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Vergüenza mundial



“Es detestable la avaricia espiritual que tienen los que sabiendo algo no procuran la transmisión de estos conocimientos”, (Miguel de Unamuno).

El fallo reciente de la Corte Suprema de Justicia de la primera potencia económica y militar del planeta, no puede ser más descarnado y contundente y viene a reafirmar los planteamientos que hemos venido enfatizando los profesionales de la medicina a lo largo y ancho del orbe: “Las mayores empresas tabacaleras (Phillips Morris USA, asociada a Altria Group Inc., R.J. Reynols Tobacco Co., British American Tobacco Investments Ltd, y Lurillard Tobacco Co.) son culpables de criminalidad organizada al haber ocultado durante décadas los riesgos de fumar”.

En el año 2006, tras un proceso de varios meses, la jueza en primera instancia determinó que “las empresas engañaron a la ciudadanía” y les impuso una serie de limitaciones en la comercialización y venta de productos. Cuatro años después, las apelaciones interpuestas por la industria tabacalera acaban de ser desestimadas en forma definitiva por la CSJ de EE.UU.”. Penosamente, el fallo de la Corte rechazó la intención del Gobierno de cobrarle a la industria 280,000 millones de dólares por beneficios ilícitos y, por esa insensatez de la que hace gala el hombre moderno, las acciones de los fabricantes de cigarrillos (léase criminales, en palabras de la Corte Suprema Norteamericana) se dispararon ayer en Wall Street.

En otras palabras, los culpables de crimen de lesa humanidad no sólo no compensaron económicamente el daño que infringieron en muchísimas vidas estadounidenses, ?sin contabilizar las de todos los otros países del planeta? ni los costos que el Gobierno enfrentó para atender médicamente las enfermedades que produjo y continúa produciendo el tabaco, y que ellos conocían a la perfección, sino que los accionistas de todas esas empresas se enriquecieron más al valorizarse sus acciones.

No puede ser que cada nación permita en su territorio empresas que lideran las estadísticas de muerte por enfermedades atribuibles al producto que comercializan y que, aún más, le restan millones de dólares a las arcas estatales para atender a los cientos de miles de enfermos que ellos conscientemente provocan. Sin embargo, legalmente se escudan hoy en día en que ellos están cumpliendo con la ley al advertir a los consumidores de las consecuencias dañinas del tabaquismo. Lo que ocultan descaradamente es que “ejecutan una ingeniería de precisión para esclavizar al fumador, sobre todo a los jóvenes ingenuos.

El objetivo de los aditivos, 289 incluidos en el tabaco, según comunicó Altadis a la Sanidad Española, algunos de ellos tóxicos, es aumentar la adicción y disminuir los efectos irritantes del tabaco”, Rafael Méndez, Madrid, octubre 2007. “Al menos, hay siete compuestos derivados de la lactona, sustancia que anula a la enzima encargada de destruir a la nicotina. Al no funcionar esa proteína, la nicotina permanece más tiempo en sangre, y en los receptores cerebrales, aumentando la adicción”, Michael Rabinoff, profesor de la Universidad de California. Revista Sociedad Americana de Salud Pública, 2007. ¿Seguiremos tolerando en el mundo, impasibles, maldad tan ingeniosa?

101 años de Panamá América

 
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