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Virginia Tech


Domina entre nosotros durante estos días el comentario triste sobre los sucesos en el inmenso campus de la Universidad Tecnológica de Virginia, EE.UU. Los egresados de ese plantel, al cual, lógicamente, le guardan afecto, se duelen, como es obvio, al ver el nombre de la institución envuelto en noticias tan deprimentes. Sin duda, la violencia de distinto tipo tiene vigencia en nuestro mundo de hoy.
Contrasta la frase que pusieron en boca del Presidente de ese país que visitó el lugar de los acontecimientos diciendo que "él se horrorizó ante tantos muertos", 32, entre estudiantes y profesores, quienes fueron acribillados por las balas del estudiante sur-coreano Cho, y no se horroriza de las noticias diarias que nos hablan de los 140, 130, 120 muertos diarios de Bagdag. Contrasta también que el embajador de ese mismo país exprese su preocupación por la violencia en Panamá, ¿y qué dice él de la violencia en su país? La paja en el ojo ajeno.
"Esto puede suceder en cualquier parte del mundo". Es el comentario uniforme. Nadie sabe cuándo uno de nosotros se desequilibra por cualquier alteración hormonal o nerviosa y explota en expresiones de violencia como las del estudiante Cho.
Las Iglesias normalmente incitamos a la paz, esperamos que los feligreses amen la paz, pero basada en la justicia. Sin embargo, muchos creyentes quieren arreglarlo todo con la violencia, ora verbal, física, pública, privada. Se ve que ya no encontramos alternativas para arreglar los problemas y que la que queda es la violencia. No creemos en la paz y hay que trabajar por la paz.
No es la primera vez que, en estos tiempos modernos o posmodernos con tantos avances, riqueza y facilidades internacionales, se dan esos casos de violencia mortal y masiva en planteles norteamericanos e ingleses, cosa curiosa. Es normal que muchos, entre sus anhelos, incluyan el poder estudiar en los EE.UU. por las innumerables universidades y centros educativos que existen en ese país, no sólo por sus instalaciones sino por sus múltiples facilidades y famosos catedráticos, y para estas horas suman ya muchos, y muchos estudiantes y profesionales que han cursado sus estudios en esas centros. Hay mucho "Alumni" entre nosotros. Pero, para consternación de muchos, ya venimos oyendo desde hace algún tiempo este tipo de violencia y la última fue la de Columbine, de la cual se hizo filme.
Aún recuerdo lo que sucedió en Texas University, hace ya algunos años, cuando un estudiante se atrincheró en la torre del campus y comenzó a disparar desde allí en el rango de 360 grados causando muertes, aunque no numerosas , y era un estudiante aventajado que tuvo problemas con la conscripción militar. Posteriormente, hubo otro evento en una escuela secundaria, en donde unos niños por el "sheer thrill" iniciaron una balacera en que ultimaron a estudiantes inocentes; y otros casos más que no recuerdo. Luego hubo otra matanza colectiva en Inglaterra, en Dumbar, donde un enajenado mental acribilló una escuela primaria. Se han dado muchos de esos casos que son publicados por las televisoras, y por eso nos enteramos.
Ahora bien, en este último caso, es un surcoreano estudiante que cometió semejante masacre. Lo que uno no entiende es porqué estando síquicamente enfermo pudo conseguir las armas. Hubo dos horas entre las dos agresiones. Incluso mandó fotos por Internet. Luego de lo sucedido comienzan a establecerse las responsabilidades y a ver a quién se deja echar la culpa o cargar con la culpabilidad de lo sucedido.
Creemos que todo el asunto radica, como lo han anunciado en los mismo medios, que hay miles de armas en manos de todo el mundo y viene entonces el tema de la necesidad de la proscripción de su uso. Se sabe que es un gran negocio, millonario. Incluso, se piensa que se fomentan las guerras para que prospere este maldito negocio. Los clubes de tiro se defienden como si fuera un deporte más.
No sabe uno cuántos sucesos similares tendrán que ocurrir para que nos convenzamos que si no se proscriben las armas, seguirán las desgracias en manos de enfermos repentinos y crónicos mentales.
La mansión fue construida por Enrique Linares en 1946, suegro del ex mandatario panameño.
El arquitecto Leonardo Villanueva diseñó la residencia. Este también hizo el patio andaluz del Palacio Presidencial.

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