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Washington y Chávez: historia de una farsa


Caracas (AIPE)- La accidentada y triste historia de las relaciones entre Hugo Chávez y Estados Unidos arroja lecciones para todos: para Washington, para los venezolanos tanto del gobierno como de la oposición y para los latinoamericanos interesados en las relaciones internacionales. Es la historia de una farsa, de una mascarada que los diversos participantes procuraron prolongar, haciendo caso omiso o menospreciando las evidencias que revelaban la dura e inequívoca verdad. Pero la fuerza de las cosas se ha impuesto. Washington y Chávez no pueden esconderse más uno del otro.
¿Cuáles son los intereses de Estados Unidos en Venezuela? Sobre ello no debemos engañarnos. La jerarquización de los intereses norteamericanos en el país es clara y sencilla: en primer lugar el petróleo, en segundo lugar el petróleo y en tercer lugar la democracia venezolana. ¿Hay acaso algo de malo o condenable en esto? Creerlo así sería pecar de ilusos y estoy lejos de culpar a Washington por semejante apreciación, lúcida y realista, de sus verdaderos objetivos como superpoder en nuestro país. La democracia venezolana no es problema de Estados Unidos; es problema nuestro.
Con respecto a la "revolución chavista", no obstante, surgió un malentendido entre la oposición y el gobierno norteamericano. Los representantes del Departamento de Estado en nuestra tierra se empeñaron en creer que los adversarios de Chávez deseábamos una invasión de los "marines" o un golpe de Estado (o ambos), destinados a librarnos del atolondrado caudillo electo en mala hora por un pueblo confundido e irritado. Pero ese no era el mensaje (al menos no lo fue ni es el mío). El mensaje fue: Chávez es un novato ideologizado, profundamente antiyanqui, que hará lo posible por dañar sus intereses aquí y en otros ámbitos. Es necesario hacerle entender a tiempo las realidades internacionales. La actitud blandengue, miope, alcahueta, apaciguadora y timorata de Washington la entiende Chávez como síntoma de debilidad. Estados Unidos debe actuar con pedagógica y calculada firmeza hacia Chávez y hacerlo antes de que sea tarde. Sólo de esa manera podrá Washington resguardar sus intereses sin llegar a una ruptura abierta, y, al mismo tiempo, favorecerá la democracia venezolana.
¿Qué hicieron sin embargo Washington y sus representantes en Venezuela, antes del 11 de septiembre? Pues proclamar la absurda y torpe doctrina según la cual había que "ver lo que hace Chávez, no lo que dice". Postura absurda, ya que las palabras son hechos en política internacional (como lo mostró la rueda de prensa de Chávez con sus fotos de niños afganos muertos), y torpe, pues Chávez se acostumbró a provocar a los norteamericanos sin recibir a cambio más que sonrisas y gestos de ambivalencia diplomática. ¿Resultado? Chávez acabó por irse de bruces y Washington terminó por perder la paciencia. No hay la menor duda: la "doctrina Maisto" fracasó y dejó una estela de desconfianza difícil de reparar, pues los venezolanos de la oposición hemos entendido que Washington con frecuencia trata mejor a sus enemigos que a sus amigos. No debe sorprendernos que tengan tantos enemigos.
Nuestra democracia, insisto, es problema nuestro, no de Estados Unidos. Durante los primeros tres años de Chávez, Washington se hizo de la vista gorda frente al deterioro de la democracia a manos del caudillo abusador y autoritario. De hecho, el ex embajador John Maisto, en gesto que jamás debemos olvidar los venezolanos, asumió el discurso de Chávez y se dedicó a repetir toda la basura conceptual contra la "falsa" democracia cuarta republicana, echando en saco roto lo muy útil que esa democracia le resultó a Washington en los tiempos difíciles de la lucha contra el castrismo, en los años 69 y 70. Esta lección la debemos aprender los demócratas venezolanos: con Washington no podemos ni debemos contar, sino hasta cierto punto y con prudentes reservas. Estados Unidos es un megapoder; nosotros un pequeño país, vulnerable y en muchos sentidos atrasado. Nos toca luchar con tenacidad y coraje para construir una nación libre y próspera, sin tutelajes de ninguna naturaleza. ¿Es Washington un socio comercial y un aliado estratégico? Sí lo es. ¿Es nuestro amigo? Sí, en la medida que sus intereses fundamentales estén resguardados. ¿Debemos cooperar con Washington? Sí, pero siempre con nuestros propios intereses en mente, incluida la defensa de nuestra democracia, tanto frente a los caudillos militaristas como a los superpoderes miopes.
Para los estudiosos de las relaciones internacionales, dos lecciones son obvias: 1) La política de apaciguamiento no funciona con personajes como Chávez. 2) Los grandes tienen intereses concretos, que los pequeños deben respetar, sin subordinarse a ellos.
(c)* Profesor de ciencia política, Universidad Simón Bolívar.www.aipenet.com

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