Ya no hay razón para estar acomplejados
En el principio, la tierra y la gente del Istmo estaba dejada a su suerte. Las culturas locales y las que vendrían posteriormente (indígenas) guerreaban entre ellas (guerras de cacicazgos). Después llegaron los asombrados españoles, que aunque mataron gente, no tuvieron asco (como sí tuvieron los ingleses) de mezclarse con los indígenas. Luego vinieron los africanos esclavizados por los portugueses y vendidos por los genoveses. Los españoles dieron muestras, una vez más, de su tendencia a facilitar el mestizaje mezclándose con este nuevo elemento. Se establece el mestizaje indoblanquinegro en todas sus manifestaciones, quedando población relativamente pura también.
Los ingleses (directamente o en asocio con los escoceses o los indígenas Mískito de Nicaragua) e incluso, los franceses y las propias colonias hispanoamericanas bajo la autoridad real o en abierta rebeldía a esa autoridad, numerosamente se trataron de tomar a Panamá para sus propios fines durante el período colonial.
Cuando las colonias se empiezan a levantar contra España, también hubo intentos directos (1819) o indirectos (Carta de Jamaica), de tomarse el Istmo, o dejar lo neutro en un territorio bajo mandato mixto. La figura de Bolívar en la América del Sur; los hechos de la Confederación Centroamericana, son elementos que llevan a los panameños a entrar al club de los pro independencia de España, aprovechando que esa monarquía estaba siendo debilitada y sometida por los franceses. Así nos quitamos a los españoles, pensando que nos venía encima Bolívar, y lo que nos vino fue una pesada e imperfecta Colombia.
Esta unión desigual siempre contravino las esperanzas panameñas. Colombia nos enseñaba (sin éxito) que nuestra voluntad y deseos no valían nada al lado de la voluntad colombiana vista como un todo. Intentaron convencernos (sin éxito) que nuestra ruina y sufrimiento eran necesarios, igual que la ruina y sufrimiento de todos los demás Departamentos, para hacer feliz a Bogotá.
Nos enseñaron que, aunque separados por los macizos montañosos y la selva del Darién, Bogotá podía transmitir sus guerras civiles y desastres políticos al Istmo, para que tuviéramos nuestra cuota de problemas innecesariamente. Nos aseveraban que esos raros deseos panameños de no desear participar en las violencias nacionales, eran pseudo traidores, y por ello nos colocaban Gobernantes que se ganaban la animadversión de los panameños.
Mientras los panameños reunían su propio dinero para hacer sus escasas carreteras, vías de acceso, alguna escuela, algún remedo de hospital, etcétera, los impuestos panameños iban derecho a las arcas de un agujero negro llamado Fisco Colombiano, el cual era prodigiosamente eficaz en desaparecer esos dineros y los de todos los Departamentos, para comprar armas con que defender en el poder al partido político que hubiera ganado legal o fraudulentamente las elecciones presidenciales.
Luego Colombia firma con Estados Unidos un tratado que cobra vigencia en 1848 y que en su artículo 35, entregaba en bandeja de plata la intervención de Estados Unidos en el Istmo. Vinieron tajadas de sandía y muchos sucesos que justificaron la intervención. Los panameños se dieron cuenta que este tratado garantizaba la soberanía colombiana en el Istmo, reconociendo con ello la poca seguridad que tenían que siguiéramos siendo colombianos. También rechazaron un ventajoso tratado para construir un canal que sacara al país de la miseria.
Luego nos quitamos a los colombianos el 3 de noviembre de 1903. ¡Bien! Pero el 18 de ese mes firmamos un tratado con Estados Unidos, que hasta 1977 nos dio dolores de cabeza, si bien los demás países juraban que estábamos de luna de miel. Sucesos ocurrieron, fueron y vinieron. Algo de sangre corrió. La gota que derramó nuestro vaso de paciencia ocurrió del 9 al 11 de enero de 1964. Allí se dio el grito de recuperación de una parte de nuestra soberanía, que se perfeccionó en 1977 y vino a culminar el pasado 31 de diciembre.
