Vida a mis años
Hoy, mientras las agujas de la Acupuntura se regocijaban en parte de mi cuerpo casi inerte, mi mente en el afán de escapar de esos 45 minutos de tensión, quiso volar hacia momentos que en realidad dan vida a mis años.
Había llegado al Centro Médico Omega caminando así que empecé por escudriñar mis caminatas matinales, la gente que saludo a mi paso, las personas mayores que ayudo a cruzar la encrucijada peligrosa de la que he hablado en otros de mis artículos. Detalles pequeños, esos, pero que dan vida a mis años.
Seguí soñando y empecé a leer las misivas que mi nieta y mis bisnietas gemelas me envían a través del correo electrónico. ¡Cuánto me halagas, Señor! No hay distancia que se interponga en nuestras vidas. El sólo pensar que me recuerdan da vida a mis años.
Las agujas en mi cuerpo no producen dolor, pero en esos momentos de suspenso pareciera que el pensamiento tiene alas y que un imán indescriptible, pero agradable, aferrara el espíritu a una dimensión del pasado y a un espacio en el presente. Es ahí cuando la potencia intelectual del alma retrocedió un cuarto de siglo. Recordé cuando mi nieto Tochy, entonces de apenas nueve años me mostró un satélite que desde el patio de la casa se veía con claridad en las alturas. Compartí con él esos momentos y el brillo de aquellos ojitos quedaron impregnados en mí para siempre. ¡Cómo da vida a mis años ese recuerdo!
Fina estampa de su padre es Marc, mi único bisnieto de apenas un añito. Cuando se tira a mis brazos y me sonríe, sus ojitos tienen el mismo resplandor y la misma inquisitiva mirada que me cautivó para siempre, esa, la de su progenitor. ¡Cómo da vida a mis años, esos momentos!
Se acerca el final del proceso de la acupuntura. Mi actividad intelectual va disminuyendo. Trato de mirar hacia la esquina del consultorio donde está sentadita, mi hija Netty, compañera en todo tiempo, y me doy cuenta que pertenezco a una familia feliz y hasta con suerte. Sentí una lágrima en mis ojos por la emoción del momento. El Dr. Chial me preguntó que cómo me sentía y le contesté que bien. Lo que él no sabe es que salí de la clínica como si le hubieran inyectado vida a mis años. La música ambiental y el tratamiento habían relajado mi ser. Caminando de vuelta a casa la figura de Michel Quoist se revelaba ante mí con este bello pensamiento que me repito con frecuencia "por amor y para el amor Dios quiere al hombre auténticamente libre". Así me sentí yo y esto ¡da vida a mis años!
Había llegado al Centro Médico Omega caminando así que empecé por escudriñar mis caminatas matinales, la gente que saludo a mi paso, las personas mayores que ayudo a cruzar la encrucijada peligrosa de la que he hablado en otros de mis artículos. Detalles pequeños, esos, pero que dan vida a mis años.
Seguí soñando y empecé a leer las misivas que mi nieta y mis bisnietas gemelas me envían a través del correo electrónico. ¡Cuánto me halagas, Señor! No hay distancia que se interponga en nuestras vidas. El sólo pensar que me recuerdan da vida a mis años.
Las agujas en mi cuerpo no producen dolor, pero en esos momentos de suspenso pareciera que el pensamiento tiene alas y que un imán indescriptible, pero agradable, aferrara el espíritu a una dimensión del pasado y a un espacio en el presente. Es ahí cuando la potencia intelectual del alma retrocedió un cuarto de siglo. Recordé cuando mi nieto Tochy, entonces de apenas nueve años me mostró un satélite que desde el patio de la casa se veía con claridad en las alturas. Compartí con él esos momentos y el brillo de aquellos ojitos quedaron impregnados en mí para siempre. ¡Cómo da vida a mis años ese recuerdo!
Fina estampa de su padre es Marc, mi único bisnieto de apenas un añito. Cuando se tira a mis brazos y me sonríe, sus ojitos tienen el mismo resplandor y la misma inquisitiva mirada que me cautivó para siempre, esa, la de su progenitor. ¡Cómo da vida a mis años, esos momentos!
Se acerca el final del proceso de la acupuntura. Mi actividad intelectual va disminuyendo. Trato de mirar hacia la esquina del consultorio donde está sentadita, mi hija Netty, compañera en todo tiempo, y me doy cuenta que pertenezco a una familia feliz y hasta con suerte. Sentí una lágrima en mis ojos por la emoción del momento. El Dr. Chial me preguntó que cómo me sentía y le contesté que bien. Lo que él no sabe es que salí de la clínica como si le hubieran inyectado vida a mis años. La música ambiental y el tratamiento habían relajado mi ser. Caminando de vuelta a casa la figura de Michel Quoist se revelaba ante mí con este bello pensamiento que me repito con frecuencia "por amor y para el amor Dios quiere al hombre auténticamente libre". Así me sentí yo y esto ¡da vida a mis años!