default

Visiones del pasado y del más allá


Hoy, más que en ningún otro momento en la historia de la humanidad, estamos enfrentados a un mundo unido por la economía y las finanzas, pero fatalmente fragmentado por la falta de cohesión social. Pocos piensan en compromiso, casi todos piensan en división. Estamos ignorando a conciencia el valor imperecedero de los sacrificios ya ofrecidos, de las penurias ya vividas y de todos los métodos ya ensayados, y a los que fue necesario recurrir para alcanzar en su momento las metas consideradas inaccesibles por aquellos que siempre dudan. Olvidamos, de paso, que allí en el dolor de lo vivido y en redención de la suerte compartida está precisamente la fuente de fortaleza de los pueblos y de las personas más ilustres que ha conocido el mundo.
Simplemente porque tenemos la suerte de respirar y estar vivos durante una de las épocas más largas de paz en toda la historia humana, no significa que no hay retos ni metas por lograr. Si miramos bien, encontraremos a nuestro alrededor ejemplos abundantes de que continúa la búsqueda del progreso y el bienestar por parte de los seres humanos que, como los ciudadanos de la Unión Europea, realizan titánicos esfuerzos por renovarse. Y es que estos esfuerzos no son sino un indicativo de que aún perduran algunas de las metas inaccesibles de antaño, retándonos a diario, incesantemente. Lo que se requiere en éste y en muchos otros casos es pensar en enfrentar los retos a través de un mejor grado de compromiso, y no aferrados a la división. Para enfrentar esos retos, también tendremos de recurrir a los viejos ideales y a la fortaleza intrínseca de cada cual.
En apoyo a mi argumento creo que debemos darnos cuenta de que, en una época de crecimiento económico explosivo y de capitalismo casi sin riendas, el primer gran reto nuevo a la colectividad es hacer todo lo posible por mantenernos económicamente competitivos y a la vanguardia. A través del ejercicio del poder democrático y del acceso a la educación, nuestros pueblos está incrementando su fortaleza económica y tratando de borrar las desigualdades sociales prevalecientes. Sin embargo, se trata de una realidad de doble filo: a la par que teóricamente mejoramos los indicadores económicos, aumentan cada día las familias violentas y fragmentadas, los desempleados, la contaminación ambiental, los individuos sin valores y faltos de buenos ejemplos. Estamos cayendo en un caos invisible.
La historia enseña que, vencido un reto, surge otro más difícil para reemplazarlo. Igual que la medicina venció a la tuberculosis sólo para enfrentarse hoy al SIDA y al cáncer, hace 100 años en el mundo político se debatían los méritos de las monarquías constitucionales frente a las repúblicas o sistemas socialistas, sólo para darle paso hoy al combate de la nueva fuerza de la globalización. En el proceso, las ideologías políticas se quedaron relegadas al mundo académico.
Lo anterior cobra un significado especial para América Latina, y considero que son tiempos en que los que hay que extremar las precauciones. Aún persisten entre nosotros conflictos viejos y tendencias de profundo arraigo antidemocrático, que no benefician a nadie sino que retrasan nuestro desarrollo como comunidad y que sirven para sustentar los mismos problemas de siempre. Pienso, por ello, que es inevitable que nuestro futuro colectivo se presente y adopte la forma de una unión, similar y hasta más prometedora, que aquella que se nutre al otro lado del Océano Atlántico. Pero la unión de los latinoamericanos deberá ir más allá de los gobiernos y aferrarse en el corazón de cada uno de los habitantes de nuestros barrios y pueblos.
Aunque teóricamente el capitalismo y la globalización son fuerzas beneficiosas, su desarrollo disparejo amenaza a muchos y, en especial, a los países pequeños y sin base industrial capaz de responder a los requisitos del comercio internacional. Nuestra primera tarea es, pues, sobrevivir a estas fuerzas. Imitando a los europeos, los latinoamericanos debemos primero acopiar lo que nos une: una historia y una composición étnica muy parecidas, un lenguaje común, raíces de culturas autóctonas similares y creencias religiosas parecidas que nos dan una oportunidad de ser pioneros en un campo tan prometedor como lo es el de la integración.
En segundo lugar, los latinoamericanos necesitamos explorar y adoptar medidas heroicas que nos permitan sobrevivir. Es hora de invertir genuinamente en la educación de nuestras juventudes, hora de desarrollar en todos nosotros una ética sólida y una gran mística de trabajo. Y tenemos que trabajar con determinación cooperativa junto a aquellos países que comparten muchos de los mismos retos que nosotros. En este sentido, recordemos al ex-Presidente costarricense Dr. Oscar Arias Sánchez, quien tuvo mucha razón al convencer a nuestros vecinos centroamericanos de que resolvieran sus diferencias políticas, durante la década de los 80, entre sí mismos.
A los panameños les recuerdo que sólo entre países hermanos podremos comprendernos lo suficiente como para disculparnos los errores y ayudarnos mutuamente. Cuando los panameños crezcamos, aprenderemos más acerca de nuestro realidad y de lo que se necesita para triunfar en el nuevo mundo. Entonces comprenderemos que no nos queda otra que empezar a luchar en nuestro propio hogar, en nuestro propio barrio, en nuestro propio continente. Y quizá para entonces dejaremos de depender tanto de la caridad de otros.

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América