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Vigencia del Nuevo Periodismo


En los registros del obituario periodístico, se han levantado varias tumbas ilustres en los años recientes. "El Imparcial" de Guatemala, fundado en el siglo pasado, paralizó el cada día más breve gemido de su rotativa y su nota necrológica fue escrita con un estilo de sombrero hongo y frac a rayas. "La Razón" de Buenos Aires, que en su época de oro bordeó el millón de ejemplares diarios, ya es únicamente un par de renglones en la historia del periodismo argentino, pese a los esfuerzos titánicos de Jacobo Timmerman para resucitarla. "El Mundo" de Puerto Rico se fue al otro mundo. "La Prensa" de Lima, que yo dirigí hasta 1974 , después de ser desplazado a la fuerza por sargentos furrieles intelectuales que recibían órdenes en motocicleta del dictador Velasco Alvarado, pasó a mejor vida por razones que prefiero callar para no poner en la picota del ridículo a sus verdugos civiles.
Aquellos diarios murieron de males diversos. Pero de todas esas dolencias quizás la más mortífera y contundente fue su resistencia al cambio. Veinticuatro horas circulares e incesantes, radioemisoras y televisión ametrallaban los oídos y los ojos de bombardeados ciudadanos con noticias del país y el mundo. Sin pagar un centavo, recibían un torrente gratuito de noticias, día y noche. Los directores de los diarios difuntos no se enteraron de lo que ocurría a su alrededor, o peor aún, se enteraron, pero acabaron enredándose en su propia madeja con falsas y erróneas soluciones.
Ocho horas más tarde desde el momento en que los medios electrónicos transmitieron que John Kennedy había caído en Dallas de una bala en la cabeza, ellos salieron a la calle repitiendo que John Kennedy había caído en Dallas de una bala en la cabeza. La gente estaba confundida. Ya sabían eso. La tele y la radio lo habían dicho antes. ¿Por qué comprar un diario reiterativo, rancio, repetidor, monótono de acontecimientos conocidos? Nada hay más desoladamente viejo que el periódico de ayer. Inconsolable, triste, irrevocablemente viejo. Cuando un diario envejece, como Rip Van Vinkle que se quedó dormido cien años y nadie lo reconoció después, ya no es necesario repartir esquelas de defunción.
Pero no ha llegado el momento de paralizar las rotativas para siempre. Simplemente ha llegado el momento de definir un nuevo espacio informativo, más analítico y menos plano y superficial, que los lacónicos mensajes de la radio y la TV. "Murió el presidente tal... "Mireya Moscoso ganó la presidencia ...". El desafío consiste en informar sustancialmente lo mismo, pero desde una óptica distinta a la de los medios electrónicos. Ellos tienen el poder de la emisión instantánea de los hechos cuando aún está caliente el cuerpo de la mujer asesinada o cuando aún no se han levantado del pavimento los proyectiles lanzados contra la policía. Pero la prensa escrita tiene el poder del análisis y la interpretación. Ellos, la radio y la TV, nos dicen usualmente qué ocurrió. La prensa escrita debe contar por qué ocurrió y qué efectos provocará. ¿Cómo hacerlo y escribirlo en la computadora, bajo la presión de la hora de cierre de página? ¿Cómo hacerlo? That is the question. He allí el desafío, porque no existe una receta mágica que pueda adquirirse en las farmacias.
Al principio de los sesenta, la competencia electrónica empezó a hacer estragos en los medios de comunicación norteamericanos. Aún no existían CNN, ni camarógrafos insomnes que ponen en la pantalla los pliegues de los labios de las estrellas del cine y las dunas ondulantes del Golfo Pérsico. Porque no resistieron a la competencia, desaparecieron The New York Herald Tribune, el Journal American, las revistas Look y muchas otras más ahora archivadas en las bibliotecas públicas.
