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Venezuela: Deudas y lecciones


A lo largo de las turbulentas circunstancias históricas que me ha tocado vivir adquirí con Venezuela deudas impagables. La primera cuando tenía dieciocho años, durante mi primer exilio, el cubano, particularmente doloroso y desgarrador, porque a esa edad la separación física de los amores fundamentales deja el corazón marcado para siempre. La otra la contraje en el exilio panameño, que emprendí con Ricardo y tres de mis hijos cuando todavía no habían cicatrizado por completo las heridas del primer destierro y parecía que echar raíces en libertad no sería en mi vida tarea fácil.

En aquellas épocas comprobé que en la tierra de Bolívar habría siempre un techo, una mesa y un abrazo solidario para todos los perseguidos por causa de la libertad y que, al igual que a otros miles de latinoamericanos, nada de lo que ocurriera en Venezuela podría serme ajeno.

Todos, aunque no estemos conscientes de ello, tenemos una deuda colectiva con ese país generoso por su contribución a la solución de los conflictos armados en Centroamérica, el restablecimiento de la democracia y la tesonera batalla por el respeto a los derechos humanos en el continente. De manera particular Luis Herrera Campins, Carlos Andrés Pérez y Arístides Calvani, sin los afanes de protagonismo de Chávez, acogieron exilados, hicieron de voceros, mediaron, gestionaron y consiguieron garantizar la vida y la libertad de centenares de dirigentes, militantes y combatientes centroamericanos y latinoamericanos, entre los que se cuentan varios panameños.

A esos legados se añaden ahora lecciones que pueden sernos tan provechosas como los apoyos en las oscuras décadas de los 70 y los 80 en las que en Caracas y otros estados vivíamos brasileros, argentinos, chilenos, cubanos, salvadoreños, guatemaltecos, nicaragüenses, haitianos y panameños anhelantes de libertad, justicia y paz.

Que aquella Venezuela, que servía de referencia a la democracia, se haya empantanado en una profunda crisis demuestra que por cuantiosos que sean los recursos naturales y el crecimiento económico, por sí solos no garantizan la incorporación de todos a los beneficios de la abundancia, si la misma se concentra en unos pocos y, además, se contamina con la corrupción de amplios y plurales sectores de la sociedad.

A casi 50 años de la caída de la dictadura militar de Pérez Jiménez quedó probada la fragilidad de las instituciones. El envilecimiento de muchos, el descrédito indiscriminado y la descalificación generalizada de todas las dirigencias, así como el abandono de los ciudadanos de sus responsabilidades cívicas retrasaron la renovación de los liderazgos democráticos y entorpecieron los relevos generacionales necesarios para evitar el caudillismo mesiánico y las tentaciones totalitarias.

Esta fue la lección del pasado domingo. Ojalá aprendamos la misma para añadirla a las gratitudes históricas que los panameños tenemos pendientes con Venezuela.

101 años de Panamá América

 
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