondad, como sonríen los fuertes; con confianza como sonríen los niños; sonreír con luz, como sonríen los genios. Tal es la sonrisa que confunde a los “caras duras” y a los hipócritas; a los que portan el gesto de verdugo y a los que se enmascaran tras el antifaz de la simpatía.

101 años de Panamá América

 
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