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Vivienda, niñez y adolescencia


América Latina es la región más urbanizada del mundo en desarrollo, de manera que 3 de cada 4 habitantes viven en centros urbanos, asegura el documento que sirvió de debate a la IX reunión de ministros y autoridades máximas de Vivienda y Urbanismo de América Latina (MINURVI), celebrado en la ciudad de Panamá en días pasados. A consecuencia de lo anterior, agrega, esta situación se traduce en una alta concentración de la población que, al margen de significar una ventaja potencial junto con el aumento de la productividad y la creatividad, conlleva a una concentración de la riqueza social aparejada con una alta difusión de la pobreza, asegura el pronunciamiento de los ministros.
Subraya el documento que se tiene la creencia que las ciudades brindan mejores oportunidades de bienestar a su población, sobre todo, en materia de servicios básicos; no obstante, la capacidad de las infraestructuras y el equipamiento comunitario es por lo general limitada, ya que muchas veces no puede ofrecer una adecuada cobertura a la escolaridad como resultado de los procesos migratorios internos.
En virtud de lo anterior, la reunión de MINURVI acordó "superar el urbanismo de trazado y reemplazarlo por un urbanismo con perspectivas de derechos humanos, en el marco de un nuevo concepto de gestión participativa que contribuya a equilibrar a la sociedad al revertir disparidades y garantizar igual calidad de vida y acceso a los espacios". Sostiene el mismo documento, que casi un 50 por ciento de la población de América Latina es menor de 18 años, lo que representaría un gran potencial si las políticas públicas se orientaran a darle el máximo de las oportunidades a estos segmentos de la población, a los niños, a las niñas y a los adolescentes. De mi parte sugiero que sería interesante extrapolar estas consideraciones regionales a la situación concreta de lo que ocurre en Panamá, donde el fenómeno de la concentración de la riqueza económica frente a una mayoría en estado de pobreza presentan un perfil marcado y perceptible todos los días en el diario acontecer nacional.
Tampoco es sólo una creencia que nuestras ciudades, en otra época tranquilas, apacibles y con capacidad para albergar en espacio y servicios a muchos otros ciudadanos de los que tenían, se han vuelto ahora estrechas, sus calles y avenidas; peligroso, el transitar diurno y nocturno, e incluso, vulnerables frentes a los desastres naturales.
La velocidad de las acciones de la sociedad organizada (gobiernos, empresa privada) para atenuar estos problemas, parecen no tener el impulso suficiente para lograr, por lo menos, aparejar el ritmo de las necesidades crecientes.Todos los días se anuncia un nuevo proyecto para responder a la demanda de la ciudadanía, e inmediatamente salta una nueva petición en lo que parece ser una carrera sin final.
Panamá es un ejemplo vivo de las migraciones internas que se intensificaron con la construcción del Canal y continúan hoy a un ritmo acelerado, sin que se logre un proceso de descentralización balanceado del que se habla por un tiempo y se abandona después. El crecimiento de la población en la periferia de las ciudades de Panamá y Colón, son indicativos serios de los efectos negativos de este fenómeno. Pero al aterrizar en el tema de los niños y adolescentes que tiene América Latina, nuestro país es motivo de vastas y profundas reflexiones, pues las necesidades de este segmento de la sociedad van más allá de los requerimientos de servicios básicos y bienes materiales, y se internan en las entrañas mismas de la dinámica social, comenzando por la familia, la educación y el entorno que la rodea y la forma.
Quizá parte de la falla del sistema en su conjunto está en que los panameños vivimos en una sociedad de y para los adultos, y nos olvidamos que todo ser humano comienza y se forja durante la niñez. Para comprobarlo basta con echar una mirada a nuestros barrios de clase humilde y ver la carencia de posibilidades de recreación sana que los ahoga, pues casi siempre las primeras instalaciones que hacen su aparición son las cantinas y centros de diversión con la consiguiente secuela de malos ejemplos diarios para los niños y jóvenes en proceso de formación, sumado a una lucha férrea por la monopolización del espacio con fines puramente comerciales. En este sentido, los gobiernos deben procurar legislaciones claras, pues de esa manera se ahorrarían grandes costos económicos y sociales a causa de los traumas que ocasionan hoy fenómenos como la delincuencia de menores y jóvenes, muchos de ellos víctimas del rechazo de su ámbito hogareño y la falta de oportunidades que les propicia el medio.
Los ministros acordaron "promover un proceso de diálogo para que se propicie la definición de políticas y legislaciones sociales que minimicen el impacto de ajustes de los programas de nuestras economías y se evite la reducción de los presupuestos en materia de gasto social para el mejoramiento de los asentamientos humanos", pronunciamiento que contrasta fuertemente con las exigencias de los organismos de crédito internacionales que financian los programas de desarrollo social en América Latina.
La participación de más de 20 países de la región en la reunión de ministros de vivienda, resulta un indicativo de la urgencia de unificar criterios frente al desafío que representa el crecimiento de las ciudades en este nuevo milenio, ampliando el marco de participación de todos los estamentos del conglomerado social en la planificación de su propio hábitat.

101 años de Panamá América

 
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