Yo acuso, tú acusas...
En todos los continentes y en todas las épocas, la gente ha tenido la tendencia a juzgar fácilmente a los demás. De todos es (o debería ser) conocida la historia que sintetizamos a continuación: "En un barrio de una ciudad europea se mudó una viuda con tres hijos. Como nunca la veían salir y los comentarios de quienes le llevaban útiles y comida era que siempre estaba acostada, la juzgaron como vaga. Como recibía a tres hombres muy menudo, a casi cualquier hora y por separado, y adicionalmente enviaba a comer a sus hijos con los vecinos y sólo iban a la escuela y luego a hacer sus deberes y dormir, los vecinos la juzgaron como mujer promiscua y lujuriosa. Un día la llevaron al hospital y murió. Los vecinos juzgaron que se había hecho justicia. Sin embargo, poco después supieron que tenía una enfermedad incurable que la hacía estar en cama todo el día, razón por la cual enviaba a comer fuera a sus hijos, y que los hombres que la visitaban por separado a cada rato, eran su hermano, su médico y su abogado."
Este relato se podría aplicar muy bien en nuestro país. ¿Por qué? Porque nosotros estamos acostumbrados a prestar atención a todo lo que se dice en la calle, en la sala de espera del consultorio, en el vestíbulo de la oficina pública, y por supuesto, en los periódicos, radios y televisoras. Raras son las personas que al escuchar o leer un comentario donde la reputación de una persona (sea quien sea) está en entredicho, se preocupan de averiguar más para ver si se trata de una broma, de un error, o si es una cosa verdadera, e incluso, si será una calumnia o injuria. Todo lo contrario, le ponemos más leña al fuego agregándole detalles que no se habían dicho. De hecho, si la persona logra ser absuelta de las dudas o hechos conque se le acusó, tan malos somos, que entonces adoptamos la postura que "como es fulanito o fulanita, los dejaron quietos", porque "si fuera el hijo de la lavandera, otro gallo cantaba".
La vida, honra y nombre de una persona es lo más digno de respeto por parte de sus vecinos, compañeros de trabajo, familiares y la sociedad en general. La vida, porque nadie tiene el poder de crear la vida de la nada; por ello, nadie tiene derecho (excepto el Estado en ciertos casos) para quitarla. Esto incluye la vida que aún no ha nacido y a la que se le llama feto mientras esté en su etapa uterina. La honra, porque ningún ser humano puede construirle la honra a nadie sino uno mismo; luego, cuando a alguien que le ha tomado años ser notorio en su área profesional o de trabajo, viene otro y le "serrucha el piso" por envidia, ya luego no podrá hacer nada para reparar el daño hecho. Y el nombre, porque cuando Fulana o Fulano de Tal han mantenido una vida tranquila, útil y productiva, sin hacer daños a los demás, sin actos escandalosos y más bien ayudando a los demás de diversa manera, nadie tiene derecho a ensuciar el nombre ajeno, pues una vez manchado, aunque se limpie, quedan huellas de la mancha.
Tenemos una buena ocasión tanto a nivel de gobierno como de ciudadanía, para que los habitantes de nuestro país, tanto los que trabajan para el Estado como los que no, cambien de actitud, se conviertan de sus errores, y decidan imprimirle a sus vidas un soplo de frescura, intentando reparar las malas acciones que le han hecho a otros.
Pedirle perdón a las personas que hayan ofendido alguna vez, incluyendo a aquella muchacha inexperta que le entregó su cuerpo a alguno y, quedando encinta, la abandona, o peor, le "sugiere" abortar. A aquel hombre sensible que se enamoró de aquella mujer, y que ella le partió el corazón y lo lanzó al alcohol y la frustración. A esos niños que se quedaron sin padres, pues sus padres sanguíneos "no querían problemas" sino sólo sexo con sus madres. Perdonar a nuestros padres por los errores que hayan cometido con nosotros. Hay que pedirle perdón también a la Patria, pues la vendemos todos los días con los comentarios que hacemos en radio, prensa y televisión, y también en sitios públicos.
Tarea de gobierno y empresa privada es unir fuerzas y lograr que, junto con los clubes cívicos, se dicten charlas de interés social en las barriadas para crear conciencia en la gente y que no sean insensibles ante el dolor ajeno.
Este relato se podría aplicar muy bien en nuestro país. ¿Por qué? Porque nosotros estamos acostumbrados a prestar atención a todo lo que se dice en la calle, en la sala de espera del consultorio, en el vestíbulo de la oficina pública, y por supuesto, en los periódicos, radios y televisoras. Raras son las personas que al escuchar o leer un comentario donde la reputación de una persona (sea quien sea) está en entredicho, se preocupan de averiguar más para ver si se trata de una broma, de un error, o si es una cosa verdadera, e incluso, si será una calumnia o injuria. Todo lo contrario, le ponemos más leña al fuego agregándole detalles que no se habían dicho. De hecho, si la persona logra ser absuelta de las dudas o hechos conque se le acusó, tan malos somos, que entonces adoptamos la postura que "como es fulanito o fulanita, los dejaron quietos", porque "si fuera el hijo de la lavandera, otro gallo cantaba".
La vida, honra y nombre de una persona es lo más digno de respeto por parte de sus vecinos, compañeros de trabajo, familiares y la sociedad en general. La vida, porque nadie tiene el poder de crear la vida de la nada; por ello, nadie tiene derecho (excepto el Estado en ciertos casos) para quitarla. Esto incluye la vida que aún no ha nacido y a la que se le llama feto mientras esté en su etapa uterina. La honra, porque ningún ser humano puede construirle la honra a nadie sino uno mismo; luego, cuando a alguien que le ha tomado años ser notorio en su área profesional o de trabajo, viene otro y le "serrucha el piso" por envidia, ya luego no podrá hacer nada para reparar el daño hecho. Y el nombre, porque cuando Fulana o Fulano de Tal han mantenido una vida tranquila, útil y productiva, sin hacer daños a los demás, sin actos escandalosos y más bien ayudando a los demás de diversa manera, nadie tiene derecho a ensuciar el nombre ajeno, pues una vez manchado, aunque se limpie, quedan huellas de la mancha.
Tenemos una buena ocasión tanto a nivel de gobierno como de ciudadanía, para que los habitantes de nuestro país, tanto los que trabajan para el Estado como los que no, cambien de actitud, se conviertan de sus errores, y decidan imprimirle a sus vidas un soplo de frescura, intentando reparar las malas acciones que le han hecho a otros.
Pedirle perdón a las personas que hayan ofendido alguna vez, incluyendo a aquella muchacha inexperta que le entregó su cuerpo a alguno y, quedando encinta, la abandona, o peor, le "sugiere" abortar. A aquel hombre sensible que se enamoró de aquella mujer, y que ella le partió el corazón y lo lanzó al alcohol y la frustración. A esos niños que se quedaron sin padres, pues sus padres sanguíneos "no querían problemas" sino sólo sexo con sus madres. Perdonar a nuestros padres por los errores que hayan cometido con nosotros. Hay que pedirle perdón también a la Patria, pues la vendemos todos los días con los comentarios que hacemos en radio, prensa y televisión, y también en sitios públicos.
Tarea de gobierno y empresa privada es unir fuerzas y lograr que, junto con los clubes cívicos, se dicten charlas de interés social en las barriadas para crear conciencia en la gente y que no sean insensibles ante el dolor ajeno.