Durante nuestra relación con Estados Unidos aprendimos que el jamón de Virginia, el pavo relleno, las nueces, manzanas, uvas, peras y fruit cakes eran mejores y preferibles a nuestro pollo, tamales, quequis, papaya y guayaba. Que el argénteo zinc era mejor que la mohosa teja. Que la piel blanca anglosajona era mejor que la blanca o mestiza hispana. Aprendimos que si un anglosajón violaba a una cholita, ella lo había provocado por pizpireta, y que si un mulato o cholo le daba un beso a una rubia en inglés, debía ir no menos de 20 años a la cárcel en Gamboa. Aprendimos que sólo ellos podían tener jardines sin arrieras, vestir de blanco, hacer picnics en el patio, poner velas de olor y tener mujeres negras o cholitas ignorantes esclavizadas de sirvientas. También aprendimos que teníamos que doblar la rodilla y bajar la cabeza cuando a ellos se les metía que teníamos que hacer tal o cual cosa (aunque algunas veces no cedimos, y fue con éxito).
A partir de enero del 2000, ya no tenemos a España ni a Colombia ni a Estados Unidos. Nadie nos señala con un dedo como los malos de la película, que no podemos hacer nada si no lo dice y ordena otro país. Hoy, sin haber perdido ni ganado un ápice de soberanía, estamos frente a nosotros mismos en el espejo. Lo que vemos no es agradable porque estamos algo sucios, golpeados, moreteados, sangrados, acomplejados y no muy convencidos que podemos caminar solos sin caernos.
Hoy podemos dedicarnos a ser panameños, facilitar el asentamiento de nuestro violento mestizaje. Podemos dedicarnos a perfeccionar las bases de nuestra vocación de servicio universal sin perjudicarnos a nosotros mismos. Podemos demostrarnos a nosotros mismos, podemos darnos la oportunidad de darnos cuenta que sí podemos, que sí somos capaces, que no somos ignorantes ni malos sin remedio. Que podemos seguir aprendiendo de todo aquel que nos quiera enseñar, y que también podemos educar a quien se quiera dejar.
Hoy podemos empezar a escribir en serio nuestra historia. Y nos daremos cuenta que es rica, magnífica, inimitable y envidiable. Que podemos llegar a la cúspide y ser incluso modelo para nuestros países hermanos. Dios ha querido que seamos diferentes a los demás en casi todo por algo. Por ello nos pasaron cosas (o no nos pasaron) que en otras tierras se extrañan. ¡Aceptemos el reto!
Los ingleses (directamente o en asocio con los escoceses o los indígenas Mískito de Nicaragua) e incluso, los franceses y las propias colonias hispanoamericanas bajo la autoridad real o en abierta rebeldía a esa autoridad, numerosamente se trataron de tomar a Panamá para sus propios fines durante el período colonial.
Cuando las colonias se empiezan a levantar contra España, también hubo intentos directos (1819) o indirectos (Carta de Jamaica), de tomarse el Istmo, o dejar lo neutro en un territorio bajo mandato mixto. La figura de Bolívar en la América del Sur; los hechos de la Confederación Centroamericana, son elementos que llevan a los panameños a entrar al club de los pro independencia de España, aprovechando que esa monarquía estaba siendo debilitada y sometida por los franceses. Así nos quitamos a los españoles, pensando que nos venía encima Bolívar, y lo que nos vino fue una pesada e imperfecta Colombia.
Esta unión desigual siempre contravino las esperanzas panameñas. Colombia nos enseñaba (sin éxito) que nuestra voluntad y deseos no valían nada al lado de la voluntad colombiana vista como un todo. Intentaron convencernos (sin éxito) que nuestra ruina y sufrimiento eran necesarios, igual que la ruina y sufrimiento de todos los demás Departamentos, para hacer feliz a Bogotá.
Nos enseñaron que, aunque separados por los macizos montañosos y la selva del Darién, Bogotá podía transmitir sus guerras civiles y desastres políticos al Istmo, para que tuviéramos nuestra cuota de problemas innecesariamente. Nos aseveraban que esos raros deseos panameños de no desear participar en las violencias nacionales, eran pseudo traidores, y por ello nos colocaban Gobernantes que se ganaban la animadversión de los panameños.
