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Voluntario social que respeta


Más que tolerancia, lo que se precisa para ejercer el voluntariado en ambientes de marginalidad es un gran respeto por la vida, las opciones, las ideas o las actitudes de las personas. En el voluntariado social, el respeto se manifiesta primero hacia los compañeros voluntarios.

Normalmente, el voluntariado social no pone sus energías en la consecución de unas metas cuantitativas. La mayoría de las veces, su trabajo es difícil de medir. El voluntariado social se convierte en una manera de hacer las cosas, una manera de construir una sociedad democrática y una escuela de valores éticos. Para el cumplimiento de estos objetivos es imprescindible el diálogo entre personas que no tienen miedo a sus diferencias y sí una gran convicción en su igualdad como seres humanos dignos.

Si es importante el respeto hacia los compañeros voluntarios, más importante aún es el que se ha de mostrar hacia las personas marginadas. No es raro encontrarse situaciones jurídicas de ilegalidad, opciones sexuales diferentes a las mayoritarias, diferencias de cultura y de costumbres.

Respetar y comprender no significa justificar todas las actitudes. Hay que matizar el respeto con una cierta firmeza y asertividad que no está reñida con el cariño. En un centro penitenciario, la labor del voluntario no consiste en juzgar el delito de los internos. Pero tampoco la cercanía y el cariño hacia ellos deben interpretarse como aliento para las conductas delictivas. Un preso tampoco vería con buenos ojos que se le admirara por delinquir.

El voluntario debe respetarse y aceptarse a sí mismo, algo imprescindible para transmitir ánimo y autoestima a los demás. Es una reflexión que deben hacer las personas que, no aceptándose, pretenden “querer al prójimo como a sí mismos”. ¡Pobre prójimo!

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