"Victimae paschali laudes Immolent Christiani"
OFREZCAN los cristianos sacrificios de alabanza a la Víctima de la Pascua. El cordero ha redimido a las ovejas: Cristo, inocente, ha reconciliado a los pecadores con el Padre. La muerte y la vida contendieron en duelo asombroso: el dueño de la vida muerto, reina vivo. Dinos tú, ¡Oh María! ¿Qué has visto en el camino?
Yo he visto el sepulcro de Cristo que vive, y la gloria del que ha resucitado. He visto los angélicos testigos, el sudario y la mortaja.
Cristo, mi esperanza, ha resucitado: Os precederá a Galilea. Sabemos que Cristo verdaderamente ha resucitado de entre los muertos: "¡Oh Tú!, Rey vencedor, apiádate de nosotros. Amen Aleluya".
La letra del himno sin el acompañamiento gregoriano, que antiguamente se pronunciaba o se cantaba, como secuencia, en la liturgia correspondiente a la solemnidad de la Pascua de Resurrección.
En la abundante y esforzada programación litúrgica, que arranca con la Vigilia Pascual, se nos invita con estas palabras, a continuación, aplicables a todos los que participan sinceramente en esta externa celebración del gran acontecimiento de nuestra fe.
"En esta noche santa, en que nuestro Señor Jesucristo pasó de la muerte a la vida, la Iglesia invita a todos sus hijos, diseminados por el mundo, a que se reúnan para velar en oración. Conmemoremos, pues juntos, la Pascua, del Señor, escuchando su palabra y participando en sus sacramentos, con la esperanza cierta de participar en su triunfo sobre la muerte y de vivir con él para siempre en Dios".
La Solemnidad de las Solemnidades, la fiesta de la Resurrección del Señor que durante cincuenta días litúrgicos estaremos conmemorando. Cristo Resucitó como El lo dijo, Cristo vive.
Sin ninguna duda, nunca sabremos lo que fue, sicológicamente hablando, la experiencia pascual de los discípulos. Los tres relatos que la liturgia recoge sucesivamente en la celebración de la Vigilia Pascual no nos ofrecen ninguna indicación en este sentido.
En compensación, es seguro que aquella persona viva de la que dicen los discípulos que se les apareció después de su muerte no es a sus ojos más que el mismo Jesús al que habían conocido y que fue crucificado por sus adversarios.
De pronto vemos cómo se establece en la conciencia de esos testigos un vaivén incesante y fecundo entre sus recuerdos referentes al hombre Jesús, y su encuentro actual con el que está vivo: cada una de esas experiencias repercute en la otra.
Así es como los discípulos van poco a poco buscando el secreto del hombre mortal en su extraña presencia pascual y, al revés, van buscando el secreto de esa persona viva en la personalidad y en la enseñanza del Maestro asesinado.
Todo el mensaje del Nuevo Testamento se inscribe en ese movimiento alternativo: Jesús es confesado como el Señor porque la iluminación pascual permite descifrar retrospectivamente la verdadera grandeza de su figura humana.
Quizá estamos demasiado familiarizados con todo una imaginería maravillosa para acoger el mensaje de pascua como una llamada urgente a la conversión.
El Señor ha resucitado. Este grito de gozo, que resuena desde hace más dos mil años, a través de nuestra historia, significa que la vida y la muerte de Jesús de Nazaret han abierto a los hombres una esperanza invencible.
El mensaje de Pascua es un "no" decidido al desánimo, a la resignación, al conformismo, lo mismo que al deseo narcisista de inmortalidad. Para resucitar hay que morir, hay que arrancarse de sí mismo, hay que dejarse despojar. Testigos del Resucitado, los apóstoles dan testimonio con su vida entregada en sacrificio de que en el corazón del fracaso y del sufrimiento el destino de los hombres sigue teniendo un sentido grandioso: cada uno está llamado a responder al amor que Dios ha manifestado en Jesús.