Para afrontar la mortal epidemia, mucha gente del oficio se rompió el cráneo buscando salidas para que no bajara el tiraje a niveles catastróficos y los anunciantes se fueran en masa a la televisión. De esta búsqueda febril nació el Nuevo Periodismo, como una, no la única, alternativa para no morir y prosperar suntuosamente en la jungla de papel. Como dice Tom Wolfe, mucha gente llegó al Nuevo Periodismo sin saber que otros colegas buscaban distintos caminos para llegar al mismo punto. Unos eran reporteros al ciento por ciento, periodistas pura sangre, como Gay Talese del New York Times. Otros fueron escritores, como Truman Capote, Norman Mailer, John O"Hara, que exploraban puntos de contacto entre la fantasía y la realidad. Antes que estos escritores y periodistas, Ernest Hemingway como corresponsal de guerra del Toronto Star y Cornelius Ryan metido en las líneas de avance de la guerra europea; Curzio Malaparte en el Corriera de la Sera de Milán y Raymond Cartier en las páginas satinadas de rotograbado del París Match, practicaron el nuevo periodismo, ignorándolo, como aquel delicioso personaje de Moliere. La lista de precursores es larga, y puede incluir lo mismo a Charles Dickens que a John Reed, al venezolano Rufino Blanco Fombona que a Anton Chejov y a Máximo Gorki, a Honorato de Balzac y a John Dos Passos.
Gay Talese, quizás el menos pretencioso de los practicantes del Nuevo Periodismo, lo definió como un enfoque más imaginativo del reportaje. Pienso que el memorándum de estilo escrito por los fundadores de "Time", Henry Booth Luce y Britton Hadden en los años veinte, proporciona el ABC más directo de lo que pretende implantar el Nuevo Periodismo. Aunque el memorándum de Luce y Hadden fue concebido para un semanario que recopila y analiza las noticias cotidianas, también tiene validez para el diarismo, naturalmente, a base de grandes esfuerzos de investigación contra el reloj.
Dice el manual de estilo de "Time" que las noticias deben ser escritas como si fueran un cuento corto, con una exposición, nudo y desenlace; que las noticias son creadas por seres de carne y hueso y que se debe huir del estilo impersonal y abstracto; que los hechos deben tener la descripción de los detalles resaltantes o extravagantes. Obviamente esto constituye la quiebra de la famosa pirámide invertida que enseñan a los novatos en las redacciones y en las universidades, es decir la construcción en orden descendente de lo más importante a lo menos importante, respondiendo a las célebres preguntas qué, cuándo, dónde, cómo, por qué.
Después de conocer, años atrás, que Willy Ford fue objeto de insultos y ataques por el FER 29, movimiento estudiantil que es una abstracción para los lectores, éstos habrían querido saber si los chupones de naranja o trozos de guineo le mancharon la ropa; si el vicepresidente llegó a recibir una bofetada o sólo empujones. Digo esto no por reacción sádica contra los políticos, sino porque una trifulca es, periodísticamente hablando, una rica mina de detalles, de notas humanas patéticas o divertidas.
Si se trataba de cubrir las elecciones arnulfistas, a los lectores les habría gustado saber cómo se alteró la paz provinciana con la llegada de la comitiva panameña; les habría gustado saber los entretelones y rejuegos anecdóticos; les habría gustado enterarse de cómo pasó las horas, desde su arribo hasta las elecciones, a la viuda del líder carismático y qué pensó ella de Arnulfo, después de ser ungida presidenta.
Alguien podría replicar que esos detalles anecdóticos no constituyen noticia. Si esa fuera la objección, yo podría responder que en el libro que escribió Theodore White sobre las elecciones que ganó Kennedy, los lectores no quizás no recordaban el número de votos que alcanzó en el estado de Idaho o en New Port, pero sí retuvieron en sus recuerdos la sopa de tomate que tomó esa noche Kennedy en la soledad de su casa de verano, mientras se contaban los votos, y el paseo que dio en la playa, en la compañía de su perro pastor, al conocer la noticia de su elección, como el romper de las olas que arrulló sus primeras reflexiones de nuevo inquilino de la Casa Blanca.
(Continuará en próxima entrega)

101 años de Panamá América

 
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