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Verdad y miseria de las pugnas entre políticos



Los partidos políticos son la gente que los compone, no los dirigentes que están a la cabeza. Un partido es un ente vivo y vital para la democracia cuando dentro de él se agita una dinámica de opiniones y posiciones, plurales en sus intereses, que son capaces de producir un consenso interno que apele a valores ciudadanos y que, por lo tanto, se proyecta como una intervención relevante para toda la sociedad.
En un partido democrático, la política se hace tanto dentro como fuera del colectivo, y es normal que surjan acuerdos interpartidarios e intrapartidarios, como parte de una coyuntura crítica específica. No obstante, la ley de hierro de los partidos consiste en la necesidad que tienen las cúpulas de imponerse y perpetrarse.
Por eso, hay una manera de usar el término "partido" que lo identifica con la camarilla que lo dirige en función de intereses que nada tienen que ver con el bienestar general. Esto, que de por sí es malo, tiene una faceta aún peor. Y es el acaparamiento de las estructuras del partido por afanes personalistas, lo que produce una mentira colectiva, centrada en la figura de un supuesto paladín. Los así llamados líderes buscan apoyo, entre copartidarios y ciudadanos, para llevar adelante sus agendas de protagonismo personal, y es esta triste faceta de la vida política la que acaba vaciando de contenido la actividad política misma.
La mitad de nuestros líderes no está dispuesta a empeñar su palabra en nada que signifique golpear duramente las redes de corrupción que, con el disfraz de militantes, amigos y donantes, socava el estado de derecho. La otra mitad está dispuesta a prometerlo todo, aunque de la manera más irresponsable, pues no conoce, ni le interesa conocer las consecuencias reales de sus prometidas acciones. Su única meta pareciera ser obtener un alto "rating" en las encuestas de opinión, como si la política fuera un programa de radio o televisión.
Los ciudadanos, miembros de partidos, o no, necesitan saber cuál es la causa que sus líderes están dispuestos a representar sincera y consecuentemente. Al final del día lo que tenemos son sólo pugnas entre políticos, más dentro que fuera de los partidos, y que, en lo inmediato, no tienen ninguna conexión con un proyecto de desarrollo; pero que a la larga menoscaban la credibilidad del ciudadano común en la actividad política misma y deslegitiman nuestras instituciones.
En algún punto a medio camino, entre el cinismo y la ingenuidad, se encuentra la posibilidad de darle nuevos bríos a la vida política, sin la cual el progreso es un espejismo y la democracia un cascarón vacío.

101 años de Panamá América

 
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