Zapatero a tus zapatos
"LO QUE natura no da, Salamanca no presta". No hay duda que los dones y los talentos son propios de cada persona o ser humano. Hay quienes saben hablar, otros no, pero escriben muy bien; hay quienes escriben bien y hablan bien; hay quienes saben declamar y otros no; hay buenos y malos oradores; hay quienes descollan en una determinada arte o ciencia y en otras cuestiones, propias de la vida, evidencian algún grado de torpeza.
Confieso mi resistencia a las cuestiones manuales. No se nada de plomería, albañilería, electricidad, ebanistería, aunque cuando muchacho trabajé en una imprenta en donde mi labor se constreñía a barrer y a recoger los recortes de papel que abundaban, cada tarde, en el piso. Mi padre, que laboró por algunos años como ayudante de albañil, hacía que lo acompañara en algunas jornadas y por mucho que me enseñó a serruchar nunca aprendí, siempre me salía torcido el corte. Procuró que aprendiera a clavar y terminé, en varias ocasiones, con la pérdida de las uñas.
En cada uno de nosotros existen talentos y flaquezas; fortalezas y debilidades; grandes salidas e inmensos errores. Ningún semejante debe jactarse ante los demás de sus fortalezas pensando o considerando que el "otro" está plagado de fallas o debilidades. En tal forma de actuar no hay sabiduría. Todo esto a propósito de qué. Explico. Hace unos días, en horas de la tarde, me encontraba en el Salón de Audiencias del Segundo Tribunal Superior de Justicia, presto a realizar una audiencia pública ante jurados por un supuesto delito de tentativa de homicidio. Entre tanto esperábamos el inicio de la audiencia, Rafael Rodríguez, acusador particular, Celio Gutiérrez, abogado chorrerano y el suscrito departíamos, amicalmente cuestiones propias de los abatares de la justicia penal patria. En eso, se nos aproximó una dama, abogada, concoida en nuestro medio como "penalista", de no pocas letras menudas y cuando Rodríguez le dice "Qué opina de los anteproyectos de leyes", dijo lo siguiente: "Hay cuestiones en ellos que ignoran al ABC del Derecho Penal". Guardé silencio, no dije nada. Los años me han enseñado a saber hablar oportunamente y a escoger el medio y los instrumentos de mis defensas.
Ningún buen abogado expide argumentos a la ligera, primero mesura, analiza, mide el sentido y alcance de sus palabras, de sus apreciaciones, vuelve a mesurar, mira los pro y los contras de sus análisis y luego, luego de mucha reflexión, sentencia con agudo pensamiento y juicio valorativo lo que concluye tras un exhaustivo proceso de meditación. Aunque pareciera que esto se logra tras largas horas de reflexión, se equivocan, todo ello ocurre en cuestión de segundos. Es lo que algunos han llamado "mente ágil".
La audiencia no se realizó porque advertí una causal de nulidad en el proceso y que violentaba las garantías redefensa de mi defendido: La acusación particular planteada en el año de 1996 no había sido dada en traslado al acusado ni a su defensor: El propio jurado sentenció que se violentaba el debido proceso si la audiencia se realizaba en esas condiciones. Al Tribunal no le quedó otra alternativa que cancelar el juicio y aprobar una nueva fecha para la celebración de la audiencia, pero en plena garantía de su defensa.
De retorno a la oficina traje a la dama del ABC a memoria. Busqué en los archivos de mi mente anécdotas que quiero compartir. En cierta ocasión, ambos, ella y yo, disertábamos en un Congreso de Derecho Penal en Bogotá Colombia. Se le pidió a la jurista que hablara del consentimiento de la víctima en el ámbito del Derecho Penal. Como compatriota no quise perderme la disertación de la colega. A mi lado, como parte del auditorio, se encontraba nada más y nada menos que Luis Rodríguez, célebre penalista, catedrático titular de Derecho Penal en la Universidad Complutense de Madrid, y cuando escuchó a la colega me advirtió: "Pero esta señora sabrá de lo que está hablando, no tiene ni la menor idea de lo que significa el consentimiento de la víctima y sus efectos en el Derecho Penal”". Simplemente había ocurrido algo bien delicado: la colega no se había preparado y desconocía lo que significa el consentimiento de la víctima como causal de eximición de la responsabilidad penal para ciertos delitos y circunstancias. La dama bajó la mirada, avergonzada ante el auditorio, lentamente bajó del púlpito y se retiró del recinto. No tenía nada que decir.