Así es como tenemos que celebrar este domingo por excelencia, no con la levadura vieja (levadura de corrupción y de maldad), sino con los panes ázimos de la sinceridad y la verdad.
Yo he visto el sepulcro de Cristo que vive, y la gloria del que ha resucitado. He visto los angélicos testigos, el sudario y la mortaja.
Cristo, mi esperanza, ha resucitado: Os precederá a Galilea. Sabemos que Cristo verdaderamente ha resucitado de entre los muertos: "¡Oh Tú!, Rey vencedor, apiádate de nosotros. Amen Aleluya".
La letra del himno sin el acompañamiento gregoriano, que antiguamente se pronunciaba o se cantaba, como secuencia, en la liturgia correspondiente a la solemnidad de la Pascua de Resurrección.
En la abundante y esforzada programación litúrgica, que arranca con la Vigilia Pascual, se nos invita con estas palabras, a continuación, aplicables a todos los que participan sinceramente en esta externa celebración del gran acontecimiento de nuestra fe.
"En esta noche santa, en que nuestro Señor Jesucristo pasó de la muerte a la vida, la Iglesia invita a todos sus hijos, diseminados por el mundo, a que se reúnan para velar en oración. Conmemoremos, pues juntos, la Pascua, del Señor, escuchando su palabra y participando en sus sacramentos, con la esperanza cierta de participar en su triunfo sobre la muerte y de vivir con él para siempre en Dios".
La Solemnidad de las Solemnidades, la fiesta de la Resurrección del Señor que durante cincuenta días litúrgicos estaremos conmemorando. Cristo Resucitó como El lo dijo, Cristo vive.
Sin ninguna duda, nunca sabremos lo que fue, sicológicamente hablando, la experiencia pascual de los discípulos. Los tres relatos que la liturgia recoge sucesivamente en la celebración de la Vigilia Pascual no nos ofrecen ninguna indicación en este sentido.
En compensación, es seguro que aquella persona viva de la que dicen los discípulos que se les apareció después de su muerte no es a sus ojos más que el mismo Jesús al que habían conocido y que fue crucificado por sus adversarios.
De pronto vemos cómo se establece en la conciencia de esos testigos un vaivén incesante y fecundo entre sus recuerdos referentes al hombre Jesús, y su encuentro actual con el que está vivo: cada una de esas experiencias repercute en la otra.
Así es como los discípulos van poco a poco buscando el secreto del hombre mortal en su extraña presencia pascual y, al revés, van buscando el secreto de esa persona viva en la personalidad y en la enseñanza del Maestro asesinado.
Todo el mensaje del Nuevo Testamento se inscribe en ese movimiento alternativo: Jesús es confesado como el Señor porque la iluminación pascual permite descifrar retrospectivamente la verdadera grandeza de su figura humana.
Quizá estamos demasiado familiarizados con todo una imaginería maravillosa para acoger el mensaje de pascua como una llamada urgente a la conversión.
El Señor ha resucitado. Este grito de gozo, que resuena desde hace más dos mil años, a través de nuestra historia, significa que la vida y la muerte de Jesús de Nazaret han abierto a los hombres una esperanza invencible.
El mensaje de Pascua es un "no" decidido al desánimo, a la resignación, al conformismo, lo mismo que al deseo narcisista de inmortalidad. Para resucitar hay que morir, hay que arrancarse de sí mismo, hay que dejarse despojar. Testigos del Resucitado, los apóstoles dan testimonio con su vida entregada en sacrificio de que en el corazón del fracaso y del sufrimiento el destino de los hombres sigue teniendo un sentido grandioso: cada uno está llamado a responder al amor que Dios ha manifestado en Jesús.
Así es como tenemos que celebrar este domingo por excelencia, no con la levadura vieja (levadura de corrupción y de maldad), sino con los panes ázimos de la sinceridad y la verdad.