¿Y los corruptos?
La campaña electoral de 2004 fue marcada por una creciente decepción pública respecto al manejo oficial de la anterior administración.
Puede afirmarse que esa decepción incorporó un número plural de votos al otrora candidato opositor, hoy Presidente de la República; y es que el desgobierno llegó a extremos inadmisibles. Pero lo que fue voto ayer, es compromiso hoy; y seis meses después, una inquietud recorre la geografía moral del país en espera de sanciones a los corruptos de ayer.
Ni uno solo ha sido detenido, y los que han sido señalados parecen indiferentes a cualquier presión. Pero más que la actitud de los señalados, la opinión pública parece preguntarse qué es lo que está ocurriendo, si hasta hace algunos meses todo era tan evidente.
Es claro que entre el señalamiento y la evidencia existe un espacio amplio y profundo, que llegado el momento parece insalvable, ya sea por indiferencia, por incapacidad, o, lo peor, por complicidad.
Nada puede entenderse si los encargados de poner en evidencia la debacle del anterior gobierno no indican por dónde van los casos de corrupción. Hay quienes culpan de esto la encrucijada en que se encuentra el poder judicial, pero lo cierto es que si ése falla, los otros no parecen tan lejanos de esa condición.
Si el silencio oficial ante los actos de corrupción tienen su razón de ser en la misma entramada heredada del régimen anterior, entonces las autoridades deben decirlo; si las denuncias han sido colocadas, pero se desconocen públicamente, deben ser divulgadas.
Pocos dudan que no haya evidencias, aunque sean mínimas, en casos reiteradamente denunciados durante la campaña. Si no es así, también debe decirse, cerrar el capítulo y avanzar hacia otras metas, heredadas también de la campaña.
Puede afirmarse que esa decepción incorporó un número plural de votos al otrora candidato opositor, hoy Presidente de la República; y es que el desgobierno llegó a extremos inadmisibles. Pero lo que fue voto ayer, es compromiso hoy; y seis meses después, una inquietud recorre la geografía moral del país en espera de sanciones a los corruptos de ayer.
Ni uno solo ha sido detenido, y los que han sido señalados parecen indiferentes a cualquier presión. Pero más que la actitud de los señalados, la opinión pública parece preguntarse qué es lo que está ocurriendo, si hasta hace algunos meses todo era tan evidente.
Es claro que entre el señalamiento y la evidencia existe un espacio amplio y profundo, que llegado el momento parece insalvable, ya sea por indiferencia, por incapacidad, o, lo peor, por complicidad.
Nada puede entenderse si los encargados de poner en evidencia la debacle del anterior gobierno no indican por dónde van los casos de corrupción. Hay quienes culpan de esto la encrucijada en que se encuentra el poder judicial, pero lo cierto es que si ése falla, los otros no parecen tan lejanos de esa condición.
Si el silencio oficial ante los actos de corrupción tienen su razón de ser en la misma entramada heredada del régimen anterior, entonces las autoridades deben decirlo; si las denuncias han sido colocadas, pero se desconocen públicamente, deben ser divulgadas.
Pocos dudan que no haya evidencias, aunque sean mínimas, en casos reiteradamente denunciados durante la campaña. Si no es así, también debe decirse, cerrar el capítulo y avanzar hacia otras metas, heredadas también de la campaña.