Venezuela: la tiranía de la mayoría
Caracas / AIPE- No cabe la menor duda: el pensamiento liberal es una de las semillas de la que ha brotado uno de los árboles más frondosos. Inglaterra, Francia y, posteriormente, Estados Unidos de Norteamérica, han sido las naciones donde este cuerpo de ideas ha encontrado la tierra mejor abonada para su crecimiento. De hecho, uno de los clásicos que todo hombre medianamente culto ha debido leer, al menos una vez en la vida, es obra de un francés. Me refiero a ese libro prodigioso escrito por Alexis de Tocqueville (1805-1859) y titulado escuetamente Democracia en América, cuya primera edición data de 1835 y aún se hace indispensable para comprender por qué allá el curso del río se ha hecho ancho y por qué aquí no logra salir de sus cauces estrechos.
Al igual que John Stuart Mill (1807-1873), Tocqueville advierte el peligro que encierra la democracia: derivar en lo que le da título a este artículo. Es el momento de advertir que antes que demócrata convencido, como lo fue, Tocqueville fue liberal, y ya se sabe que el encuentro histórico entre el liberalismo y la democracia no fue ni inmediato ni fácil, aunque después el matrimonio se haya hecho sólido y prácticamente indisoluble para algunas almas ganadas por el ideal de la libertad. Y si por una parte este encuentro ha tomado cuerpo en los años de esta centuria feneciente, por la otra la aproximación entre socialismo y democracia no se ha hecho esperar e, incluso, algunas democracias europeas han logrado el milagro de reunir la combinatoria triple: democracia política, socialismo como ideal de justicia social y liberalismo en lo económico.
Pero todo lo anterior viene al caso porque en Venezuela, en nuestra navegación aérea, estamos atravesando por un cúmulo de nubarrones que recuerdan estos peligros que advertían Mill y Tocqueville. La mayoría, piedra angular de la democracia, viene imponiéndose como una hegemonía a la que le tienen sin cuidado las ideas y los sentimientos de la minoría, con el hecho agravado de que la minoría de la que hablamos oscila entre 30% y 40% de la población que se manifiesta mediante el voto. Pero aún más, la mayoría de la que estamos hablando le ha entregado un cheque en blanco a su líder mesiánico y su ejército de yes man no logran (ni parece verdaderamente importarles) crear una red institucional en la que la Constitución y las leyes que ellos mismos hicieron se respeten. No voy a dar ejemplos ilustrativos: sobran.
La voracidad del ungido no tiene límites. Al parecer, esta "revolución" de pesadilla pasa por el irrespeto, el insulto, la humillación de todo aquel que no acepte acríticamente las órdenes del hegemón, con lo que el espacio y el aire para respirar para todo aquel que no comparta este colosal disparate se hace mínimo y enrarecido. Se habla de derechos humanos, pero a cualquiera que disienta, el Presidente de la República lo humilla, se burla de él, lo arroja al escarnio público, sin derecho a réplica, haciendo uso del mayor abuso de poder del que se tenga noticia, en un programa de radio en el que se instiga al resentimiento y el odio.
Demasiados rasgos fascistas se dibujan en el rostro de esta "revolución" como para no advertirlos. Cualquiera sabe que la forma encierra la sustancia, y no podemos excusarla aduciendo que cubierta por esa cáscara de desprecio hacia la opinión disidente se esconde un sentimiento democrático.
Es otro, muy otro, el sentimiento que respira en el narcisismo intolerante.
Pero volvamos a Tocqueville y a Mill y abandonemos esta zona repugnante.
A ambos los desvelaba el punto: ¿cómo hacer para que los derechos individuales
no fuesen pisoteados por la mayoría en ejercicio de su poder? Pues no pocas páginas
le consagraron a la dilucidación de este nudo gordiano. De ellas se desprende que si
no tenemos al individuo como centro sagrado, pues los desmanes que pueden cometerse
contra él en razón de la tiranía de la mayoría, están a la orden del día. De allí
que Tocqueville afirmara: "La omnipotencia en sí misma es una cosa mala y
peligrosa... No hay sobre la Tierra autoridad tan respetable en sí misma, o
revestida de un derecho tan sacro, que yo quiera dejar actuar sin control y
dominar sin obstáculos. Cuando veo el derecho y la facultad de hacer todo a
cualquier potencia, llámese pueblo o rey, democracia o aristocracia, sea que
se ejerza en una monarquía o en una república, yo afirmo que allí está el germen
de la tiranía". No podemos olvidar que Tocqueville, como buen liberal que era,
sentía aversión por el poder y por su instrumento: el Estado. Los hechos le han
venido dando la razón.
