Vivir el misterio de la Santísima Trinidad (III)
Trinidad Santa, un solo Dios.
Si yo soy el cielo de Dios, su mansión, su casa, su templo, quiere decir que el Padre creador de todo lo que existe, con todo su poder y gloria habita en mí. Quiere decir que el Hijo, redentor de la humanidad y del universo, el Mesías habita en mi y quiere decir que el Espíritu Santo, el Amor del Padre y del Hijo, quien lleva adelante la historia de Salvación y que ha hecho las cosas más maravillosas a través de los santos y de toda la gente buena, El está en mi. Yo soy el cielo de Dios. Yo me defino por ser el espacio humano, limitado, creado, finito, pero realmente sagrado donde Dios habita sin dejarse aprisionar ni empequeñecerse, sin perder nada de su divinidad ni santidad, y en donde Él se complace en estar. Por eso en lo más profundo de mí está Él y mientras más voy dentro de mi ser, más lo encuentro a Él.
Esta comunicación es a través del misterio de la persona. No es que mi cuerpo sea el interlocutor, o sea realmente el espacio “donde Dios está”. Sí está en mí y en mi cuerpo, pero la relación se da en el ámbito de la persona que es espiritual. Allí Dios dialoga con uno y habita en uno con todo su ser y desde allí se “extiende” a mi cuerpo y realidad. Dios está en todas partes, (omnipresencia), pero su presencia viva, salvadora, amorosa, dialogante, (inhabitación) esa presencia “nueva” se da cuando la persona se abre a Dios y lo acepta. Por supuesto que el bautismo es el camino normal para que se de esa presencia. Es presencia del Señor y sólo ella nos hace invencibles. Amén.