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Viaje por la conciencia del tiempo


Hace poco celebré junto a un puñado de amigos mi entrada a la ancianidad. Como yo era el objeto del insólito agasajo, dejé para lo último las palabras que suelen decirse al finalizar un brindis. Al terminar, R. H., una amiga muy querida, que hace del tiempo alegría y vértigo, sugirió que las escribiera.

Durante mi infancia no recuerdo haber tenido conciencia del tiempo. La escuela comenzó a despertar mi aversión por este tema. Sobre todo en invierno, a la hora del baño matutino.

Cuando llegué a Panamá a los once años de edad, la conciencia del tiempo se me hizo de caucho. Las horas se estiraban calurosa e interminablemente, cosa que agradecía, porque el desarraigo y la lejanía de mis amigos y de mi familia me habían reconciliado con la lectura, un hábito que ahora intuyo fue el escape hacia un mundo hecho a mi medida; de esa forma lograba modificar el curso de la historia familiar a mi favor.

Ya en el secundario el tiempo tuvo una característica más fría y tenebrosa. Betancourt, mi profesor de Física solía torturarnos con esa obsesiva inclinación suya a que halláramos el tiempo en que un objeto caía desde una determinada altura o en el que otro objeto móvil recorría una determinada distancia a una velocidad uniforme. Ahora comprendo que tal obsesión me permitió entrar en un mundo distinto a la ficción de los cuentos y novelas. Fue el inicio de una batalla entre la ciencia y la religión que, aunque moderada por los años, todavía no ha cesado.

Así, en mi temprana juventud, comencé a preocuparme más por el tiempo como cuarta dimensión del espacio y sobre todo, de su inextricable relación con el movimiento. Pues ninguno existe sin el otro. Lo absolutamente quieto es eterno y en la eternidad todo movimiento cesa. Pese a ser un consumidor de tiempo, caí en la cuenta que el tiempo transcurrido en estudiar, leer o pensar desaparecía de mi conciencia. Ese descubrimiento me llevó a Bergson.

Mientras el tiempo físico es una relación relativa entre objetos que se mueven a velocidades distintas, en la conciencia interior radica el concepto del tiempo como duración. Un fenómeno de la memoria que nos permite incluir en el presente los sucesos del pasado y construir con ellos el futuro. Es esa conciencia la que llevó a mi generación a perderse en las oscuras aguas del existencialismo, la del Ser y la Nada.

Fue durante mi carrera cuando supe que el frágil tiempo de mucha gente desaparecía desde los vuelos de la muerte o de niños cuyos nombres desaparecían de la consciencia social para pasar a ser seudónimos de otra realidad, la de una existencia anónima. Porque tras todo seudónimo se oculta el anonimato de un crimen secreto, el de la identidad.

Decidí festejar mis 65 años cuando mi madre, de casi 90, levantando el bastón, me dijo con su inalterado acento: “Pero ché, no te quejés que todavía sos un pibe”.

101 años de Panamá América

 
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