Venezuela: devaluación bolivariana
Durante más de dos años el gobierno de Chávez pareció manejar la política económica de Venezuela dentro de unos márgenes sensatos que permitieron anclar el dólar, reducir la inflación y controlar hasta cierto punto el déficit fiscal. Esa relativa estabilidad, y el indudable capital político que poseía, le permitieron soportar bien el alto desempleo y la marcha de una economía que siempre estuvo al borde de la recesión. Muchos analistas pensábamos, sin embargo, que esos supuestos logros sólo podían mantenerse gracias a las circunstancias favorables que creaban unos precios petroleros excesivamente altos, que llegaron a ser similares a los que produjo la Guerra del Golfo hace cosa de diez años. Ante las críticas, los personeros del gobierno reaccionaron siempre con la altanería propia de los regímenes autoritarios, no escatimando el tono burlón y sarcástico, profundamente agresivo, con que el presidente Chávez trata a todos los que no lo alaban.
Sin que los precios petroleros hayan descendido demasiado, el comportamiento del mercado ha comenzado a cambiar en los últimos meses. A una economía caracterizada por el bajo crecimiento, la muy escasa inversión y el alto desempleo, se han añadido primero un cierto repunte de la inflación y luego, para mayor preocupación, una fuerte presión sobre el bolívar, que se está depreciando a un ritmo cada vez más veloz. Los agentes económicos compran dólares, las reservas internacionales disminuyen con rapidez y el gobierno se enfrenta -por primera vez- a los clásicos dilemas de nuestra economía petrolera: ¿Cómo hacer para reactivar el aparato productivo al que el inmenso gasto público no parece capaz de estimular? ¿Cómo lograr mayor inversión interna? ¿Cómo evitar que, al bajar los precios del crudo, se desencadene un ciclo indetenible de devaluaciones e inflación?
Las respuestas a esta compleja situación, como se lo ha señalado tantas veces, pasan sin duda por la realización de un conjunto de reformas que disminuyan el papel del estado en la economía, alienten la apertura y controlen el desbordado gasto fiscal. Pero esto, para Chávez, no es más que la receta del neoliberalismo inhumano y la despiadada globalización. El que tiene por amigos a Fidel Castro, Gaddafi y Saddam Hussein, prefiere recorrer los ya trillados caminos del intervencionismo, que incluyen mayores aranceles, control de importaciones, presencia estatal en todos los sectores y manipulación del sistema monetario y financiero.
La situación actual no permite ya mayores libertades al fisco. Con una deuda interna que sobrepasa los 12.000 millones de dólares, con las reservas en su punto más bajo de los últimos dos años y con un mercado que -sin duda razonablemente- se prepara para lo peor, Chávez tiene ante sí la perspectiva de una intensa devaluación o el recurso desesperado de apelar al control de cambios. Ambas posibilidades han desembocado, según lo muestra la historia reciente de Venezuela, en el mismo aciago resultado: una devaluación incontrolable con alta inflación y estratosféricas tasas de interés que llevan a la recesión y al aumento del desempleo y del malestar social. Y esto, por supuesto, es lo que menos quiere el caudillo "bolivariano" que nos gobierna porque con intranquilidad social se acabaría por desvanecer el apoyo político que todavía retiene.
La implacable lógica de la economía ha atrapado así a Chávez en un dilema que nunca quiso enfrentar, pero que está en el fondo de los clásicos problemas de Venezuela, los mismos problemas que han llevado a la gente a buscar un hipotético salvador para sus males. O se retoma la vía de las reformas y se reconstruye, poco a poco, la confianza que falta en el país, o se repite la misma receta intervencionista de los gobiernos que tanto ha atacado Chávez y se regresa, inevitablemente, a los mismos males que ellos produjeron. No hay escape, no hay terceras vías milagrosas, salvo en el imposible escenario de unos precios petroleros que estuvieran siempre en ascenso.
Lo que sucederá, de ahora en adelante, no puede preverse en sus detalles, pero está claro que la tranquilidad se ha acabado para la ilusoria "revolución bolivariana". Venezuela avanzará hacia otra crisis mientras sus dirigentes se resisten, furiosamente, a abandonar los modelos del pasado.
(c)* Corresponsal de la agencia de prensa AIPE.(www.aipenet.com)
Sin que los precios petroleros hayan descendido demasiado, el comportamiento del mercado ha comenzado a cambiar en los últimos meses. A una economía caracterizada por el bajo crecimiento, la muy escasa inversión y el alto desempleo, se han añadido primero un cierto repunte de la inflación y luego, para mayor preocupación, una fuerte presión sobre el bolívar, que se está depreciando a un ritmo cada vez más veloz. Los agentes económicos compran dólares, las reservas internacionales disminuyen con rapidez y el gobierno se enfrenta -por primera vez- a los clásicos dilemas de nuestra economía petrolera: ¿Cómo hacer para reactivar el aparato productivo al que el inmenso gasto público no parece capaz de estimular? ¿Cómo lograr mayor inversión interna? ¿Cómo evitar que, al bajar los precios del crudo, se desencadene un ciclo indetenible de devaluaciones e inflación?
Las respuestas a esta compleja situación, como se lo ha señalado tantas veces, pasan sin duda por la realización de un conjunto de reformas que disminuyan el papel del estado en la economía, alienten la apertura y controlen el desbordado gasto fiscal. Pero esto, para Chávez, no es más que la receta del neoliberalismo inhumano y la despiadada globalización. El que tiene por amigos a Fidel Castro, Gaddafi y Saddam Hussein, prefiere recorrer los ya trillados caminos del intervencionismo, que incluyen mayores aranceles, control de importaciones, presencia estatal en todos los sectores y manipulación del sistema monetario y financiero.
La situación actual no permite ya mayores libertades al fisco. Con una deuda interna que sobrepasa los 12.000 millones de dólares, con las reservas en su punto más bajo de los últimos dos años y con un mercado que -sin duda razonablemente- se prepara para lo peor, Chávez tiene ante sí la perspectiva de una intensa devaluación o el recurso desesperado de apelar al control de cambios. Ambas posibilidades han desembocado, según lo muestra la historia reciente de Venezuela, en el mismo aciago resultado: una devaluación incontrolable con alta inflación y estratosféricas tasas de interés que llevan a la recesión y al aumento del desempleo y del malestar social. Y esto, por supuesto, es lo que menos quiere el caudillo "bolivariano" que nos gobierna porque con intranquilidad social se acabaría por desvanecer el apoyo político que todavía retiene.
La implacable lógica de la economía ha atrapado así a Chávez en un dilema que nunca quiso enfrentar, pero que está en el fondo de los clásicos problemas de Venezuela, los mismos problemas que han llevado a la gente a buscar un hipotético salvador para sus males. O se retoma la vía de las reformas y se reconstruye, poco a poco, la confianza que falta en el país, o se repite la misma receta intervencionista de los gobiernos que tanto ha atacado Chávez y se regresa, inevitablemente, a los mismos males que ellos produjeron. No hay escape, no hay terceras vías milagrosas, salvo en el imposible escenario de unos precios petroleros que estuvieran siempre en ascenso.
Lo que sucederá, de ahora en adelante, no puede preverse en sus detalles, pero está claro que la tranquilidad se ha acabado para la ilusoria "revolución bolivariana". Venezuela avanzará hacia otra crisis mientras sus dirigentes se resisten, furiosamente, a abandonar los modelos del pasado.
(c)* Corresponsal de la agencia de prensa AIPE.(www.aipenet.com)