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Venezuela al borde del caos


El presidente Chávez, herido de muerte en su legitimidad después de haber ordenado disparar sobre la gigantesca manifestación pacífica del 11 de abril, no está en condiciones ya de gobernar el país: lo recusan los partidos políticos, la inmensa mayoría de las fuerzas armadas y de la sociedad civil, incluyendo en este amplio término a un conjunto que abarca a empresarios, trabajadores y una considerable mayoría de la población.
El gobierno ha perdido su mayoría en el Tribunal Supremo de Justicia, que hasta hace poco era un instrumento dócil del chavismo, mientras en Fiscal General de la República parece tambalear en su cargo. Con estos cambios en la correlación política es posible ahora el enjuiciamiento del presidente, no sólo por la masacre de abril sino por un abierto problema de malversación de fondos públicos por valor de tres mil millones de dólares, por recibir dineros del exterior para su campaña electoral y por muchos otros casos que cuentan con sólidos fundamentos.
Los partidos políticos, entretanto, buscan apresurar estas salidas jurídicas y promueven a la vez un referéndum. El tiempo se les agota pues puede producirse en cualquier momento un golpe militar: el malestar en las fuerzas armadas es público y notorio y abarca todos los rangos de la oficialidad. La gente no soporta ya más la inestabilidad del país y una situación económica que empeora día por día, por lo que estaría dispuesta a aceptar un gobierno militar de transición que pusiera orden y evitara la amenaza de las bandas armadas del chavismo. No es que los venezolanos no sean democráticos o que desprecien el orden institucional. Al contrario, éste es uno de los países donde la democracia está más arraigada en toda América Latina. Lo que ocurre es que ya no se percibe al gobierno actual como democrático sino como un proyecto de dictadura que viola constantemente la ley y que, si no alcanza a consumarse por completo, es sólo por la falta de suficiente apoyo político y militar. Esto no suele entenderse fuera de Venezuela, porque poco se conoce de la forma autoritaria en que actúa el gobierno.
El gobierno tiene un déficit fiscal que no puede reducir, se le han cerrado las puertas del financiamiento y del cobro de nuevos impuestos, mientras el país se hunde en una profunda recesión. El desempleo es muy alto, las empresas cierran por centenares ante la falta de mercados, nadie quiere -o puede- invertir y el bolívar se ha devaluado un 50% en cosa de mes y medio. La inflación comienza a acelerarse, después de dos años de estar al menos en descenso, y los trabajadores ven cómo se reduce a diario el poder adquisitivo de sus escasos ingresos. La pobreza aumenta con celeridad y eso hace crecer, naturalmente, la conflictividad social. Pero Chávez, se aferra al poder y, aunque prácticamente ya no gobierna, pues ocupa todo su tiempo en sobrevivir, continúa con sus constantes amenazas y recurre cada vez más a los nefastos "círculos bolivarianos", que actúan a veces como verdaderas organizaciones paramilitares. Los tiempos se aceleran, acercándonos a una situación límite. Puede haber una salida pacífica e institucional, puede tal vez negociarse -mediante fuertes presiones- una salida del presidente, puede ocurrir un golpe militar o hasta desencadenarse una guerra civil. Mientras centenares de miles de venezolanos siguen en la calle, manifestando sin temor, dispuestos a preservar sus libertades y a acabar con esta pesadilla que nos hace vivir en continua zozobra.
*Corresponsal de la agencia AIPE.
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