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Y, ¿se hará justicia?


El pasado 26 de mayo la ministra de la Juventud, la Mujer, la Niñez y la Familia, licenciada Leonor Calderón A., presentó a la Asamblea Legislativa el Proyecto de Ley para la Equiparación de Oportunidades para las Personas con Discapacidad. Este proyecto tiene como objetivo fundamental eliminar las barreras físicas y de actitud, para permitir a las personas con discapacidad participar plenamente en todas las actividades de la sociedad.
La lucha por lograr el espacio dentro de la sociedad a que todos tenemos derecho y el goce pleno de oportunidades, en igualdad con sus pares, es un esfuerzo titánico al que se tienen que enfrentar las personas con discapacidad todos los días. La discriminación no es solamente el rechazo o negación de oportunidades, es también el trato como sujetos de menor valía (minusválidos), que no pueden aportar, sino que por el contrario deben ser sujetos de la caridad pública.
La evolución histórica de las personas con discapacidad está llena de injusticias cometidas en el nombre de la justicia. Desde la terrible historia de la roca de Tarpeya en la que los griegos estrellaban a los recién nacidos con discapacidades para evitarle esa "carga" al Estado, hasta los casos de eutanasia por medio de los últimos avances científicos.
Las personas con discapacidad han sido objeto de vejámenes, burlas violencia y maltrato por parte de familiares, amigos, compañeros y vecinos.
Se han visto rechazados, ignorados y postergados por los que están llamados a brindarles amparo y oportunidades. Los más sórdidos casos se utilizan para mover a la compasión, para generar caridades, para resaltar lo negativo, para causar impacto y desazón. Los vemos con frecuencia en la prensa y en la televisión con el equivocado mensaje de que las personas con discapacidad no pueden hacer nada sin la protección paternalista del resto de la sociedad.
Pero con una persistencia digna de admiración profunda, muchos han logrado superar todos los obstáculos para ocupar puestos de prestancia en la historia de la humanidad. Las contribuciones de personas con discapacidad en todos los campos del saber humano son notables y han permanecido a través de los años y de las circunstancias. Nombres como Beethoven, en la música, el Dr. Stephen Hawking, en física y Jim Abbo, en deportes, gozan de nuestra admiración y respeto. Pero acaso ¿ofrecemos esta misma admiración y respeto a todos esos seres anónimos que viven en nuestras casas, en nuestros barrios, que van a nuestras escuelas o trabajan en nuestros centros?
¿En cuántas ocasiones pasamos con indiferencia o lástima al lado de una persona con discapacidad sin darle otro pensamiento que la satisfacción de no estar en las mismas condiciones? ¿Cuántos de nosotros vemos con repudio a los que arriesgan sus vidas en los semáforos para procurarse un sustento? ¿Cuántas veces vemos los casos más conmovedores y nos sentimos en paz con nuestra conciencia porque les damos algo material? ¿Cuántas veces vemos una persona que puede caminar tomar el estacionamiento de personas con discapacidad y no decimos nada? ¿Cuántas veces vamos al cine, a la iglesia, a los estadios, restaurantes, salas de fiesta, reuniones políticas, y otras actividades que nos gustan a todos y no nos aseguramos que las personas de movilidad reducida puedan asistir y participar? ¿Cuántos de nosotros estaríamos verdaderamente dispuestos a salirnos del camino para ayudar a una persona que necesite una mano amiga en la escuela o el trabajo? ¿Cuántos maestros estarían dispuestos a dar un paso más para que un niño(a) con discapacidad pueda estar al lado de los niños(as) sin discapacidad? ¿Cuántos jefes, empresarios, industriales y empleadores estarían dispuestos a darle la oportunidad a personas con discapacidad en sus áreas de trabajo y a pagarles un salario justo?
No es necesario buscar las respuestas a las preguntas anteriores para darnos cuenta que éstos son ejemplos de injusticias que cometemos diariamente, sin darnos cuenta o sin intención, pero afectando a los que por acción u omisión le negamos el acceso y la participación en las actividades familiares y comunitarias.
El proyecto de ley presentado a la asamblea, hace pocos días, pretende aminorar estas injusticias y a través de la eliminación de barreras arquitectónicas y de estructuras mentales discriminatorias, permitir la interacción de las personas con discapacidad en la sociedad panameña.
El proyecto recoge las aspiraciones mínimas de las personas con discapacidad. No es la respuesta total a sus necesidades, pero los acerca a una sociedad más justa y a una posición más normalizada. Y es el esfuerzo consensuado de la sociedad civil organizada y las instituciones del gobierno.
Faltan pocos días para que concluyan las sesiones de la actual asamblea. ¿Tendrán los legisladores y las legisladoras la voluntad política de hacer justicia a este grupo de ciudadanos y ciudadanas que por haber nacido en este territorio tienen los derechos que consagra la Constitución Política a todos los nacionales? Ellos y ellas tienen la última palabra y la posibilidad de hacer justicia.

101 años de Panamá América

 
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