Mientras los panameños reunían su propio dinero para hacer sus escasas carreteras, vías de acceso, alguna escuela, algún remedo de hospital, etcétera, los impuestos panameños iban derecho a las arcas de un agujero negro llamado Fisco Colombiano, el cual era prodigiosamente eficaz en desaparecer esos dineros y los de todos los Departamentos, para comprar armas con que defender en el poder al partido político que hubiera ganado legal o fraudulentamente las elecciones presidenciales.
Luego Colombia firma con Estados Unidos un tratado que cobra vigencia en 1848 y que en su artículo 35, entregaba en bandeja de plata la intervención de Estados Unidos en el Istmo. Vinieron tajadas de sandía y muchos sucesos que justificaron la intervención. Los panameños se dieron cuenta que este tratado garantizaba la soberanía colombiana en el Istmo, reconociendo con ello la poca seguridad que tenían que siguiéramos siendo colombianos. También rechazaron un ventajoso tratado para construir un canal que sacara al país de la miseria.
Luego nos quitamos a los colombianos el 3 de noviembre de 1903. ¡Bien! Pero el 18 de ese mes firmamos un tratado con Estados Unidos, que hasta 1977 nos dio dolores de cabeza, si bien los demás países juraban que estábamos de luna de miel. Sucesos ocurrieron, fueron y vinieron. Algo de sangre corrió. La gota que derramó nuestro vaso de paciencia ocurrió del 9 al 11 de enero de 1964. Allí se dio el grito de recuperación de una parte de nuestra soberanía, que se perfeccionó en 1977 y vino a culminar el pasado 31 de diciembre.
Durante nuestra relación con Estados Unidos aprendimos que el jamón de Virginia, el pavo relleno, las nueces, manzanas, uvas, peras y fruit cakes eran mejores y preferibles a nuestro pollo, tamales, quequis, papaya y guayaba. Que el argénteo zinc era mejor que la mohosa teja. Que la piel blanca anglosajona era mejor que la blanca o mestiza hispana. Aprendimos que si un anglosajón violaba a una cholita, ella lo había provocado por pizpireta, y que si un mulato o cholo le daba un beso a una rubia en inglés, debía ir no menos de 20 años a la cárcel en Gamboa. Aprendimos que sólo ellos podían tener jardines sin arrieras, vestir de blanco, hacer picnics en el patio, poner velas de olor y tener mujeres negras o cholitas ignorantes esclavizadas de sirvientas. También aprendimos que teníamos que doblar la rodilla y bajar la cabeza cuando a ellos se les metía que teníamos que hacer tal o cual cosa (aunque algunas veces no cedimos, y fue con éxito).
A partir de enero del 2000, ya no tenemos a España ni a Colombia ni a Estados Unidos. Nadie nos señala con un dedo como los malos de la película, que no podemos hacer nada si no lo dice y ordena otro país. Hoy, sin haber perdido ni ganado un ápice de soberanía, estamos frente a nosotros mismos en el espejo. Lo que vemos no es agradable porque estamos algo sucios, golpeados, moreteados, sangrados, acomplejados y no muy convencidos que podemos caminar solos sin caernos.
Hoy podemos dedicarnos a ser panameños, facilitar el asentamiento de nuestro violento mestizaje. Podemos dedicarnos a perfeccionar las bases de nuestra vocación de servicio universal sin perjudicarnos a nosotros mismos. Podemos demostrarnos a nosotros mismos, podemos darnos la oportunidad de darnos cuenta que sí podemos, que sí somos capaces, que no somos ignorantes ni malos sin remedio. Que podemos seguir aprendiendo de todo aquel que nos quiera enseñar, y que también podemos educar a quien se quiera dejar.
Hoy podemos empezar a escribir en serio nuestra historia. Y nos daremos cuenta que es rica, magnífica, inimitable y envidiable. Que podemos llegar a la cúspide y ser incluso modelo para nuestros países hermanos. Dios ha querido que seamos diferentes a los demás en casi todo por algo. Por ello nos pasaron cosas (o no nos pasaron) que en otras tierras se extrañan. ¡Aceptemos el reto!