(c)www.aipenet.com
Académico y escritor venezolano.
Al igual que John Stuart Mill (1807-1873), Tocqueville advierte el peligro que encierra la democracia: derivar en lo que le da título a este artículo. Es el momento de advertir que antes que demócrata convencido, como lo fue, Tocqueville fue liberal, y ya se sabe que el encuentro histórico entre el liberalismo y la democracia no fue ni inmediato ni fácil, aunque después el matrimonio se haya hecho sólido y prácticamente indisoluble para algunas almas ganadas por el ideal de la libertad. Y si por una parte este encuentro ha tomado cuerpo en los años de esta centuria feneciente, por la otra la aproximación entre socialismo y democracia no se ha hecho esperar e, incluso, algunas democracias europeas han logrado el milagro de reunir la combinatoria triple: democracia política, socialismo como ideal de justicia social y liberalismo en lo económico.
Pero todo lo anterior viene al caso porque en Venezuela, en nuestra navegación aérea, estamos atravesando por un cúmulo de nubarrones que recuerdan estos peligros que advertían Mill y Tocqueville. La mayoría, piedra angular de la democracia, viene imponiéndose como una hegemonía a la que le tienen sin cuidado las ideas y los sentimientos de la minoría, con el hecho agravado de que la minoría de la que hablamos oscila entre 30% y 40% de la población que se manifiesta mediante el voto. Pero aún más, la mayoría de la que estamos hablando le ha entregado un cheque en blanco a su líder mesiánico y su ejército de yes man no logran (ni parece verdaderamente importarles) crear una red institucional en la que la Constitución y las leyes que ellos mismos hicieron se respeten. No voy a dar ejemplos ilustrativos: sobran.
La voracidad del ungido no tiene límites. Al parecer, esta "revolución" de pesadilla pasa por el irrespeto, el insulto, la humillación de todo aquel que no acepte acríticamente las órdenes del hegemón, con lo que el espacio y el aire para respirar para todo aquel que no comparta este colosal disparate se hace mínimo y enrarecido. Se habla de derechos humanos, pero a cualquiera que disienta, el Presidente de la República lo humilla, se burla de él, lo arroja al escarnio público, sin derecho a réplica, haciendo uso del mayor abuso de poder del que se tenga noticia, en un programa de radio en el que se instiga al resentimiento y el odio.
Demasiados rasgos fascistas se dibujan en el rostro de esta "revolución" como para no advertirlos. Cualquiera sabe que la forma encierra la sustancia, y no podemos excusarla aduciendo que cubierta por esa cáscara de desprecio hacia la opinión disidente se esconde un sentimiento democrático.
Es otro, muy otro, el sentimiento que respira en el narcisismo intolerante.
Pero volvamos a Tocqueville y a Mill y abandonemos esta zona repugnante.
A ambos los desvelaba el punto: ¿cómo hacer para que los derechos individuales
no fuesen pisoteados por la mayoría en ejercicio de su poder? Pues no pocas páginas
le consagraron a la dilucidación de este nudo gordiano. De ellas se desprende que si
no tenemos al individuo como centro sagrado, pues los desmanes que pueden cometerse
contra él en razón de la tiranía de la mayoría, están a la orden del día. De allí
que Tocqueville afirmara: "La omnipotencia en sí misma es una cosa mala y
peligrosa... No hay sobre la Tierra autoridad tan respetable en sí misma, o
revestida de un derecho tan sacro, que yo quiera dejar actuar sin control y
dominar sin obstáculos. Cuando veo el derecho y la facultad de hacer todo a
cualquier potencia, llámese pueblo o rey, democracia o aristocracia, sea que
se ejerza en una monarquía o en una república, yo afirmo que allí está el germen
de la tiranía". No podemos olvidar que Tocqueville, como buen liberal que era,
sentía aversión por el poder y por su instrumento: el Estado. Los hechos le han
venido dando la razón.
(c)www.aipenet.com
Académico y escritor venezolano.