Ayer, esa misma persona, olvidando con facilidad y ligereza el pasado, se jactaba de dominar el ABC del Derecho Penal. Lo mismo ha venido ocurriendo con unos respetables abogados y abogadas que ahora resultan que son los grandes penalistas del país: nunca han pisado un estrado tribunalicio; nunca han ejercido Derecho Penal; desconocen del Derecho Procesal Penal, no saben de los conceptos pilares de esta importante rama del Derecho Público; ignoran y desconocen, por completo, las tendencias actuales de ese Derecho; si se les preguntara en qué consiste la teoría del riesgo permitido en Derecho Penal balbucearían y nada responderían; si se les hablara de Kauffman o de Jakobs quedarían en "Alicia en el país de las maravillas"; simple y sencillamente, han salido a despotricar de algo que no conocen.
Están actuando con otra agenda cuya única lectura es entorpecer les efectos positivos que tendrán para la justicia penal panameña las propuestas de anteproyectos de Códigos que se han hecho y desde esta posición golpear las buenas intenciones de un Presidente que, simple y sencillamente, se ha atrevido con entereza e hidalguía, enfrentar las falencias de un sistema judicial en decadencia. No es que el trabajo sea perfecto. Postulamos la falibilidad humana. Pero, oigan, quede claro: maestro a tus libritos, zapatero a tus zapatos. Aceptamos las críticas, pero por favor, no hablen de cosas que no saben.
La persecución, las arbitrariedades e ilegalidades que se vienen practicando en la Universidad de Panamá y que, hasta prueba de lo contrario, cuentan con la complicidad de los rectores de los Organos del Estado, se convierten, a medida que pasan los días, en una especie de ensayo general del autoritarismo y totalitarismo que algunos aspiran poder practicar del todo en nuestra sociedad.
En "La Sombra del Viento", novela del español Carlos Ruiz Zafón (Planeta, 2003), uno de los personajes, al escuchar la afirmación de que "la gente es mala”", riposta: "Mala no -objetó Fermín- Imbécil, que no es lo mismo. El mal presupone una determinación moral, intención y cierto pensamiento. El imbécil o cafre no se para a pensar ni a razonar. Actúa por instinto. Como bestia de establo, convencido de que hace el bien, de que siempre tiene la razón y orgulloso de ir jodiendo, con perdón, a todo aquel que se le antoja diferente a él mismo, bien sea por color, por creencia, por idioma, por nacionalidad o, como en el caso de don Federico, por sus hábitos de ocio. Lo que hace falta en el mundo es más gente mala y menos cazurros limítrofes".
¿Hasta dónde llegarán las "archiboladas" de las autoridades universitarias? ¿Hasta dónde llegarán en su despliegue de desfachatez y estupidez? El contenido y propósito de la Resolución de marras parece indicar que no tienen límites. Hay que detenerlos antes que sea demasiado tarde.
Confieso mi resistencia a las cuestiones manuales. No se nada de plomería, albañilería, electricidad, ebanistería, aunque cuando muchacho trabajé en una imprenta en donde mi labor se constreñía a barrer y a recoger los recortes de papel que abundaban, cada tarde, en el piso. Mi padre, que laboró por algunos años como ayudante de albañil, hacía que lo acompañara en algunas jornadas y por mucho que me enseñó a serruchar nunca aprendí, siempre me salía torcido el corte. Procuró que aprendiera a clavar y terminé, en varias ocasiones, con la pérdida de las uñas.
En cada uno de nosotros existen talentos y flaquezas; fortalezas y debilidades; grandes salidas e inmensos errores. Ningún semejante debe jactarse ante los demás de sus fortalezas pensando o considerando que el "otro" está plagado de fallas o debilidades. En tal forma de actuar no hay sabiduría. Todo esto a propósito de qué. Explico. Hace unos días, en horas de la tarde, me encontraba en el Salón de Audiencias del Segundo Tribunal Superior de Justicia, presto a realizar una audiencia pública ante jurados por un supuesto delito de tentativa de homicidio. Entre tanto esperábamos el inicio de la audiencia, Rafael Rodríguez, acusador particular, Celio Gutiérrez, abogado chorrerano y el suscrito departíamos, amicalmente cuestiones propias de los abatares de la justicia penal patria. En eso, se nos aproximó una dama, abogada, concoida en nuestro medio como "penalista", de no pocas letras menudas y cuando Rodríguez le dice "Qué opina de los anteproyectos de leyes", dijo lo siguiente: "Hay cuestiones en ellos que ignoran al ABC del Derecho Penal". Guardé silencio, no dije nada. Los años me han enseñado a saber hablar oportunamente y a escoger el medio y los instrumentos de mis defensas.
Ningún buen abogado expide argumentos a la ligera, primero mesura, analiza, mide el sentido y alcance de sus palabras, de sus apreciaciones, vuelve a mesurar, mira los pro y los contras de sus análisis y luego, luego de mucha reflexión, sentencia con agudo pensamiento y juicio valorativo lo que concluye tras un exhaustivo proceso de meditación. Aunque pareciera que esto se logra tras largas horas de reflexión, se equivocan, todo ello ocurre en cuestión de segundos. Es lo que algunos han llamado "mente ágil".
