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¡Yo no soy indio!


El término "indio", a mi manera de ver, es un peyorativo que nos sellaron a sangre y fuego los avasalladores ibéricos bajo el título del error de Colón, pero ha pasado más de 500 años y nadie se ha dignado corregir el execrable error.
No viene al caso discutir si fue o no un error motearnos de indios. Se sabe que las fuerzas invasoras y opresoras imponen a los pueblos subyugados nombres y sobrenombres más adecuados a la cuadratura de sus lenguas y al nivel conceptual de su época. Esta actitud prepotente la han adoptado todas las fuerzas invasoras y opresoras a lo largo y ancho de la historia de la humanidad. Así los "Inuits" se les llamara esquimales; a los samer, lapones; a los soumi, filandeses; y a los romani, gitanos. A otros pueblos se les negrea su existencia como los curdos, armenios, vascos, corsarios, etc.
La lista de las formas para someter a los pueblos es infinitamente larga, muy larga. No creo que cambiando la frase: "Yo no soy indio" a cualquier otro, cambie el significado de la opresión que somos objetos como parte de algunas autoridades educativas, específicamente (dicho sea de paso: Yo ya no soy indio, ni nativo, y ni siquiera negro del Darién; soy "un insubordinado", calificativo difícil de sustentar, ya que a la fecha nunca dejé de cumplir con mis obligaciones como rector de la Escuela Artes y Oficios -suspendido- y eso nadie me lo cambia).
Si no arrancamos de raíz los mecanismos y símbolos de la opresión, seguiremos siendo tan oprimidos, como los fueron nuestros antepasados. No es, pues, el alias de "indio" que hace daño; es la actitud sectaria de algunos malos panameños, segregacionista con la mentalidad colonizadora y colonizante que le da toda la carga peyorativa a la frase: "Yo no soy Indio".
Es muy fácil seguir echándole la culpa a otros de nuestros errores. Mientras no recuperemos nuestros valores culturales proyectándonos al futuro, seguiremos siendo objetos de sometimientos, vejámenes, explotaciones e injusticias por parte de aquellos que incansablemente lo intentan.
El reto es reducir efectivamente la brecha entre jóvenes blancos y negros. Claro que aumentar la estabilidad de las familias negras debería ser de alta prioridad, como el fallecido senador Daniel Patrick Moynihan lo reconoció hace décadas. Y las leyes de impuestos y de beneficencia pública deben beneficiar en lugar de castigar a las familias con padre y madre.
Evidentemente que ha llegado el momento de despenalizar las drogas. El narcotráfico atrae a los jóvenes negros porque ganan mucho más (si no los agarran) que las alternativas legales, que tienden a pagar sueldos bajos. Aún los conservadores que están en contra de la despenalización deben reconocer que el sistema actual hace inmenso daño a la comunidad negra, especialmente a los muchos negros que pasan años en prisión por drogas.
El dilema racial americano de hace medio siglo ha mejorado, pero sigue existiendo desigualdad entre jóvenes blancos y negros. Ese debe ser el blanco de las políticas públicas en cuestiones raciales.
* Premio Nobel 1992, profesor de economía de la Universidad de Chicago.
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