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Versiones Contradictorias


¿Quién se acuerda estos días que uno de los platos fuertes de la campaña electoral que llevó a George W. Bush a la presidencia fue la de cocinar al gobierno de Bill Clinton por evasivo y mentiroso? Porque hoy la Casa Blanca se encuentra atormentada por espías internos, acusaciones de mentiras, y una lucha romana alrededor de quién dijo qué y a quién con respecto a la guerra de Irak.
Tampoco la prensa queda ilesa del cada vez más acalorado debate sobre Irak: nada menos que el jefe del bureau en Washington del semanario The Nation, David Corn, un duro crítico de Bush acusa ahora a los "plomeros de la Casa Blanca" de haber entrado en su computadora y destruido sus archivos. "Me arruinaron el website y esto no es ningún accidente", exclamó Corn con tono de desesperación cuando descubrió el hecho el pasado lunes.
El mismo Corn acababa de publicar un libro, "Las Mentiras de George W. Bush", cuya primera frase dice "George W. Bush es un mentiroso. Ha dicho mentiras grandes y pequeñas". La mentira cundió por los pasillos de la Casa Blanca para convertirse en una de las herramientas más importantes de su presidencia". Lo inquietante es que esta opinión no se limita a un periodista de la izquierda ni tampoco al agitado clima de Washington, sino que se ha convertido en una de las principales preocupaciones de los medios informativos a través del continente y del mundo.
Por ejemplo, las versiones contradictorias que emanan del Vaticano sobre el estado de salud del Papa Juan Pablo II, son tema de una airada denuncia por Daniel Samper, el prestigioso columnista de El Tiempo de Bogotá. "Su misteriosa salud es típica de la poca transparencia de su papado", acusa el columnista.
Comenta uno de los príncipes del Vaticano, el arzobispo Stanislaw Dziwisz, acerca de quiénes informaron recientemente que Juan Pablo II lucía enfermo: "Muchos periodistas que han escrito en el pasado sobre la salud del Papa ya están en el cielo". A riesgo de que se cumpla el augurio -aunque mucho temo que en mi caso el destino final me agarre en contraflujo-, está claro que se aproxima el final del Sumo Pontífice, aquejado por mal de Parkinson, cáncer de colon, las consecuencias del atentado de 1981 y sus 83 años", ironiza Samper.
"El Papa se está muriendo", continúa, "y aunque oficialmente la Iglesia no lo acepte y el vocero vaticano Joaquín Navarro afirme que se trata de "rumores mal intencionados", varios cardenales comentaron ya que se halla en los estertores de su vida. Es fácil notarlo. Se le encoge a uno el alma al ver a aquel animoso polaco que subía al trono de San Pedro en 1978 convertido en un pobre anciano encorvado, incapaz de caminar, babeante y con la cabeza caída. Sus palabras son sonidos arrastrados e inaudibles. Sus manos, dos temblorosos racimos. Esas son las informaciones por las que el poderoso cardenal Joseph Ratzinger lloró cuando una revista alemana le atribuyó una frase sobre la decrepitud del Papa, y el austriaco Christoph Schanborn explicó que sus declaraciones en el sentido de que Juan Pablo II agonizaba debían ser interpretadas "filosóficamente"".
Según David Corns, hace un año ninguna casa editorial quiso publicar su libro, cuyo título en inglés "The Lies of George W. Bush". "Ahora las editoriales lucharon entre sí para obtener los derechos de publicación para convertirse en una sensación mediática. Casi todos los días de esta semana fue entrevistado en algún programa de la televisión para convertirse, de noche a la mañana, en una sensación mediática.
Todos los panameños y las panameñas nos sentimos orgullosos cada vez que se señala que bajo la administración panameña el Canal funciona mejor que nunca. Pero a medida que ha pasado el tiempo, se ha ido afirmando una cultura de la excepción en la administración del Canal y empieza a notarse que el pueblo panameño sufre cierto desencanto porque se siente marginalizado.
Creo que no aventuro nada si afirmo que se equivocan quienes piensan que ese desencanto se debe a la ignorancia pura y simple en la que el común de la gente se encuentra acerca de las cuestiones del Canal. Se equivocan quienes piensan que esa ignorancia sólo puede ser remediada a punta de una publicidad subliminal, reducida, que trata de persuadir al público de que en el Canal "todo va bien, todo va bien", y todo irá bien si los dejamos hacer sin fiscalización y sin controles.
Todos estamos satisfechos del nivel de competencia profesional y técnica de los responsables de la Administración del Canal. Estamos asimismo persuadidos de que por muy extraordinarias, o por muy específicas que sean las tareas que deben cumplir esos responsables, el cumplimiento de esas tareas no permite la alquimia de superar ciertas características innatas a los seres humanos.
Sólo a través de la rendición de cuentas, los responsables de la administración del Canal podrán convencer al pueblo de que esa administración se hace sirviendo a los intereses nacionales. Sólo a través de la rendición de cuentas los responsables de la administración del Canal convencerán al pueblo de que el desencanto que empieza a ganar los espíritus no tiene razón de ser y de que el triunfo del hermetismo sobre la claridad ha sido solamente una contingencia, un dato intrascendente.
El lenguaje publicitario me parece inadecuado para convencer al pueblo panameño de la bondad intrínseca de las acciones que emprenderán los responsables del Canal, del eficiente desempeño y del buen manejo financiero. El único lenguaje que establecerá la confianza es el lenguaje de la verdad y del valor civil.
La Administración del Canal goza de ciertas excepciones entre las cuales está la de no necesitar el control previo de la Contraloría General para su gestión financiera aunque no esté exenta del control posterior. El objetivo de mantener la Administración del Canal protegida de los vaivenes políticos determinó que se le acordara un régimen especial.
Pero no hay duda de que la República debe ejercer un control efectivo sobre la gestión financiera de la Administración del Canal. Es obvio que la especificidad que tiene la Administración del Canal tiene sus fundamentos.
Creo que la aceptación por el pueblo panameño de esa especificidad, tanto en el plano jurídico como en el plano práctico, se explica porque después de tanto luchar y sufrir por la causa del Canal, todos los panameños y panameñas consideran al Canal como un patrimonio común, que la jerarquía constitucional ha elevado al rango de patrimonio inalienable de la nación panameña.

101 años de Panamá América

 
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