La audiencia no se realizó porque advertí una causal de nulidad en el proceso y que violentaba las garantías redefensa de mi defendido: La acusación particular planteada en el año de 1996 no había sido dada en traslado al acusado ni a su defensor: El propio jurado sentenció que se violentaba el debido proceso si la audiencia se realizaba en esas condiciones. Al Tribunal no le quedó otra alternativa que cancelar el juicio y aprobar una nueva fecha para la celebración de la audiencia, pero en plena garantía de su defensa.
De retorno a la oficina traje a la dama del ABC a memoria. Busqué en los archivos de mi mente anécdotas que quiero compartir. En cierta ocasión, ambos, ella y yo, disertábamos en un Congreso de Derecho Penal en Bogotá Colombia. Se le pidió a la jurista que hablara del consentimiento de la víctima en el ámbito del Derecho Penal. Como compatriota no quise perderme la disertación de la colega. A mi lado, como parte del auditorio, se encontraba nada más y nada menos que Luis Rodríguez, célebre penalista, catedrático titular de Derecho Penal en la Universidad Complutense de Madrid, y cuando escuchó a la colega me advirtió: "Pero esta señora sabrá de lo que está hablando, no tiene ni la menor idea de lo que significa el consentimiento de la víctima y sus efectos en el Derecho Penal”". Simplemente había ocurrido algo bien delicado: la colega no se había preparado y desconocía lo que significa el consentimiento de la víctima como causal de eximición de la responsabilidad penal para ciertos delitos y circunstancias. La dama bajó la mirada, avergonzada ante el auditorio, lentamente bajó del púlpito y se retiró del recinto. No tenía nada que decir.
Ayer, esa misma persona, olvidando con facilidad y ligereza el pasado, se jactaba de dominar el ABC del Derecho Penal. Lo mismo ha venido ocurriendo con unos respetables abogados y abogadas que ahora resultan que son los grandes penalistas del país: nunca han pisado un estrado tribunalicio; nunca han ejercido Derecho Penal; desconocen del Derecho Procesal Penal, no saben de los conceptos pilares de esta importante rama del Derecho Público; ignoran y desconocen, por completo, las tendencias actuales de ese Derecho; si se les preguntara en qué consiste la teoría del riesgo permitido en Derecho Penal balbucearían y nada responderían; si se les hablara de Kauffman o de Jakobs quedarían en "Alicia en el país de las maravillas"; simple y sencillamente, han salido a despotricar de algo que no conocen.
Están actuando con otra agenda cuya única lectura es entorpecer les efectos positivos que tendrán para la justicia penal panameña las propuestas de anteproyectos de Códigos que se han hecho y desde esta posición golpear las buenas intenciones de un Presidente que, simple y sencillamente, se ha atrevido con entereza e hidalguía, enfrentar las falencias de un sistema judicial en decadencia. No es que el trabajo sea perfecto. Postulamos la falibilidad humana. Pero, oigan, quede claro: maestro a tus libritos, zapatero a tus zapatos. Aceptamos las críticas, pero por favor, no hablen de cosas que no saben.
La persecución, las arbitrariedades e ilegalidades que se vienen practicando en la Universidad de Panamá y que, hasta prueba de lo contrario, cuentan con la complicidad de los rectores de los Organos del Estado, se convierten, a medida que pasan los días, en una especie de ensayo general del autoritarismo y totalitarismo que algunos aspiran poder practicar del todo en nuestra sociedad.
En "La Sombra del Viento", novela del español Carlos Ruiz Zafón (Planeta, 2003), uno de los personajes, al escuchar la afirmación de que "la gente es mala”", riposta: "Mala no -objetó Fermín- Imbécil, que no es lo mismo. El mal presupone una determinación moral, intención y cierto pensamiento. El imbécil o cafre no se para a pensar ni a razonar. Actúa por instinto. Como bestia de establo, convencido de que hace el bien, de que siempre tiene la razón y orgulloso de ir jodiendo, con perdón, a todo aquel que se le antoja diferente a él mismo, bien sea por color, por creencia, por idioma, por nacionalidad o, como en el caso de don Federico, por sus hábitos de ocio. Lo que hace falta en el mundo es más gente mala y menos cazurros limítrofes".
¿Hasta dónde llegarán las "archiboladas" de las autoridades universitarias? ¿Hasta dónde llegarán en su despliegue de desfachatez y estupidez? El contenido y propósito de la Resolución de marras parece indicar que no tienen límites. Hay que detenerlos antes que sea demasiado tarde.