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Vladimir Putín, presidente de Rusia


Se ha labrado una reputación de "duro" tras ser el principal impulsor de la guerra que sigue el ejército federal ruso contra la pequeña pero rebelde república caucásica musulmana de Chechenia. Desde entonces, Putín da seguimiento a un lento pero implacable trabajo de demolición que está reduciendo a escombros a la nación chechén.
Vladimir Putín ha asumido interinamente desde el 31 de diciembre pasado la presidencia del país y el control del maletín nuclear ruso, tras la dimisión del presidente Boris Yeltsin, abrumado por achaques de salud y un sinfín de problemas políticos y económicos. "Me marcho no por motivos de salud, sino por un cúmulo de problemas", -dijo Yeltsin- y agregó: "Les pido perdón porque muchas de nuestras esperanzas no se hicieron realidad, porque lo que pensamos que sería fácil terminó siendo dolorosamente difícil". Más claridad, no es posible.
El nuevo presidente en funciones, hombre recio y saludable, de sólo 47 años de edad, tras asumir el cargo, ha sido rudo en describir un panorama desolador de su inmenso país: Dijo que se requiere un milagroso crecimiento económico de al menos 8% anual por quince años consecutivos para tan siquiera llegar a estar a la par de España y Portugal, - ambos considerados entre los países de más modesto desarrollo de la Unión Europea -. Y añadió: Rusia está situada diez veces por debajo de Estados Unidos y cinco veces por debajo de China.
El próximo 26 de marzo Putín deberá enfrentar elecciones generales por la presidencia que ahora ocupa interinamente. Es evidente que el hecho de que esté en el trono le da una enorme ventaja teórica para esos comicios; pero ello a su vez le hace depender de la evolución y resultado de la guerra en Chechenia. Quizás por eso, uno de sus primeros actos oficiales fue desplazarse precisamente al teatro del conflicto y departir con sus generales y soldados, a la usanza de los mandatarios norteamericanos.
Del mismo modo se explica también su énfasis en evitar bajas innecesarias, recurriendo mayormente a la aviación y a la artillería blindada y de larga distancia, más que al tradicional asalto de infantería que dejó tantas pérdidas entre los rusos la guerra pasada.
Una enajenada ofensiva terrorista que voló edificios civiles en Moscú meses atrás, sirvió de pretexto y detonante para que Putín, entonces primer ministro ruso, decretara la inmediata invasión de Chechenia, a la que responsabilizó de los ataques.
Hay ocasiones que el destino depara a las naciones en crisis el dirigente adecuado para la circunstancia adecuada, tal cual lo fueron Churchill y Roosevelt para Inglaterra y Norteamérica. Vladimir Putín podría serlo ahora para una Rusia ahogada en diluviales crisis económicas; resentida, humillada y decadente; minada por un doloroso sentido de orgullo herido, tras la añoranza de perdidos años de gloria; sitiada por las mafias y a un paso de la anarquía y el desmembramiento; pero colmada de poder nuclear.

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